Si bien los programas sociales parecen haber reducido la inseguridad alimentaria, ello no implica que disminuyó la pobreza alimentaria, como algunos medios interpretaron lo dicho por Peña Nieto.

 

Por Marcelo Delajara

Las declaraciones recientes del presidente Peña Nieto sobre la evolución del hambre y la pobreza en el país han sorprendido, pero valorarlas no es fácil para el público en general. El presidente dijo que la pobreza se redujo a la mitad. En mi opinión, el presidente no se refiere al conjunto de los pobres, sino al subconjunto de ellos: quienes sufren lo que se conoce como inseguridad alimentaria, los que padecen hambre. Sin duda, reducir el número de éstos es una buena causa, tal vez la más fundamental; de hecho, ése es el objetivo de la Cruzada Nacional contra el Hambre. El presidente parece decir que esa batalla la está ganando el país. Pero ello, si bien contribuye al bienestar de varios millones de personas, no significa necesariamente que la pobreza en su conjunto se haya reducido. La pobreza quizá es menos extrema, pero aún es alta o habrá aumentado.

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En Roma, en su discurso ante la FAO, el presidente habló de que se había logrado reducir, a menos de la mitad, el número de personas en condiciones de vida por debajo del umbral de la pobreza, definido por la ONU. Aquí, la clave parece estar en el “umbral de la pobreza definido por la ONU” (y no el que se utiliza en el país, el definido por Coneval). El problema es que en la ONU hay más de una línea de pobreza.

Por un lado, en los Objetivos de Desarrollo del Milenio, la ONU se concentró en la población que vive con menos de 1.25 dólares diarios. Según el Banco Mundial, México ya logró el objetivo de reducir esa población a la mitad, aproximadamente en 2004; desde entonces, la población que vive con esos ingresos se ha mantenido estable en alrededor de 1%.

Pero también está la definición de la propia FAO, que enfatiza la seguridad alimentaria. El presidente seguramente se refirió a este último concepto, porque, días después, durante la inauguración de un centro de acopio de leche Liconsa en el estado de Hidalgo, mencionó que gracias a la Cruzada Nacional contra el Hambre, la población que la padece se redujo de 7.1 millones al inicio de su mandato a menos de 3 millones actualmente. En efecto, la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) de 2012 reportó que un poco más de 2 millones de hogares percibían su inseguridad alimentaria como severa; el tamaño promedio de los hogares en 2012 se estimaba en 3.7 personas, lo que arroja una cifra cercana a 7.1 millones de personas antes referida.

De esta manera, si bien los programas sociales parecen haber reducido la inseguridad alimentaria (buena noticia, sobre lo que se sabrá con certeza cuando salga la ENIGH 2014 a mediados de julio), ello no implica que lo que se conoce como pobreza alimentaria se redujo, como algunos medios interpretaron las declaraciones del presidente. Aquí la definición que vale es la de Coneval: personas que viven en hogares con un ingreso que no les permite comprar cierta canasta alimentaria, y la cifra en 2012 era 19.7% de la población o 23.1 millones de personas.

En otra ocasión ya dijimos que, dado el crecimiento del PIB per cápita y la evolución del precio relativo de los alimentos, es probable que la pobreza alimentaria haya aumentado entre 2012 y 2014. De hecho, el Índice de Tendencia Laboral de la Pobreza (ITLP) del mismo Coneval, que mide la tendencia del porcentaje de personas que no puede adquirir la canasta alimentaria con el ingreso laboral, aumentó en ese periodo casi 7%.

En conclusión, las señales que se envían desde el gobierno federal apuntan a que la Cruzada Nacional contra el Hambre tiene, de hecho, un resultado positivo, lo que espera confirmación oficial en las próximas semanas o eventualmente cuando se evalúe el programa. No obstante, no se podría hablar todavía de una reducción en la pobreza alimentaria. La información respecto a la evolución del ITLP durante 2012-2014 no parece indicar que ésta se haya reducido.

 

Marcelo Delajara (@MarceloDelajara) se doctoró en Economía en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, 1999). Fue profesor, investigador y consultor en diversas instituciones (UDLA-P, CIDE, BID, PNUD, Banco Mundial y Banco de México, entre otras). Actualmente es investigador del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Marcelo Delajara son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

 

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