Uno de los miedos que la gente expresa con mayor frecuencia es estar solo. Lo manifiestan los jóvenes y los viejos, los pobres y los ricos, hombres y mujeres temen por igual llegar a un punto de la vida en el que no tengan a nadie con quien compartir la cotidianidad. Lo curioso es que los nuevos estilos de vida nos están llevando a una condena autoimpuesta: la soledad. Hoy, podemos vivir una vida en el encierro de cuatro paredes, sin necesidad de salir. Podemos trabajar en casa, hacer las compras desde la sala, ir al banco estando en la cama: no necesitamos levantarnos ni meternos a bañar para hacer las cosas de la vida. Eso nos lleva a mutilar parte de nuestra naturaleza de ser humanos, el Hombre es un ser social.

Si Aristóteles tenía razón, si somos seres sociales por naturaleza y para constatar que nacemos con la característica social y la vamos desarrollando a lo largo de nuestra vida, sostenemos que necesitamos de los otros para sobrevivir, hoy el filósofo se iría de espaldas al enterarse como nos hemos vuelto personas encerradas, distraídas, concentradas en una pantalla que han perdido el interés de convivir en sociedad y van perdiendo habilidades sociales. Es posible que Aristóteles no entendiera un mundo en el que es más importante poner atención a un dispositivo electrónico que a lo que te está diciendo la persona que tienes enfrente.

Lo curioso es que vamos caminando alegremente, como hechizados al camino que nos conduce a hacer realidad aquello a lo que tanto tememos. El poeta griego Homero nos narra en el canto X de La Odisea: “Así llegaron a Eea, la isla en la que habitaba la poderosa hechicera Circe, hija de Helio y de la oceánide Perse. Desembarcaron todos, pusieron la nave en seco y, de lo desfallecidos que estaban, se tendieron en la arena y durmieron durante dos días seguidos. Circe salió a la puerta y, muy amablemente, los invitó a pasar al interior del palacio, pero Euríloco, en el último momento, temió que pudiese tratarse de una celada y se escondió. El resto del grupo entró sin recelo en el palacio de la hechicera. Al ver que pasaba el rato y sus compañeros no salían, Euríloco se temió lo peor y volvió a todo correr al barco para pedir auxilio.” A veces, me siento como Euríloco que ve, recela y sospecha. Me dan ganas de hacer lo mismo que Odiseo y amarrarme al mástil para no caer en las redes de Circe y dejarme seducir por el canto de la sirena.

La Circe contemporánea a la que muchos le tienen miedo es a la soledad, pero más que atacarla y prevenirla, corremos alegremente al banquete que nos prepara la sirena y sucumbimos a sus maravillosos cantos. Estamos rodeados de solitarios. Sólo hay que fijarse en el comensal que, a diario, come sin compañía, en los turistas que se van de vacaciones en completa soledad, el niño que se queda en casa esperando a que sus padres regresen de trabajar, en quienes añoran la cola de la tortillería o del supermercado para entablar una conversación. Lo peor es cuando caemos en la cuenta de que el solitario es uno mismo. No me refiero a esos momentos deliciosos en los que, al estar con nosotros mismos, podemos reflexionar o arreglar algo o leer. Me refiero a ese estado en el que pasan días y días y no se ha hablado con nadie.

La soledad a la que le tememos se da cuando desborda un estado emocional que podría relacionarse con nostalgia, melancolía, tristeza, añoranza, desamparo, abandono, sensación de fracaso y desconsuelo de forma más genérica vive con nosotros en la cotidianidad. Hay que mirar más lejos y más profundo para entender que la soledad es un problema: uno que puede mermar la salud de las personas, que es justo lo que concluyó un equipo de investigadores de Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos. Los científicos ahondaron en las profundidades de este sentimiento y descubrieron algo sorprendente: cuando la soledad se clasifica en subtipos se duplica el número de personas que reconocen sufrirla. Y no son pocas; muchos admiten haber experimentado en algún momento cierta sensación de soledad, los viejos son el segmento de la población más vulnerable pero, millones de jóvenes se sienten solos con mucha frecuencia.

La soledad se divide en dos tipos: la soledad social, que se distingue por la falta de satisfacción en la cantidad de relaciones sociales, y la soledad emocional, que es la insatisfacción por la calidad de las relaciones humanas. El tipo de vínculo o relación que tenemos con las personas de nuestro entorno no es entrañable. Sucede cuando un niño que está enfermo y no va a la escuela no recibe la llamada de algún compañero para ver qué le pasó, o cuando un adulto no va a la oficina y nadie se preocupa por preguntar por él. Pero ¿qué pasa cuando el estudiante toma clase en forma virtual o el empleado trabaja desde casa? Se corre el riesgo de volverse transparente, de sentir que no se nota su ausencia o que da lo mismo su presencia.

El problema es que la soledad se convierta en un sentimiento dañino que se acelere, avance en forma rápida y que se crea que ha llegado a proporciones de aislamiento que ya no tienen vuelta atrás, que ya no hay manera de solucionarlo. Eso determina la manera en que se percibe nuestro contexto, nuestra historia vital, nuestras vivencias traumáticas, qué valoraciones hacemos de esa soledad, cómo se ha gestado, qué tipo de relaciones tenemos, cómo respondemos ante estas variables y una serie de elementos que determinan cómo la vivimos y como nos la provocamos. La tememos, pero nos la generamos y con ellas acarreamos manifestaciones clínicas como la depresión mayor y trastorno de ansiedad generalizada. No hay valiente que no le tema a estos escenarios.

En todo caso, los solitarios sociales y emocionales sacan a relucir que la soledad es un problema de salud pública. Las viviendas ocupadas por una sola persona son el tipo de hogar de crecimiento más rápido en todo el mundo. La tendencia demográfica muestra una natalidad a la baja y una proclividad decreciente a vivir en familia. Los matrimonios siguen extinguiéndose y el uso de la tecnología está afectando de manera casi inexorable nuestra capacidad de formar sociedad y comunidades de apoyo reales.

Aristóteles tiene razón: somos seres sociales y los acicates de sentirse solos son flagelos que afectan nuestra cotidianidad. Por ello, es necesario ponernos con manos a la obra. No es difícil. Hay que buscar procesos que integren sociedad y no que la destruyan. Hay que construir redes de contacto social entrañables, en los que dar y recibir compañía se conviertan en un objetivo profundo y no en la frivolidad del mensaje que se aparece en la pantalla y que sabemos que se mandó en forma automática, en muchos casos sin haber sido leído por quien lo mandó.

Iniciar por dar los buenos días, acabar el día deseando buenas noches a nuestros seres queridos, ponernos en contacto con nuestros cariños, relacionarnos con seres de carne y hueso en forma directa y no a través de un dispositivo, salir de casa, caminar, hacer ejercicio: formar comunidad. Entender que debemos cuidar y atender a la gente que está a nuestro alrededor, en vez de acumular cuentas de amigos en redes sociales. Dar importancia a generar compañía, porque como sucede con los males endémicos, la soledad es silenciosa, sigilosa y cuando menos nos damos cuenta, ya se instaló y luego no sabemos cómo deshacernos de ella.

 

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