Con la nueva Ley de Telecom, la finalidad de la competencia es aumentar la calidad en la programación, pero, al mismo tiempo, para que la competencia sobreviva, tiene que transmitir una buena dosis de basura. ¿No estaremos multiplicando involuntariamente la mala calidad?

 

 

 

Por Pablo Majluf*

 

Como usted sabe, el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) licitará dos nuevas cadenas de televisión abierta, canales gratuitos como los de Televisa o TV Azteca, pero en formato exclusivamente digital. Podrían ser cinco cadenas o más –el espectro radioeléctrico alcanza sin problemas– pero por el momento serán dos.

El concurso para obtener la concesión ya es público y, según Fernando Borjón, consejero presidente del IFT, se calcula que participarán hasta 10 competidores. Las bases para la licitación son muchas y, dados los tecnicismos con los que están escritas, muy difíciles de entender.

En general, cito el documento del IFT, “el criterio para definir a los ganadores de la licitación no será meramente económico, ya que se tomarán en cuenta diversos aspectos como: las capacidades técnica, jurídica y financiera de los participantes; la congruencia de los respectivos planes de negocios, así como en materia de competencia económica, en especial, aspectos sobre la limitación a la acumulación del espectro radioeléctrico establecidos en la Constitución”, etc.

De estas bases, probablemente la que menos se ha discutido es la denominada “congruencia de los planes de negocio” que, quitando la ambigüedad característica del lenguaje burocrático, en realidad se refiere a contenidos.

Lo que el IFT evaluará en este rubro es qué tan financieramente viables –y en consecuencia qué tan atractivas– son las propuestas de programación de los concursantes.

Lo que quiere evitar el IFT es que la programación de una cadena sea poco atractiva para las audiencias y que eventualmente truene su negocio. ¿Por qué no quiere eso? Porque un fracaso frenaría la transición definitiva hacia lo digital, reduciría la competencia otra vez, e implicaría grandes costos burocráticos y financieros.

Ahora bien, ¿qué quiere decir programación atractiva? En esencia, rating. Y como usted sabe, generalmente tienen mayor rating –y por tanto son más redituables– los programas del corazón, deportes o chismes, que los culturales, de análisis o discusión. Lo cual nos lleva a un conspicuo dilema: por un lado, la finalidad de la competencia es aumentar la calidad en la programación; pero por otro, para que la competencia sobreviva, tiene que transmitir una buena dosis de basura; entonces ¿no estaremos multiplicando involuntariamente la mala calidad? Es decir ¿no terminaremos con dos Televisas y dos TV Aztecas?

Muy probablemente sí. De hecho, como es plenamente evidente en la convocatoria del IFETEL, esa es una de las condiciones de entrada. Pero en defensa del IFETEL y el diseño de su licitación, la verdad es que no podría ser de otra manera. Al establishment pseudointelectual le gustaría tener una BBC inglesa; le gustaría que la televisión fuera la gran educadora del pueblo mexicano. Pero eso es imposible. Primero, porque la televisión, como lo demostraron Marshall McLuhan y su larga lista de adeptos, no sirve para educar, sino entretener. Y segundo, porque incluso la BBC o la PBS –que no son cadenas privadas, sino públicas, como el Canal 11– deben atenerse a flujos de rating. De lo contrario morirían.

Y he ahí la importancia de la competencia, que el rating lo deciden los televidentes con sus preferencias, es decir, la audiencia le marca la pauta al productor. Si después de todo, aun con varias opciones, al pueblo mexicano le siguen gustando las telenovelas, no hay mucho que hacer al respecto. Es un resultado, digamos, enteramente fiel.

El problema es cuando no hay competencia y la programación es impuesta. Ahí sí no hay forma de saber qué le gusta al observador: los productores manipulan la demanda y justifican la oferta, como ocurre actualmente.

En este sentido, la diferencia entre educación y entretenimiento es crucial porque habrá muchos que se desilusionen y empiecen a despotricar. Les garantizo que no veremos, en horario estelar, un concilio de poetas y filósofos educándonos sobre historia de México. Tendremos más de lo mismo, sólo que mejor. ¿En qué sentido? Probablemente mejore la calidad de la producción en rubros como actuación, audio y fotografía; quizá mejore la publicidad; habrá más programas extranjeros, más diversidad de géneros –series, talk shows, comedias, etc– más cine y, muy importante, más noticieros, o sea, más fuentes de información.

Hasta ahí llega la virtud de la apertura. Aunado al advenimiento del triple play –con el que eventualmente tendremos 40 o 50 canales de televisión a través de Internet– la entrada de dos nuevas cadenas es una buena noticia, pero a la luz del entretenimiento, no de la educación. Aquellos que piden de la televisión comercial un instrumento educativo para las masas, están pidiéndole peras al olmo.

 

RECOMIENDO:

–          Entreteniéndonos hasta morir. Neil Postman.

–          Entendiendo a los medios: extensiones del hombre. Marshall McLuhan.

 

 

* Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

 

 

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