De manera recurrente, la violencia contra la mujer en todas sus formas, encuentra siempre los argumentos que la minimizan, la normalizan, y la convierten en causante de indignación pero no en acción. La sonrisa burlona que se asoma en el rostro de un hombre acusado de abuso o acoso sexual, y que se ve respaldado por un sistema que no solo lo justifica, sino que lo redime y lo disculpa; nos indigna, lastima y desmotiva.

No es necesario remitirnos a ejemplos monstruosos y patológicos como el de Juan Carlos en Ecatepec, pensemos en casos como el de Bill Clinton, Bill Cosby, Kevin Spacey, o Brett Kavanaugh que, en las esferas del poder y la popularidad, no logran diluir las voces de las víctimas sino que, por el contrario, refuerzan las ideas modernas acerca de la sociedad patriarcal y la violencia sistemática en contra de las mujeres.

Cuando en 1789 se incluyeron los estatutos de conformación de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos, se pensó en un órgano fortalecedor del check and balance system, que integrado por nueve jueces, llevara la rectoría del Poder Judicial.

Una prerrogativa del Poder Ejecutivo de Estados Unidos es la propuesta al Senado de los jueces que integrarán la Corte y desde su creación, sólo en dos ocasiones, este órgano de los EU ha detenido la Confirmación de una nominación hecha por el presidente de dicho país.

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El último de estos casos se dio en 1987, cuando se le negó al presidente Reagan la Confirmación de un Juez Magistrado a la Corte.

El caso de Kavanaugh toma relevancia desde el momento de su nominación, incluso antes de que se formalizaran las acusaciones en su contra, pues como Magistrado, es conocida su postura hacia temas sensibles de la agenda social estadounidense, como lo son el aborto, los derechos de la comunidad LGBT+, y la portación de armas. Postura por demás coincidente con la visión conservadora del presidente Trump.

Con las elecciones intermedias ya en puerta, las interminables historias de escándalo por fraude, desvío de fondos, espionaje, y corrupción que envuelven al presidente y a su equipo más cercano, no hacen más que empañar los pocos aciertos políticos y estratégicos que ha logrado su administración.

Al grito de “nosotras también votamos”, el descontento hacia la confirmación del Juez Kavanaugh se ha hecho patente en múltiples esferas de la vida social y política de los Estados Unidos, se sienta un precedente negativo y que no legitima a las instituciones ni a la figura presidencial. La disculpa que ofreció Trump al Juez y a su familia por el “sufrimiento” generado por el tortuoso camino hacia su Confirmación, es una prueba fehaciente de que aún falta mucho camino por recorrer en la eliminación de toda forma de violencia contra las mujeres, y por supuesto puede representar un giro importante en el cause del Super Tuesday de noviembre próximo, no es momento de desestimar el voto femenino ni de las mala entendidas minorías.

Al mismo tiempo, comprueba que un Estado de derecha radical, ultra conservador, liderado por un hombre al que le gusta establecer categóricamente lo que es correcto y lo que no, amplía la desigualdad y la brecha entre las instituciones y la población.

El peligro de la ultra derecha está en que bajo el hartazgo que tiene la población del mundo por casos de excesos, corrupción, desigualdad e impunidad, se acercan ofertas políticas redentoras, soluciones ideales a manos de los ultra conservadores pero que resultan en mera demagogia y populismo.

El escenario redentor prometido por Donald Trump a los grupos más lastimados de la sociedad norteamericana no es exclusivo de Estados Unidos, la imposición, la tiranía, y la sinrazón no han dejado de estar presentes desde el fracaso de la social democracia en diversos escenarios. El triunfo en la primera vuelta de la extrema derecha en Brasil pone de manifiesto la necesidad que tiene su población de encontrar una opción política que garantice el fin del establishment y el inicio de una era sin élites corruptas, aunque eso signifique la llegada de las nuevas imposiciones.

El tema de fondo es la congruencia, la ética con la que se dice y con la que se hace. Si bien es cierto que el Juez Kavanaugh tiene las credenciales académicas y profesionales para desempeñarse al interior de la Suprema Corte, su calidad moral ha quedado en entredicho y al no haber acreditado plenamente su inocencia, podríamos recordarle que el primer acto de corrupción que comete un servidor público es aceptar un cargo para el cual no está calificado.

 

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