La ópera prima del ucraniano Miroslav Slaboshpitsky se siente como un golpe seco a las entrañas, porque, como buen melodrama, apela a nuestro lado más emocional.

 

En su ópera prima, el ucraniano Miroslav Slaboshpitsky propone regresar a la raíz misma del cine: contar una historia en imágenes. Con el pretexto de estar protagonizada por sordomudos, La tribu (Plemya, 2014) no tiene una sola línea de diálogo o subtítulos y en realidad no los necesita porque la acción se apodera de cada fotograma.

Sin muchas escenas de por medio y con una crudeza en la mirada, la cinta nos introduce de manera inmediata a su protagonista: un joven llega a un gris internado para sordomudos, donde pronto es puesto a prueba por su nuevo grupo. La escuela es un microcosmos donde se puede encontrar prostitución y tráfico de mercancías por igual. Es un lugar donde la vida es dura, otorga pocas concesiones.

El joven director plantea un puente entre las propuestas formales de maestros como F.W. Murnau, sobre todo el de La última sonrisa (Der letzte Mann, 1924) y el rumano Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días; Más allá de las colinas). Estamos ante una película donde el gesto y el movimiento significan todo, Alfred Hitchcock decía que para aprender a hacer una película se tenía explorar primero en su totalidad el cine mudo, porque eso obligaba a los directores a contar su historia exclusivamente en imágenes.

Por eso sería erróneo buscar dentro de las violentas imágenes de La tribu una enseñanza moral o política de la Ucrania actual o una revisión de la historia europea. Slaboshpitsky intenta simplificar el lenguaje cinematográfico de su trabajo, usando un acercamiento casi documental a las acciones (la cámara se mantiene fija, secuencias sin cortes). Crear un movimiento descendente, vertiginoso, en línea directa al abismo.

Plemya se siente como un golpe seco a las entrañas, porque, como buen melodrama, apela a nuestro lado más emocional. El sub-género del coming of age generalmente tiende a idealizar el paso de la adolescencia a la adultez, sí hay conflictos, pero el proceso llega a buen puerto (sobre todo cuando hablamos de cine norteamericano). Como ese último cuadro de Antoine Doinel enfrentándose a la soledad de la vida en Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959); los últimos minutos de metraje en La tribu nos recuerdan la aspereza de nuestro existir.

La realidad se desnuda para confrontarnos con el cotidiano.

La tribu se presenta actualmente en las salas de la Cineteca Nacional.

 

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