La Tuta como personificación del poder corruptor del narcotráfico, ha llegado al tuétano de la sociedad: la prensa, que debería ser el último bastión de la realidad.

 

 

Es difícil hallar una estrategia de comunicación más eficaz en los últimos años. La implementación ha sido sistemática, oportuna y persistente. Ha logrado posicionar mensajes y generar expectativas sobre los subsecuentes. No ha necesitado pautar un minuto en medios para plagarlos con la información deseada. Ha convencido a los proclives y confundido, a los reacios. Es la estrategia de comunicación de un grupo sui géneris del crimen organizado, los Caballeros Templarios y su líder/vocero Servando Gómez, mejor conocido como La Tuta.

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Si se analiza la primera irrupción mediática de La Tuta en 2009, cuando entró al aire en un programa radial en Michoacán, hasta el video presentado por Carmen Aristegui en el que se observa al líder del grupo delincuencial en amena charla con los periodistas Eliseo Caballero y José Luis Díaz, se observa un salto cualitativo en cuanto al poder de marcar agenda. De un ocurrente vocero del crimen organizado, a un estratega comunicacional que habla de las visitas que en YouTube tienen sus comunicaciones, la diferenciación de audiencias y el monitoreo de prensa, han pasado apenas unos años. Sin embargo, en medio hay una incuantificable campaña de posicionamiento que ha contado con tres elementos clave: información, relaciones y dinero.

Información, porque La Tuta ha sabido leer los tiempos de la política y porque, consciente de su papel de Judas, procura videograbar los “besos” a la clase política para minar la legitimidad del Estado, los cárteles rivales y –como se ha comprobado en su más reciente irrupción– medios de comunicación. Relaciones, porque más allá del poder coercitivo de la muerte y la violencia, La Tuta ha sido el dedicado anfitrión de una clarísima y predeterminada agenda de actores relevantes: desde Jesús Reyna y Rodrigo Vallejo, hasta el ex corresponsal de Televisa en Michoacán. Dinero, el suficiente para comprar voluntades, y no espacios en la prensa; eso ya está garantizado por los dos factores previos.

Hay varias maneras de acercarse al fenómeno comunicacional que representa La Tuta. El primero y más cínico, puede esgrimir la descomposición generalizada de la sociedad en Michoacán, de la cual La Tuta es solamente el producto más acabado. El segundo, más ético y hasta romántico, verá con irreprimible náusea la complicidad entre el capo y los periodistas. El tercero, más rígido, legalista y políticamente correcto, podrá centrarse en condenar cualquier información que emane del singular personaje, sin que valga la pena analizar el fondo dada la ilegitimidad de la forma.

Por sí solas, las tres visiones quedan cortas para entender lo que está pasando en términos mediáticos. Sin embargo, la suma de las tres permite asimilar que sí, La Tuta como personificación del poder corruptor del narcotráfico, ha llegado al tuétano de la sociedad: a la prensa, que debería ser el último bastión de la realidad. Ryszard Kapuscinski dijo en una entrevista que las guerras siempre empiezan mucho antes de que se oiga el primer disparo, “comienzan con un cambio del vocabulario en los medios”. Michoacán es el mejor de los ejemplos.

Para el espectador, para el consumidor de información, es mucho más impactante y descorazonador ver a un periodista sentado a la mesa con el criminal, que a un político. La realidad nos ha acostumbrado a lo segundo y los medios son el canal lógico para desenmascarar el contubernio. Sin embargo, ver a un miembro de la prensa junto a un capo del crimen organizado –si bien no puede argumentarse novedad– es un salto en la estrategia comunicacional del cartel michoacano.

En ese marco, cabe preguntarse: ¿habríamos visto el video de La Tuta con Eliseo Caballero, de no encontrarnos en una confrontación abierta entre conglomerados de medios de comunicación disputando parte del mercado?, ¿importa?, ¿el golpe a la legitimidad de políticos y periodistas, legitima de facto al capo que los evidencia? Creo que en los tres casos la respuesta es negativa.

Lo cierto es que negar la eficacia de la estrategia de comunicación de los criminales es el primer paso para fracasar en el combate. Difícil pensar en recuperar para el Estado el control de Michoacán, mientras la agenda pública la siga marcando La Tuta. No es apología delincuencial, sino el reconocimiento de un fenómeno de comunicación, para dimensionar al enemigo común.

 

 

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