Ciertamente, los tiroteos son un fenómeno multifactorial, multicausal que no se pueden entender sólo a la luz de una realidad social que, en México creíamos lejana y hasta ajena. 2019, es el año en que se registraron más tiroteos masivos en los Estados Unidos, rebasando los 250. 

Bajo el poder discursivo del Presidente Trump que acentuó el supremacismo blanco que parecía salir de los rincones más oscuros de la sociedad estadounidense para probar nuevamente que hay una urgente necesidad de replantear la segunda enmienda constitucional y las mismas instituciones nacionales.

Un discurso generador de violencia y que en constancia alimenta la idea de la superioridad no solo está fuera de contexto, es en sí un atentado hacia los derechos humanos. 

Los fenómenos actuales de intolerancia religiosa, racial, ideológica y política son reflejo de una sociedad polarizada; de instituciones que necesitan ser replanteadas para dar pie a un esquema de convivencia congruente con el vertiginoso desarrollo de las sociedades del siglo XXI.

Las nuevas tecnologías han ayudado a dispersar patrones culturales y conductuales que refuerzan los nacionalismos de la actualidad y aquellos patrones que viajan de una sociedad a otra lo hacen, a veces, con una carga distorsionada de información que solo incita a la violencia, la intolerancia y el odio racial. 

Si bien es cierto que los fenómenos de integración regional alrededor del mundo dieron pie a la nueva generación de grupos radicales (como consecuencia de la brecha económica que ha generado la crisis de la clase media; es decir, la polarización de la riqueza y la afluencia de migrantes producto del proceso de integración económica ha generado resentimiento social y racial más en países desarrollados que en países en vías de desarrollo); no podemos perder de vista que el problema de las sociedades del siglo XXI es un problema de ética. 

La retórica utilizada por Donald Trump, tiene un problema de concepción ética, de valores y de responsabilidad social. Problema que se expande y ha sembrado semillas de profundos odios y barbarismo alentando un clima de miedo e incertidumbre que sirve a muchos intereses, menos al de la humanidad.

Pero en el caso mexicano, particularmente en el incidente registrado en enero de 2017 en Monterrey y en el de Torreón en este inicio de 2020; el análisis nos lleva a un factor más complejo. El flujo de patrones culturales y la adopción de nuevos esquemas de comunicación en los que la sobreexposición a la violencia y la falta de acompañamiento  generan condiciones extremas que culminan en tragedias.

El flujo de armas a México, la inseguridad, la aceptación (y hasta exaltación) de patrones nocivos, el cambio en la dinámica familiar y una endeble estructura educativa han expuesto a los niños y jóvenes mexicanos a nuevas realidades que con un tejido social debilitado no ofrece panoramas alentadores ni aspiracionales. 

La tarea diaria inicia en la familia, la reconstrucción paulatina del tejido social depende de las células básicas de la sociedad, que son las encargadas de acompañar, dirigir, nutrir y orientar a las próximas generaciones.

 

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