Propagandísticamente, las elecciones en los EU representan la cúspide de la libertad y los derechos civiles; en el país mas desarrollado, más influyente y con la economía más grande del mundo no puede darse el lujo de que la sucesión presidencial se vea opacada por la sombra del fraude o el simple cuestionamiento de los resultados electorales. 

Sin embargo, este proceso inédito (en el marco de la pandemia por Covid-19, con el mayor número de decesos y contagios en el mundo) ha hecho evidente los gravísimos contrastes, defectos y crisis internas de la democracia americana. 

Los servicios de salud de un país de primer mundo resultaron no ser tan efectivos como se muestran en las películas y anuncios televisivos; el milagro científico de una cura o una mente brillante que al último momento salvaba todo no aparecieron y la enfermedad siguió propagándose; el ritmo frenético de la economía se detuvo. 

En las grandes ciudades se vieron escenas similares a la gran depresión, filas de desempleados, grandes comercios cerrados; quiebras; testimoniales de personas que perdieron todo, las grandes estrellas recluidas y miles de notables enfermos. 

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Millonarios, deportistas, artistas, académicos, políticos de todas las clases sociales afectados por el virus y en medio de todas las historias de la pandemia, las sombras de males añejos: racismo, discriminación, segregación, odio y violencia. 

No podemos olvidar tampoco las afectaciones al entretenimiento mundial, el turismo y la derrama económica de los negocios globales que gravita en torno a los EU; mención especial debe hacerse también del deporte profesional que tiene sus campeones “mundiales” en los EU.

A las manifestaciones políticas se sumaron las ligas del basquetbol, el beisbol y el futbol americano; las organizaciones universitarias y muchos de los personajes más influyentes del deporte; aún en medio de las pérdidas millonarias; la ausencia de aficionados en sus estadios, calendarios recortados y protocolos alterados que cambiaran para siempre su formato y esencia.  

Las elecciones del 2020 trajeron un encono entre el conservadurismo duro, tradicionalista, egoísta, supremacista y clasista que caracteriza a una parte significativa del electorado y que ha sido la base de apoyo del presidente; originando la reacción social que dio energía y vitalidad a la sociedad devastada por los efectos colaterales del Covid-19. 

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Hace un año, la reelección del presidente se veía prácticamente como un hecho; los indicadores económicos, las encuestas y la percepción social se inclinaban más por seguir la tendencia que por explorar opciones; la sociedad americana estaba en modo practico y simplista y no había ningún personaje que eclipsara la presencia permanente del ejecutivo en los medios. 

El personaje que cambio todo fue un virus; el alter ego, la personalidad, los desplantes, la indiferencia, insensibilidad, cerrazón y los excesos verbales hicieron el resto. Las encuestas señalan que POTUS ha perdido apoyo aún en los estados tradicionalmente republicanos y que el margen en los demócratas se mantiene firme y sólido. 

Adicionalmente, en las entidades clave (aquellas que concentran un gran numero de votos electorales), los sondeos tampoco le favorecen; pero no olvidemos que ya en 2 ocasiones aún con una mayoría popular, el sistema americano de votos electorales por estado ha dejado en la lona al candidato con el mayor número de sufragios individuales. 

Los demócratas siguen sumando adeptos no por contar con un líder o personaje carismático que pudiera desbancar o atraer los votos; sino por el rechazo y malos resultados que percibe la sociedad, esta es una elección por descarte, por cansancio y por la búsqueda de un camino alternativo para recuperar el sueño americano.  

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A menos de una semana de las elecciones, el voto anticipado se ha manifestado activamente en varios estados; la gente no tiene mucho quehacer en casa y puede darse el tiempo para ejercer el sufragio. 

Pero este procedimiento basado en las denominadas “boletas universales” -en las que los electores reciben las boletas automáticamente- ha sido calificada como estafa y la base del fraude que se prepara en contra del presidente, según sus dichos.

Además de calificar la elección 2020 como “la más corrupta de la historia”; las acusaciones de condicionamiento, coacción, manipulación e inhibición del voto están originándose desde el gobierno. El presidente habla de no aceptar otro resultado electoral que no sea el que le favorezca y ha convocado a sus seguidores a prepararse para la defensa de su régimen.

Para muchos, simplemente se trata de una estrategia y demagogia electoral; pero los analistas y los mercados se mantienen muy atentos. Tan solo la incertidumbre de no tener los resultados -casi en tiempo real- durante la noche de la elección, puede costar billones a la de por sí afectada economía americana.  

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Los EU se han vendido siempre como la tierra del sueño, el mejor país del mundo y el ejemplo a seguir. El americano promedio valora su estilo de vida, la libertad, las oportunidades, la legalidad y los derechos de los que disfruta.

Poner en riesgo esa argumentación estructural resulta impensable y sería el mayor desastre político y un descredito mayúsculo para una administración que aspiraba a construir un legado.

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