París está repleto de antiguas maravillas que siguen sorprendiendo y deleitando a quienes buscan experiencias exclusivas. Y jamás decepciona en fechas señaladas para celebrar comme il faut!

 

Por Cristina Rey

 

Para el deleite del mundo, los franceses tienen una manía bastante placentera, y es que siempre tratan el lujo con refinamiento. Nada de lo que hacen —así esté en el límite de lo pecaminoso— resultará excesivo. Y es que la belleza que los rodea no deja espacio a inspiraciones menos esplendorosas.

Quizá sea por ello que la Ciudad Luz hace siempre acto de presencia en la mente de todo aquel que desea experiencias realmente únicas; pues, sobrada de razón, presume de tener solamente lo mejor para darnos una dosis extra de encanto en todos los sentidos, desde el gastronómico hasta el simple placer de una caminata o la sentimental satisfacción de hacer realidad un hermoso y personal cuento de Navidad.

Uno de esos lugares, donde la magia siempre sucede, se halla desde 1835 en el número 228 de la Rue de Rivoli. Su nombre es Le Meurice y, aunque sus orígenes obedecieron a satisfacer el alojamiento de los aristócratas británicos, nadie puede negar que este hotel es una verdadera joya parisina. Con una privilegiada vista al Jardin des Tuileries está a escasos pasos de lo mejor que ofrece la ciudad. Desde los grandes museos, como el Louvre, d’Orsay y L’Orangerie, hasta las boutiques que hacen de la Place Vendôme, Champs Élysées y Rue Saint Honoré, tres de las calles más lujosas que alegrarán todos los sentidos con las vitrinas más espectaculares adornadas de festividad.

Este palacio de siete pisos y 160 maravillosas habitaciones fue recientemente renovado por el reconocido Philippe Starck. Una tarea seguramente provocadora para este diseñador industrial, quien logró transportar el estilo Louis XVI de Le Meurice a nuestros días, sin restarle un ápice de su esencia. Pero sus amplias y lujosas habitaciones, su refinado ambiente y la belleza que rodea a este remanso de paz no son sus únicos atractivos. También resguarda dos tesoros gastronómicos bajo la tutela de un genio culinario. El chef Alain Ducasse es la cabeza del restaurante Le Meurice, que presume tres estrellas Michelin y un menú que, como su creador, carece de pretensiones y se reboza de perfección. También el restaurante Le Dalí es un acierto culinario, más ahora que ha renovado su carta y se decanta por la sencillez, en oposición al excéntrico menú de antaño que hacía honor a las recurrentes visitas del artista Salvador Dalí. Ambos son una encantadora opción para vivir un fin de año de capricho en este histórico palacio.

¿Quién no se rendiría ante la encantadora proposición de vivir una auténtica Navidad parisina?

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