Durante mucho tiempo la seducción ha sido acosada por la moral, la filosofía, el psicoanálisis… y los cuentos infantiles ñoños. Pero a veces es la propia seducción la que se mata a sí misma. Tal y como le sucede a los personajes de Roald Dahl que deambulan por sus Cuentos en verso para niños perversos (Alfaguara).

Está claro que Roald Dahl no nació en un país cocotero que reconoce a los plagiarios de ayer y hoy con millonarios cheques que traslada hasta su casa (así se halle ésta en los umbrales del imperio inca) o que los coloca en la más elevada cima política para que guíe su destino. No. Roald Dahl nació hace cien años, el 13 de septiembre de 1916, en Cardiff, la capital de Gales, en el Reino Unido. Fue hijo de padres noruegos, quienes fallecieron cuando él era apenas un niño a punto de entrar en la adolescencia. Y su educación formal fue severa, muy, muy severa. Aunque parece que siempre supo cómo apañársela para hacer de su infancia algo muy divertido endulzado con  imaginación. Todo se puede revivir en sus libros como Boy o Matilda o Los gremlins o El Superzorro o James y el durazno gigante o El Gran Gigante Bonachón o Charlie y la fábrica de chocolates, casi todas estas historias llevadas al cine. Pero también en su Revolting Rhymes, que es el título original de  Cuentos en verso para niños perversos, traducido al español por Miguel Azaola e ilustrado por Quentin Blake.

Aquí, Roald Dahl toma lo ajeno. Pero no para hurtarlo y después gritar “¡que se jodan!” a quienes se atreven a decir: “¡Al ladrón, al ladrón!”; tampoco para robar, ay, apenas un 30 por ciento y luego mandar a los compinches a decir: “Es irrelevante”. Roald Dahl toma textos ajenos, historias populares, para darles un alma y una musicalidad totalmente distintas: “La Cenicienta”, “Juan y la habichuela mágica”, “Blancanieves y los siete enanos”, “Rizos de Oro y los tres osos”, “Caperucita Roja y el Lobo” y “Los tres cerditos”. ¿Ya conocemos las historias? Pues no. Roald Dahl demuestra que quizá no.

A primera vista pueden ser versos de terror: hermanastras perversas a quienes el príncipe corta la cabeza, una madre engullida por gigantesca bestia, la vanidosa reina que pide despacharse a la rival belleza y sólo la empuja a colosal riqueza, la impertinencia de la Rizos de Oro a quien se cena el osezno solo y una Caperuza que de su escote saca el arma que le dará el abrigo y el maletín que usa. Pero en cada historia lo que hay es seducción.

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Porque seducir es transgredir. La seducción no pertenece al orden de la naturaleza, sino del artificio, del signo, del ritual. No puede haber seducción donde no hay inhibiciones, donde no existe lo prohibido, donde todo está dado. Si todo se muestra, si no hay nada oculto, si no existe ningún objeto del deseo desaparece la referencia. Se parte de cero. Se anula la seducción.

En las versiones de Dahl, a las hermanastras las seduce, porque carecen de él, el poder del príncipe (cuando Cenicienta sólo quiere “un compañero honrado y buena gente”); a la madre de Juan la seduce y desboca el brillo del oro; a la reina la seduce la vanidad y la belleza propias; la seducción por lo ajeno es lo que aniquila a la Rizos; y la seducción de la inocencia vuelve a los lobos abrigos y al cerdito suave neceser.

“El deseo —escribió el pensador francés Jean Baudrillard en De la seducción— no se sostiene más que con la carencia. Cuando se agota en la demanda, cuando opera sin restricción, se queda sin realidad al quedarse sin imaginario, está en todos lados, pero en una simulación generalizada.”

Contrario al liberalismo económico cuyo emblema es “dejar hacer, dejar pasar”, la seducción arde con mayor vigor en aquel lugar en donde se dice “sí”, sin decir cuándo, como en aquella famosa letra de “El son de La Negra”. He ahí el lugar secreto de la seducción: “A todos diles que sí, pero no les digas cuándo…” Porque la seducción encuentra su motor en el deseo. Pero también encuentra su fin en la reiterada y monótona satisfacción de esa misma ambición. Su aniquilación definitiva.

Es el deseo lo que seduce. Lo anotó el filósofo español Eugenio Trías en su Tratado de la pasión, cuando dijo que todo deseo “es deseo de un imposible, y cuanto deseamos lo deseamos acaso porque Otro lo desea, al cual mimetizamos. El deseo tiene por objeto una ilusión, cree que la estructura objetiva del deseo conjuga únicamente dos términos en relación, el sujeto que desea y su objeto, cuando en verdad hay siempre en juego un tercero en discordia, el mediador, mediador externo o interno, que proporciona al sujeto que desea sus objetos, constituyéndolos en valores y haciendo que estos sean precisamente estimables”.

Lo que seduce es el disfraz. Lo que no vemos. Lo que sólo imaginamos. Lo que nunca podremos tener. La ventana a la intimidad que hemos construido a imagen y semejanza de nuestros más profundos y sinceros deseos. El robo, el engaño, el plagio puede parecerle seductor a quien lo practica. Quizá sea el vértigo previo al hurto. Pero pronto pasa. El plagiario sabe, más que nadie, que escribir no es lo mismo que transcribir. Quien escribe ignora cuál es la palabra, la frase exacta, la idea precisa que le sigue a la anterior. Quien transcribe lo tiene todo, la sabe todo: es el fin de la seducción. El plagiario es el único que se anima y se solaza en su bellaquería. Porque cuando la apropiación de lo ajeno es descubierta, los demás sólo pueden ver en este acto la ruindad, la ignominia, la deshonra del plagiario. Así debiera ser. Pero, ya se sabe, no siempre sucede así.

Roald Dahl y su genio, capaz de darle nuevo hálito a historias contadas y recontadas por años, nos recuerda, al releer sus Revolting Rhymes en el centenario de su natalicio, que cuando hay imaginación y talento, la apropiación de lo ajeno resulta innecesaria. Que es la autenticidad, y no el engaño, lo que insufla larga vida a la seducción y, por lo tanto, al deseo; en este caso, al deseo de leer viejos cuentos reelaborados con repulsivas y repugnantes variaciones hechas, por si fuera poco, en verso.

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