A pesar de que esta industria ha demostrado que sus clientes son bancables y dignos de crédito, su capacidad para crecer siempre ha sido limitada.

 

Quizá usted haya oído o leído que desde que las microfinanzas participan en los mercados de capital, ya no son como antes.

La idea inicial de las microfinanzas es sencilla: se trata de la provisión de servicios financieros a los no bancarizados. Su producto más popular, el microcrédito, provee capital de trabajo a microempresarios para invertir y hacer crecer sus negocios. El acceso a servicios financieros básicos, se presume, les ayuda a manejar mejor su dinero y a convertirse en entidades económicas más productivas.

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Pero la realidad es compleja. A pesar de que la industria ha demostrado que sus clientes son bancables y dignos de crédito, su capacidad para crecer siempre ha sido limitada. La filantropía y los donantes han jugado un rol fundamental financiando el principio de la historia, pero han sido insuficientes para crecer y servir a todos los excluidos.

Por ello, muchas instituciones de microfinanzas han convertido sus operaciones de un modelo filantrópico a un modelo comercial. La apuesta es que al no depender del capital limitado de los donantes, las instituciones puedan crecer. Compartamos fue una de las pioneras en tomar este camino. En sus primeros 10 años como ONG, creció para atender a 60,000 clientes. En los siguientes 10 años, como financiera y luego como banco, creció para servir a más de 2 millones. Usar a los mercados de capital para crecer funcionó.

Sin embargo, usar principios comerciales para resolver problemas sociales parece no ser muy popular. Para muchos, la inclusión de inversionistas tradicionales en la industria vulnera uno de sus principales objetivos: la creación de valor social. Detrás de la sospecha está el prejuicio de que a los inversionistas solo les interesa la rentabilidad. No es un prejuicio infundado, pero sí incompleto.

Y es que en los mercados de capital confluyen miles de inversionistas, muchos de los cuales entienden que la capacidad de generar valor económico está íntimamente ligada a la capacidad de generar valor social. Nuestro papel no es el de rechazar a los mercados, sino lograr que los incentivos se alineen entre inversionistas y clientes. Si lo logramos, devolveremos a las empresas y a los mercados la noble tarea de contribuir en el desarrollo social de nuestro mundo.  Algo que ya habíamos olvidado que las empresas siempre han hecho.

Sí, en efecto, las microfinanzas ya no son como antes: ahora llegan a millones de personas excluidas a través de una industria floreciente que compite por servirles e incluirles. Y quizá cuando hayamos logrado erradicar la exclusión financiera, podemos  innovar para acabar con los otros tipos de exclusión… nos urge.

Contacto:
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