Por Ivan Pérez

En 2009, Hen­rique Meire­lles tomó el micrófono y defendió fe­rozmente a Río de Janeiro. Él es presidente del Banco Central de Brasil y estaba en Copenhague para acompañar a la comitiva de su país que llegó a Dinamarca con la aspiración de organizar los Juegos Olímpicos 2016, el evento deportivo más importante del mundo y que reúne a atletas de más nacionalida­des. Meirelles estaba entusiasmado. Decía que en 2016 Brasil estaría más fuerte (que en 2009) y que se convertiría en la quinta economía del mundo.

Pelé, Lula da Silva y otras perso­nalidades también estaban presen­tes en el salón de la capital danesa, donde se deliberaba la elección de la sede. En tanto, en la playa de Copacabana miles de personas esperaban ansiosos el veredicto de los miembros del Comité Olímpi­co Internacional (COI). Thomas Bach fue el encargado de dar en un sobre cerrado el nombre de la ciudad sede a una atleta danesa, quien a su vez lo entregó a Jacques Rogge, presidente del COI. “Esta noche tengo el honor de anunciar que los Juegos de la trigésima primera olimpiada serán en la ciudad de… Río de Janeiro.”

Pero de entonces a ahora algo sucedió. Miles de los que entonces festejaron enloquecidos en la playa principal de Río, ahora lamentan por tener que organizar los juegos. Se cuestionan también por qué la que se encaminaba a ser la quinta economía del mundo vive ahora una de sus peores recesiones, y por qué los políticos, antes aclamados, ahora tienen los niveles de acepta­ción tan bajos.

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Entre tantas preguntas sin respuesta, hay una certeza: será la primera vez en la historia que unos Juegos Olímpicos se realicen en un país con problemas financieros. Normalmente, las crisis llegaban después de concluidos los juegos. Así ocurrió con Atenas, que unos años después de ser sede en 2004 enfrentó el adeudamiento más grande de su historia, y quebró.

Éste es el tipo de vaticinios que dan la bienvenida al año olímpico. La historia es muy diferente de aquel júbilo de octubre de 2009, cuando los brasileños ganaron la sede. Para empezar, el gobierno ya se vio obligado a recortar el presupuesto del even­to, en todos sus rubros, hasta en 10%, y, para colmo, los miembros de COI no tendrán el hotel con playa privada que les prometieron —austeridad en un evento que, si algo tiene, es derroche.

En teoría, Río de Janeiro albergaría los séptimos JO más caros de todos los tiempos, con un presupuesto de 15,000 mdd, de acuerdo con el ranking elaborado por Forbes México el año pasado. Según ese conteo, los juegos más ca­ros fueron los que se realizaron en Sochi (en su versión invernal), con 51,000 mdd.

Paulo Piccetti es académico de la Universidad FGV en Bra­silia, y para él, la crisis financiera del país sudamericano se remonta a un año antes de que Río ganara la sede de los JO. En ese entonces “se introdu­jeron estímulos para crecer de forma artificial, lo que ha provocado desequilibrio”.

Según datos del Instituto Bra­sileño de Geografía y Estadística, el PIB retrocedió el año pasado 3%, en tanto que las inversiones llevan seis trimestres en negativo, la inflación es cercana a 10% y el real (la moneda local) ha perdido 70% de su valor con respecto al dólar en el último año. En suma, Brasil atra­viesa la peor recesión desde 1990.

No sólo eso: la inversión tanto para la Copa del Mundo, celebrada en ese país hace dos años, como para los Juegos Olímpicos, es de aproximadamente 28,000 mdd, de acuerdo con documentos oficiales del gobierno brasileño y con los cál­culos que en su momento realizaron la FIFA y el COI. Casualidad o no, justamente esa cifra es la que buscó ahorrar el gobierno el año pasado en su plan de austeridad para cum­plir su meta fiscal, según informa­ción del Ministerio de Hacienda.

Estos datos negativos no entra­ban en el panorama brasileño hace una década. Para 2007, cuando se estudiaba la posibilidad de que Río de Janeiro fuera sede olímpica, todos los discursos apuntaban al optimismo. “Estamos listos para buscar una candidatura. Tuvimos aquí a todas las autori­dades internacionales y oí de muchos de ellos que Río está listo para dis­putar la sede”, comentó el ministro de Deportes, Orlando Silva, al terminar los Panamericanos que se realizaron en ese año.

Si volvemos al pre­sente, dos de las personas que impulsaron la ciudad para recibir los Juegos Olímpicos (y gastar más de 15,000 mdd) ya no están más en el equipo gobernante. Henrique Meirelles, director del Banco Central de Brasil —quien prometió que su país sería la quinta economía del planeta, lo que no ocurrió— dejó su cargo, y Orlando Silva, el ministro de Deportes de la época de Lula da Silva, fue acusado de utilizar irregularmen­te las tarjetas de crédito corporativas para cubrir gastos extraordinarios de algunos funcionarios.

En este contexto, hay un sector en la sociedad que ve en los JO un problema para el futuro del país. “Habrá más riqueza en pocas zonas, no habrá mejoría para la población y Río será una ciudad de mucha desigualdad”, reflexiona Orlando Santos Jr., profesor de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

El boletín Focus del Banco Cen­tral brasileño informó en octubre de 2015 que la recesión con­tinuará durante 2016 y que habrá una caída del PIB de 1.5%. A esto hay que sumar que la aprobación de la presidenta Dilma Rousseff es de apenas 10% y que legisladores buscan llevarla a juicio polí­tico por los escándalos de co­rrupción que se presentaron en Petrobras. El punto más álgido de la discusión puede ser probablemente en agosto de este año, cuando Río acoja los Juegos Olímpicos.

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“Un gran país”

El problema de los Juegos Olímpicos no radica únicamente en la inversión pública, sino también en que los ingresos corren peligro. Según datos oficiales, el valor del real (la mone­da brasileña) cayó 43% en los 18 meses previos al cierre de 2015. La expectativa del Comité Organizador de Río era ingresar 1,000 mdd en diciembre de 2014, pero esa cifra sólo podrá ser de 470 mdd por el tipo de cambio. Todos los contratos se hacen en reales y de esta manera las compa­ñías extranjeras pueden obtener más por su dinero.

“Vamos a demostrar al mundo que podemos ser un gran país. No somos Estados Unidos, pero esta­mos llegando y llegaremos a ese punto”, así fue como aquel 2 de octubre de 2009, el presiden­te de Brasil, Lula da Silva, afrontaba en Copenhague a los miembros del COI, que minutos después decidirían la sede de los JO de 2016.

A finales de 2015, el Comité Organizador emitió diferentes co­municados explicando las nuevas medidas financieras que tomarían por la recesión que vive el país: recorte de 10% en todos los rubros de la organización y el ahorro de 516 mdd en elementos prescindi­bles: impresión de folletos y docu­mentos, ayuda de voluntarios.

“Es un presupuesto muy estricto. No habrá excesos, pero tampoco vamos a poner en riesgo lo esencial”, dijo Sidney Levy, di­rector de Operaciones del Comité Organizador cuando se dieron a conocer las medidas.

A contracorriente de las expec­tativas negativas, hay un segmento que piensa que los Juegos Olím­picos tendrán beneficios. “Esta situación (recesión en Brasil) afecta en todos los aspectos. La gente se irrita y tenemos que apretarnos el cinturón. La época de derrochar se acabó”, reconoce el director de Comunicación del COI, Mario Andrada. “Los Juegos Olímpicos serán una buena noticia para Brasil, porque representan una inyección de autoconfianza. Y Barcelona es el ejemplo a seguir en cuanto a trans­formación de la ciudad”, agrega.

Pero lo ocurrido en Barcelona (tras los JO de 1992) es el último y quizás único caso de éxito sobre cómo un megaevento ayuda al de­sarrollo de un país. Montreal pasó más de 30 años pagando sus JO de 1976, Grecia se desfalcó por orga­nizarlos en 2004, Rusia gastó en 2014 lo que ningún país ha pagado por albergar un evento deportivo (51,000 mdd).

Hasta ahora es una incógnita el impacto negativo o positivo que tendrá Río 2016, dado que muchos de los gastos ya se realizaron, y sólo está a la expectativa sobre los ingre­sos y legado social para la ciudad.

El director del Instituto Euro­peo di Desing, con sede en Río de Janeiro, Fabio Palma, tiene una visión alentadora: “La ralentización de la economía ha acentuado la percepción negativa de la realidad, pero creo que se ha excedido en el pesimismo. Hay mucha liquidez retenida. Los Juegos Olímpicos harán olvidar los problemas.”

Pero Río 2016 no sólo enfrenta la incógnita financiera y su legado cultural y social después de los fracasos olímpicos anteriores, sino que ade­más debate el problema de la contaminación de sus lagos donde se realizarán pruebas de acuerdo con una inves­tigación que realizó la agencia AP el año pasado. La agencia documentó los altos niveles de contaminación viral asociada a materia fecal en las aguas de la bahía de Guanabara y la laguna Rodrigo de Freitas, donde se realizarán competencias de vela, remo, nado en mar abierto, triatlón y otras disciplinas.

El Comité Organizador dice que las aguas cumplen con las normas establecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pero Kristina Mena, experta en virus acuáti­cos y profesora de salud pública de la Universidad de Texas, en Houston, dice que “la contaminación es tan alta que la exposición es inminente y la proba­bilidad de infección es muy alta”.

La otra polémica, la más reciente, se centra en la investigación del fiscal general Rodrigo Janot, quien acusa a Eduardo Cunha, portavoz de la mayoría en la Cámara de Diputados de Brasil, de recibir 1.9 millones de reales (475,000 dólares) de la compañía de construcción OAS por redactar una legislación favorable a la empresa para obras relacionadas con Río de Janeiro 2016.

Retrocedamos una vez más siete años, sentémonos en alguna de las butacas de aquel auditorio situado en Copenhague el 2 de octubre, recordemos cuando el hombre trajeado y rector del organismo deportivo más po­deroso del mundo, Jacques Rogge, presidente del COI, está dando el anuncio: “Esta noche tengo el honor de anunciar que los juegos de la trigésima primera olimpiada serán en la ciudad de… Río de Janeiro.”

Y luego detengamos la esce­na: políticos extasiados, con los ojos casi saliéndose de su órbita y alguno de ellos tomando impulso desde su asiento para pegar un salto descomunal, ahí está también Lula da Silva abrazando a José Luis Rodríguez Zapatero al momento en que recibe la felicitación, a Pelé gritando como si hubiera anotado uno de los goles más importantes de su historia. ¿Podían imaginar lo que les deparaba el futuro?

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