La aprobación del T-MEC en el Senado mexicano -con una mayoría realmente abrumadora- es un símbolo de gran madurez y entendimiento de lo que el tratado significa para la economía de México. No deja de sorprender el hecho de que, a diferencia de 1993, el tratado que se ha ratificado ahora se ha hecho en un Senado dominado por un partido de izquierda cuyos dirigentes y cuadros políticos en su momento fueron los más férreos opositores a su firma. Los tiempos han cambiado y hemos pasado del sentimiento nacionalista antiestadounidense a un entendimiento bastante más razonado de los beneficios concretos y específicos que nos deja el comercio y, particularmente, la integración económica de América del Norte.

Precisamente, una de las motivaciones por las cuales se firmó el tratado -más allá de las técnicas y puramente comerciales- tenía que ver con la preocupación que existía, tanto en México como en los Estados Unidos, de que un determinado gobierno mexicano diera marcha atrás a la política económica de apertura comercial. Así, resulta bastante paradójico que 25 años después haya sido el gobierno de los Estados Unidos el que inició un proceso, primero de amenaza de salida y luego de renegociación, para hacer cambios al tratado como originalmente fue firmado. En particular, la amenaza de abandonar el tratado planteó un escenario impensable bajo la lógica de la negociación del tratado de 1994: que fueran los Estado Unidos y no México quien se planteara abandonar el mismo. El tratado era una forma de asegurar que la apertura comercial se mantendría sin importar los vaivenes políticos y que hubiese un costo político alto para cualquier país que quisiese abandonar el tratado. De esta forma se eliminaban las tentaciones para que los gobiernos populistas en México pusieran en riesgo la viabilidad del bloque de Norte América. Igualmente, el tratado mandaba una señal al resto del mundo sobre el compromiso que se tenía en el país con la estabilidad y la apertura.

Si bien la aprobación en México es un paso importante para reducir la incertidumbre que se vive desde 2016, lo cierto es que es una victoria parcial en varios sentidos. En primer lugar, todavía falta la aprobación en el Congreso de oposición en los Estados Unidos, cuyo proceso se ve un tanto cuanto complicado por el forcejeo interno y el proceso electoral interno. Si bien México hizo concesiones valiosas para las fuerzas políticas de nuestro vecino, lo cierto es que los tiempos son difíciles. El segundo tiene que ver con una nueva debilidad del T-MEC, que no es otra cosa que el hecho de que ya no representa una garantía para el libre comercio. La reciente amenaza de la imposición de aranceles al comercio por el gobierno de Estados Unidos por temas migratorios justamente elimina el blindaje que durante tantos años se tuvo contra cambios y vaivenes populistas en la política comercial.

Sin duda, la renegociación del T-MEC y la aprobación abrumadora en el Senado mexicano elimina un factor de incertidumbre para la economía mexicana. Al mismo tiempo, manda una señal del compromiso y reconocimiento de nuestro país con la integración comercial de América del Norte. Y también es una victoria agridulce porque falta la aprobación por parte de nuestro vecino, además de la nueva espada de Damocles que pende sobre el comercio con el tema migratorio. Un paso a la vez.

 

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