Con las redes sociales sucede lo que con todas las herramientas: si las usamos mal, pueden lastimarnos. Aquí te digo cómo evitar que vayan en tu contra.

 

Hasta hace unos cuantos años, el Internet era usado para alojar contenido. La información que se hospedaba en ese espacio se leía, se analizaba, y en muchos casos servía para comprar productos y servicios en forma más conveniente. Pocos tenían acceso y para ello se requería de una infraestructura especial. Sin embargo, de un tiempo para acá, el uso de la red se ha modificado: se ha incrementado y se ha hecho más accesible. El usuario ha modificado el papel pasivo de receptor de información y se ha convertido en un agente actuante en el proceso de comunicación. Se despertó el interés por el espacio virtual y se generó un apetito voraz por las diferentes plataformas. Convivir con la red es ya un modo de vida. El fenómeno ha crecido tan rápido que en ocasiones no sabemos cómo manejarlo a nuestro favor. Con las redes sociales sucede lo que con todas las herramientas: si las usamos mal, pueden lastimarnos.

Hoy, los sitios de Internet, los blogs, las redes sociales y los wikis generan una actividad interactiva. Se comparte, se crea, se modifica y se discute la información. Hay capacidad de respuesta. La ubicuidad hace que tengamos acceso a esta gran ventana en todo momento y en todo lugar. Las grandes ventajas que representa la accesibilidad se convierten en un riesgo enorme si no entendemos el fenómeno de redes sociales. Su uso, para bien y para mal, impacta directamente en uno de los activos que tienen las personas y las instituciones: la reputación.

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Es increíble cómo muchos ejecutivos evaden el tema, pretenden ignorar la importancia de tomar en cuenta las mejores prácticas para el uso de redes sociales y desestiman el impacto que puede causar en rubros perfectamente cuantificables: ventas, gastos, costos, y en casos extremos, supervivencia empresarial y profesional. Tanto es así que muchas compañías están incorporando a sus códigos de ética reglas para el uso de redes sociales. Sin embargo, aún falta mucho por hacer.

Basta darse una vuelta por redes sociales para verificar y dar crédito del mal uso que se hace de estas herramientas. Vemos a empleados enojados quejándose de situaciones laborales, profesionales que en un momento de euforia filtran información inadecuada, políticos que presumen de autos, viajes y lujos cuyos sueldos no pueden sustentar, jefes que suben fotografías en estados inconvenientes. Encontramos hijos que ostentan, artistas que se evidencian, imágenes de gente en malas compañías y todo tipo de material inadecuado. En fin, todos sabemos del tema. Si estamos de un lado de la raya, nos reímos y en algunos casos nos burlamos. Si se está del otro, se sufren la consecuencia del ridículo, de la amonestación o de la pérdida del trabajo. Y, luego, claro, las lamentaciones del mal uso de una herramienta que debió haber jugado a favor y no en contra.

No hay un manual formal para el uso de redes sociales. Cada persona tiene sus parámetros y cada empresa fija reglas específicas; sin embargo, existen marcos mínimos de referencia que un profesional debe tomar en cuenta. Son parámetros que se deben cuidar, porque una vez que se entra al mundo virtual, que se sube un dato o se hace pública una fotografía, hay muy poco que hacer. Las políticas para enmendar los errores son costosas, y en realidad poco efectivas. Por eso, más vale prevenir.

Según Kietzmann, Hermkens, McCarthy y Bueno (de Business Horizons) existen siete conceptos que todo profesional debe cuidar al participar en redes sociales: identidad, conversaciones, material, presencia, relaciones, grupos y honestidad. Son rubros que deben ser atendidos con seriedad, cuidado y pertinencia. Dejarlos al azar es peligroso y puede causar dolores de cabeza innecesarios. Es preciso desarrollar una estrategia que dé una imagen adecuada sobre la persona que somos y lo que queremos proyectar. Es importante tomar el control de nuestra participación en el mundo virtual y buscar los efectos positivos, en vez de que los negativos nos sorprendan como un puñetazo a media cara.

La identidad es la construcción que hacemos que engloba lo que pensamos de nosotros mismos y el papel que jugamos en los diferentes ambientes en que nos desarrollamos. Los elementos que dan identidad están inscritos en los rasgos físicos como el género, la etnia, la edad, así como en aspectos inmateriales como las preferencias de todo tipo, las filiaciones políticas, la preparación profesional, la nacionalidad, la jerarquía laboral. Para edificar una identidad adecuada debemos ser cuidadosos con aquello que queremos mantener en el ámbito privado y lo que conscientemente elegimos para el espacio público.

Las conversaciones que se sostienen en la red se alejan de las pláticas que anteriormente se tenían a través de un aparato telefónico. Hoy, la ubicuidad hace que estemos accesibles en todo momento y en todo lugar, y que aquello que decimos pueda ser reproducido en diferentes formas y por diferentes conductos. El nivel de confidencialidad es muy frágil; lo evidenció el señor Snowden: ni los presidentes de naciones importantes están a salvo. Por ello es sumamente importante discernir qué es aquello que se debe abordar en estas conversaciones. Antes de conversar en la red, se necesita una cabeza fría.

Todo el material que se sube a la red se queda ahí para la posteridad. Es muy importante tener control de las fotografías que se comparten, de las opiniones que se emiten, de la información que se da. No sólo se trata del contenido, que sin duda es relevante, sino de la forma en la que se hace. Nadie puede decir que su cuenta de Twitter, de Facebook o de LinkedIn es un espacio personal; sería un acto de ingenuidad que rayaría en la bobería. Por lo tanto, el lenguaje, la ortografía, las imágenes, están disponibles para el consumo de quien tenga acceso, es decir, al albedrío del mundo virtual. Las imágenes del diseñador John Galliano emitiendo mensajes antisemitas en estado de ebriedad no sólo le valieron perder su empleo en Dior; siguen a disposición de quien las quiera ver. Son un dolor de cabeza constante.

La presencia en las redes sociales da muchos datos de quiénes somos y la imagen que queremos proyectar. La participación exhaustiva revela a una persona que está en mayor contacto con el mundo virtual que con el real; una ausencia o participación pobre es una seña de retraso o anquilosamiento. El equilibrio en este rubro es esencial.

Las relaciones en las redes sociales son una de las formas más explotadas de estas plataformas. Han acercado a familiares que están a la distancia, han hecho que amigos del pasado se reencuentren y que relaciones amorosas florezcan. También han aumentado los niveles de acoso y de molestia. Asimismo, hay riesgos de toparse con gente que dice ser alguien que en realidad no es. El uso profesional de las relaciones en las redes sociales debe ser cuidadoso. Hay que elegir con cuidado nuestra forma de presentarnos, la fotografía que nos identifica y los datos que se comparten. También las redes en las que participamos.

Los grupos son una herramienta muy eficiente en el campo profesional. Son el ámbito en que se pueden cultivar relaciones útiles y en que se pueden buscar, encontrar y aprovechar buenas oportunidades que de otra forma no se hubieran podido dar.

La honestidad es un factor relevante del uso de redes sociales. El nuestro, al presentarnos, y el de aquellos, con quienes nos relacionamos en línea. Es la base por medio de la cual se genera credibilidad y sobre la cual se edifica un buen nombre.

La habilidad que mostremos al manejar las redes sociales impactará de forma directa nuestra vida personal y profesional. La carrera del mundo virtual ha sido tan rápida y los cambios tan vertiginosos que nos hemos ido adaptando de forma empírica, casi sin darnos cuenta. Es momento de hacer una reflexión y optar por las mejores prácticas para el uso de redes sociales. Es la oportunidad de ponerlas a trabajar a nuestro favor y no en contra.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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