*Éste texto fue publicado originalmente el 11 de julio de 2016.

 

Por Richard Behar

Ésta podría ser la historia jamás contada más impactan­te en la histo­ria de los hackers. A principios de 1990, Avishai Abrahami se encontró a sí mismo, como es obligatorio para la mayoría de los israelíes cuando se gradúan de la preparatoria, alistándose en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Pero Abrahami había sido asignado a una división de la que no se le permitió hablar, ni siquiera a sus padres: un equipo de cibersegu­ridad e inteligencia conocido como Unidad 8200.

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Se le dio una misión que parecía sacada de Misión Imposible: irrum­pir en las computadoras de un país que mostraba hostilidad contra Israel. La tarea implicaba varios obstácu­los: el primero, encontrar la manera de entrar en esos equipos; el segun­do, desencriptar la información que contenían, y por último, el desafío monumental: acceder a la “enorme cantidad” de capacidad de cómputo necesaria para descifrar esos datos.

Así que esto es lo que hizo Abrahami: irrumpió en las compu­tadoras de otros dos países hostiles y secuestró su capacidad de pro­cesamiento para extraer los datos contenidos en los servidores del objetivo primario. Una obra maestra del arte del espionaje y un precursor primitivo del cómputo en la nube, y todo sin levantarse de su silla en Tel Aviv.

“Si tuviéramos que hacerlo con un investigador informático nos habría tomado un año. Nos tomó un día. No puedo imaginarme lo que habría ocurrido si alguien lo hubiera descubierto, la crisis que habría creado”, señala Abrahami.

Pero nadie lo hizo, hasta ahora, lo cual corresponde con una unidad cuya existencia hasta hace aproximadamente una década nun­ca había sido reconocida o identifi­cada públicamente.

El público, sin embargo, ha es­cuchado hablar de Abrahami, quien actualmente tiene 45 años. Después de salir de la Unidad 8200 fue cofundador de Wix, actualmente una de las plataformas de desarrollo web basadas en la nube líderes en el mundo.

“Sólo de mi generación hay más de 100 chicos de la unidad que conozco en persona y sé que han empezado startups y las han vendido por una gran cantidad de dinero”, afirma Abrahami. “Había un equipo de 10 personas en una habitación en la unidad. Yo lo llamo la sala mágica, porque todos ellos crearon empresas con un valor pro­medio de 500 millones de dólares (mdd)”. Abrahami hizo su parte: la capitalización bursátil de Wix es de unos 1,000 millones.

Ron Reiter, de 31 años, otro ex 8200, cuya startup acaba de ser comprada por Oracle por 50 mdd, y que proviene de una generación más nueva, cuenta una historia similar: “Una persona vendió su startup a Apple por 300 millones, y otra ven­dió la suya a Cisco por 500 millones, ambas fueron compañeros de habitación en la Unidad 8200.”

Mucho se ha dicho que Israel es “el país del emprendimiento”. Más pequeño que Nueva Jersey y con una población menor que Nueva York, Israel es hogar de más empre­sas enlistadas en el NASDAQ que cualquier otro país, excepto Estados Unidos y China. Sobre una base per cápita, Israel cuenta con más capital de riesgo, más startups y más cien­tíficos y profesionales de tecnología que cualquier otro país.

Para entender estos números de vértigo es necesario comprender a la misteriosa Unidad 8200. Aunque no se sabe cuán grande es, Forbes calcula que la unidad tiene, en un momento dado, 5,000 personas asignadas a ella, todas con la consig­na de desplegar tecnología de punta, a menudo en situaciones de vida o muerte, con sorprendente poca orientación.

“No hay nadie para decirte cómo hacerlo”, confiesa Abrahami. “Den­tro de la unidad, la cultura –por diseño– es que tus superiores sólo te dicen que debes averiguarlo por ti mismo. Eso te da una enorme liber­tad para pensar de forma diferente. Eres tú o nadie más. Y cuando eres empresario, ésa es la habilidad más importante. Cuando realizas 5 o 10 o 20 de esos proyectos acabas de construir al menos tres cosas que podrían ser una empresa.”

Si multiplicamos esas tres cosas por miles de genios, tecnología y décadas de trabajo, está claro por qué, como estima Forbes, más de 1,000 empresas han sido fundadas por ex alumnos de la 8200, desde Waze hasta Check Point y Mirabilis, la compañía matriz de ICQ.

Los gigantes de la tecnología se comen a las empresas de la 8200 como entremés. En los últimos tres años, Microsoft pagó 320 mdd por Adallom, una firma de privacidad de datos; Facebook compró la com­pañía de análisis móvil Onavo por unos 150 millones, y PayPal absorbió a CyActive, capaz de predecir hackeos, por un estimado de 60 millones.

Así que ¿cuál es la receta secreta de la 8200? Después de hablar con más de dos docenas de veteranos de la unidad la hemos reducido a cinco cosas que, en conjunto, proporcio­nan un buen plano para el País del Emprendimiento, y una guía rápida muy poderosa de cómo poner en marcha un emprendimiento exitoso.

 

El proceso de selección

La existencia de la 8200 apenas era reconocida hasta hace una década, y su historia nunca ha sido revelada o reportada, salvo en fragmentos. He aquí nuestra versión:

La Unidad 8200 existe desde antes de la guerra de independencia de Israel en 1948. Durante el periodo del Mandato Británico de la década de 1930, lo que entonces era conocido como Shin Mem 2 (un acrónimo de la frase en hebreo para “servicio de información”) ya intervenía las lí­neas telefónicas de las tribus árabes para conocer sobre sus planes para planear disturbios. En 1948 fue renombrada como 515, un número aleatorio con el que podría hablarse de ella sin usar palabras. En 1956, el año de la segunda guerra entre Is­rael y sus vecinos árabes, el nombre fue cambiado de nuevo, a 848.

El punto sin retorno de la Unidad 8200 se produjo en 1973, después de la Guerra de Yom Kipur, cuando Israel, que estaba rodeado por sus enemigos, fue tomado por sorpresa por las invasiones de Egipto y Siria en lo que significó el fracaso de inteligencia más grande de su histo­ria. Un oficial de inteligencia de la Unidad 848 fue tomado prisionero por los sirios, proporcionando a sus captores información significativa, dice Yossi Melman, un periodista veterano que solía cubrir temas de inteligencia y seguridad nacional.

Fue ese hecho el que llevó al país a emprender una búsqueda de su identidad nacional y lo motivó a volver a empezar desde cero. La unidad fue entonces rebautizada con otro número al azar: 8200. La estructura también fue replantea­da, ahora separada en departamen­tos, de forma que los varios equipos de la unidad no supieran lo que otros equipos estaban haciendo. Cada escuadra, como si fuera una startup, estaba más o menos sola en lo que hacía.

Aún más importante, Israel sintió que ya no podía correr riesgos al depender de otros, específicamente de la industria estadounidense para que le suministrara acceso a nuevas tecnologías. Así que el gobierno convirtió a la Unidad 8200 en el departamento de Investigación y Desarrollo (I+D) del país –el com­bustible del País del Emprendimien­to–, con una nómina que crecía al ritmo de sus misiones en un mundo impulsado por internet. Mientras que la Mossad, la agencia israelí de espionaje, es tan legendaria como la 8200 es anónima, “el 90% del material de inteligencia en Israel proviene de la Unidad 8200”, expo­ne Yair Cohen, que sirvió 33 años en la 8200, los últimos cinco (de 2001 a 2005) como su comandante. “No existe una operación relevante de la Mossad o cualquier agencia de se­guridad de inteligencia, en la que la Unidad 8200 no esté involucrada.” Cuando Yasser Arafat afirmó que no tenía nada que ver con el secuestro del crucero Achille Lauro en 1985, que derivó en el asesinato de un estadounidense, la Unidad 8200 filtró una conversación telefónica interceptada que demostraba lo contrario. Cuando Israel bombardeó lo que se sospechaba era un reactor nuclear sirio en 2007, la 8200 fue la que entregó la inteligencia.

¿El virus informático Stuxnet, que destruyó las centrifugadoras nucleares en Irán tres años más tar­de? Fue una obra maestra de progra­mación realizado de forma conjunta entre la CIA y la Unidad 8200.

A medida que crecía la impor­tancia de la 8200, también lo hizo su influencia. Aunque el servicio mi­litar es obligatoria para la mayoría de los israelíes a los 18 años, todos comienzan a ser monitoreados desde la preparatoria, y la Unidad 8200 puede escoger a quien quiera. A veces inicia el seguimiento de potenciales reclutas cuando son más jóvenes, usando como semille­ro un programa especial después de clases para los prodigios y los piratas informáticos, llamado Mags­himim. “La Escuela de Negocios de Harvard tiene un gran proceso de selección, pero depende de quién aplica”, afirma Inbal Arieli, de 40 años, que sirvió en la 8200 a finales de 1990 y a los 22 dirigía la facultad para la escuela de entrenamiento de oficiales de Unidad 8200. “La Unidad 8200 puede quedarse el 1% del 1% del país.”

Fiel a su misión, incluso el reclu­tamiento es clandestino. “Durante mucho tiempo yo ni siquiera sabía que estaba siendo monitoreada”, comenta Arieli. Una vez que la uni­dad identifica a sus prospectos, los somete a entrevistas rigurosas, en­sayos y clases –que cubren todos los temas, desde comunicaciones hasta ingeniería eléctrica y árabe– que pueden tomar más de seis meses.

Básicamente se trata de un cam­po de entrenamiento mental. “Te ponen en pequeños equipos, donde estudias, participas en lluvias de ideas, entrenas, analizas, resuelves problemas, desde la primera hora de la mañana hasta muy tarde por la noche”, indica Arieli. “No es un enfoque pasivo de información.”

Las entrevistas de admisión son llevadas a cabo no por oficiales de alto rango, sino por soldados de la Unidad en sus veintes, que bus­can a aquellos lo suficientemente capaces como para hacerse cargo de sus puestos de trabajo. Después se revisan las referencias de cada etapa de esas jóvenes vidas.

¿Qué buscan? Habilidades ma­temáticas, en informática e idiomas extranjeros son grandes ventajas, por supuesto, pero lo que realmente busca la 8200 es potencial, medi­do por la capacidad de aprender rápidamente, adaptarse al cambio, tener éxito en un equipo y lograr lo que otros ven como imposible. Dor Skuler admite que fue “un terri­ble estudiante en la preparatoria, verdaderamente horrible”, cuando la Unidad 8200 comenzó a buscarlo en su primer año, pero vieron en él un genio sin explotar, y al enfocarse en lo que podría ser en lugar de lo que era, descubrieron a un gran agente de inteligencia que terminó fundando tres nuevas empresas.

“Incluso el proceso de selección de la Agencia Nacional de Seguri­dad de Estados Unidos se enfoca en gran medida en la experiencia”, compara Arieli. “¿Pero qué sabe alguien de 17 años sobre los retos de la inteligencia? Nada. A esa edad te interesan las películas, los chicos, las chicas, la moda, los deportes, ese es tu mundo, y no te preocupa el terrorismo en Siria o las insta­laciones nucleares de Irán, así que la experiencia y los conocimientos técnicos no son relevantes por una simple razón: no existen.”

Es necesario que las soluciones tecnológicas estén al alcance de las pymes. (Foto: Reuters)

 

La cultura

El ex comandante de la 8200 Yair Cohen recuerda una misión a principios de 1980, después de que ingresó a la unidad.

“Necesitas 300 mdd, pero sólo tienes 3”, le dijo su comandante. “No puedes tener 10 personas, tie­nes sólo a tres. Y debes mirar hacia el futuro y tratar de analizar qué habrá en él antes de que tu enemi­go comience a comprar y usar esta tecnología.”

Después de salir de la unidad 8200, Cohen fundó la división cibernética en Elbit Systems, una de las mayores compañías públicas de electrónica de defensa de Israel.

La mentalidad emprendedora impregna a toda la unidad, no sólo a los equipos de I+D que desarrollan productos. Skuler, el terrible estu­diante de preparatoria, finalmente fue puesto al frente de un equipo enfocado en la recopilación y el análisis de tráfico de señales de los enemigos de Israel, con el fin de producir inteligencia de los datos en bruto. Skuler recuerda las amenazas que necesitaba contrarrestar tan rápidamente, que había que crear un pequeño equipo con unos pocos ingenieros “y entrar en la habitación y descifrarlos en cinco días”.

La falta de recursos significa “a veces verse limitado a un grado que es casi inconcebible, y debes decidir qué apuesta hacer”, expone. “Es como estar sentado frente a una ruleta y sólo tener una ficha para poner sobre la mesa.”

Por lo general, continúa Sku­ler, su joven equipo proponía algo valioso. “A veces pienso sobre ello. ¿Por qué era posible? Es algo abso­lutamente loco, pero no lo sabíamos. No teníamos que proponer algo perfecto, podía tener errores, podía colapsar y teníamos que restablecer manualmente los sistemas, pero de hecho logramos poner en el campo una solución que funcionaba en días, o a veces en semanas. Eran mo­mentos mágicos, verdaderamente únicos.”

Resulta que la combinación de inteligencia con ingenuidad puede ser un arma. Lo mismo ocurre con un sistema que da una cantidad impresionante de libertad y respon­sabilidad a personas que en Estados Unidos legalmente no tienen edad para beber.

“Nadie te dice exactamente qué hacer”, señala Skuler, ahora de 39 años. “Te dicen: ‘este es el problema, resuélvelo’, con un plazo loco. Así que inventas, eres emprendedor y comprendes qué estás haciendo hasta después de hacerlo. Pero hay que hacerlo, porque no tienes otra opción que cumplir con la misión que se te asignó.”

Los israelíes disfrutan discutir entre ellos; crea una democracia dinámica y libera algo de presión. En las unidades de combate de las FDI, al igual que en prácticamente todas las organizaciones militares, la disciplina y la cadena de mando son intocables, pero en la Unidad 8200, si los soldados sienten que las decisiones de sus superiores están equivocadas, pueden ignorar el ran­go y dirigirse al comandante de la unidad completa. Así es como se les dota de sentido de pertenencia.

La ausencia de la jerarquía mili­tar habitual hizo que Skuler una vez se encontrara solo en “el campo” al teléfono con “los más altos respon­sables políticos del país”, porque querían su visión personal sobre algo que había descubierto.

“En ese entonces tenía 19. Mien­tras mis amigos en Estados Unidos hacían su tarea de la universidad, yo estaba haciendo eso. Ese fue, por mucho, el periodo de mi vida en el que tuve más responsabilidad y mayor impacto en otras personas.”

Skuler ahora aplica esas leccio­nes en Intuition Robotics, su tercera startup (sin contar las dos que lanzó dentro de Alcatel-Lucent), en donde intenta desarrollar “un robot social muy complejo con una experiencia de usuario verdaderamente sencilla, con el objetivo de mejorar la vida de las personas”. El proyecto inter­disciplinario implica hardware y software, aprendizaje automático y visión artificial, psicología y diseño, y lo está haciendo con un equipo base de ocho personas.

 

La motivación

Después de que Kira Radinsky ter­minó sus largos meses de entrena­miento militar inicial en la Unidad 8200, fue trasladada a un grupo aún más clasificado dentro de la opera­ción, la Unidad 81, que se enfoca en proporcionar tecnología de nueva creación (normalmente productos que integran hardware y software) para los soldados israelíes. Abarca, según nuestros cálculos, aproxima­damente a una quinta parte de los 5,000 soldados de la Unidad 8200. Aunque es posible encontrar perfi­les de ex integrantes de la Unidad 8200 en LinkedIn, la Unidad 81 rara vez es mencionada públicamente.

“La unidad es como un taller, como una fábrica de juguetes de inteligencia”, confiesa Melman, el periodista de seguridad nacional y coautor de Spies Against Arma­geddon: Inside Israel’s Secret Wars. “Producen máquinas. Si necesitas algo, sólo debes describírselos y lo harán para ti. Si quieres producir minas que luzcan como rocas, eso es lo que vas a recibir.”

Radinsky recuerda su trabajo con compañeros que son “simplemente increíblemente sorprendentes, gen­te como yo, que empezó a estudiar la universidad a los 15, algunas per­sonas que cursaron tres licenciatu­ras a la vez”. Pero en la universidad, los estudiantes no tienen más res­ponsabilidad que ellos mismos. En Israel, hay vidas que dependen de las soluciones de las unidades 8200 y 81. Y ese es el tipo de motivación que una beca no puede comprar.

“Cuanto más intenten lograr las personas, más las inunda una sen­sación de luchar juntas como una familia”, recuerda Radinsky, que pasó de 2004 a 2007 en la Unidad 81. “Aún más allá, no tienes elección: Tienes que resolverlo. Se te da un problema que o da o quita la vida. Y en el momento en que entien­des que no tienes opción y que tus acciones tienen tales implicacio­nes, simplemente lo haces por la adrenalina.”

“Es un ambiente hiperestresado donde hay que hacer elecciones reales, siempre bajo presión para tomar decisiones que serán signifi­cativas”, expresa Skuler.

Radinsky, de 29 años, recuerda sus turnos de entre 24 y 48 horas durante las “operaciones especia­les”, cuando ella y sus compañeros se turnaban para dormir en la ofi­cina o mientras hacían su trabajo técnico “en el campo”. Una vez que ella veía una transmisión de video en vivo, a la espera de saber si algo que habían construido funcionaría o no. Cuando se hizo evidente que lo haría, el grupo estalló en aplau­sos, y se marchó a un pub.

Después de su servicio, Radins­ky aplicó su experiencia de vida o muerte al sector privado. En Micro­soft desarrolló algoritmos que usan datos históricos que le permitieron predecir el primer brote de cólera en 130 años (en Cuba).

Ella ahora ha cofundado una empresa, SalesPredict, que ofrece análisis predictivo de retención de ventas y en la que colaboran ex integrantes de la 8200, que se alimentan de adrenalina y operan como una “familia”.

Ella recuerda cómo, en sus días militares, su grupo “asumió la responsabilidad conjunta en las misiones que fallaban, sin señalar con el dedo, porque si ganamos, ganamos juntos, y si perdemos, perdemos todos. Somos nosotros contra el mundo”.

“He descubierto que motivar a la gente en el mundo empresarial no es muy diferente”, añade Skuler. “Lo que buscas es que tengan un sentido de pertenencia.”

SalesPredict opera de la misma manera. “O ganas o estás muerto”, dice. Y aunque sabe que aquí no habrá pérdida de vidas, sino una quiebra, esa diferencia también la motiva. “No tengo miedo de asumir un riesgo”, continúa, “porque he asumido riesgos mucho más gran­des antes”.

 

La rotación de personal

Es lógico pensar que la última per­sona en dejar el timón de la Unidad 8200 ya ha creado el que es sin duda el máximo sindicato de seguridad cibernética del mundo. Nadav Zafrir, de 46 años, ceo y cofundador de Team8, dirige una fundación privada que crea nuevas empresas desde cero para resolver algunos de los problemas más difíciles en la segu­ridad cibernética. Él se desempeñó como comandante de la 8200 du­rante cinco años, dejándola en 2013 después de fundar el “Comando Cibernético”, de las FDI, un grupo de élite de geeks que supervisa la guerra en línea de los militares.

Junto con sus dos cofundado­res, ex integrantes de la 8200 de alto nivel, Zafrir levantó 40 mdd en capital semilla y consiguió una impresionante alineación de socios de investigación e inversionistas que incluye a Alcatel-Lucent, Accenture, AT&T, Cisco, Nokia e Innovation Endeavors, de Eric Schmidt (pre­sidente de Alphabet). Zafrir es un muro impenetrable cuando se trata de discutir sobre algo específico de lo que hizo en la Unidad 8200, pero sí hablará de cómo la estructura de la unidad se adapta perfectamente a la economía global de hoy.

Una cosa que él pregona: La rotación de la 8200. Con una dura­ción promedio de cuatro años en la unidad, esta operación técnica muy avanzada renueva cada año a 25% de su personal, un número aterra­dor para la mayoría de las grandes empresas, pero un enorme activo, afirma Zafrir, en el vertiginoso mun­do de la tecnología.

“Cada año, la Unidad 8200 recibe un gran flujo de hombres y mujeres jóvenes, inteligentes, motivados y apasionados por mirar los problemas desde una perspectiva totalmente nueva”, añade.

A menudo, esto permitió a Zafrir desafiar a nuevos equipos para enfrentar los problemas que sus pre­decesores habían considerado im­posibles. “No les decimos que otras personas han tratado de resolver el mismo problema muchas veces y que han fracasado”, reconoce.

Esa alta rotación obliga a los equipos de la Unidad 8200 a ejercer la disciplina en el diseño de produc­tos y sistemas. Dado que muchos de los desarrolladores no estarán presentes para ver a sus invenciones en operación, tienen que construir­los de manera que permitan a los nuevos reclutas trabajar con ellas. Y la rotación existe en ambos sentidos. Al igual que todos los otros vetera­nos de las FDI, los ex integrantes de la Unidad 8200 deben servir como reservas durante un máximo de tres semanas al año hasta que llegan a los 40 años. Así que por décadas más, los veteranos de la 8200 podrán echar un vistazo a la última tecno­logía desarrollada por sus sucesores más jóvenes, la ciberseguridad israelí como la máxima educación continua.

De vez en cuando, la 8200 procu­rará conservar a sus miembros más brillantes a tiempo completo convir­tiéndose en una incubadora. Barak Perelman, un ex capitán que sirvió en la unidad durante seis años, hasta 2013, había soñado con la construc­ción de un negocio desde cero.

Sus jefes de las FDI tenían una idea para mantenerlo en la unidad: Si podía desarrollar un proyecto innovador que ayudara a la 8200, invertirían en él con mano de obra. Perelman lo logró y entonces nació Indegy, que ofrece seguridad ciber­nética para infraestructura crítica, como plantas químicas, y nació gracias a la ayuda a de la 8200. Fue un acuerdo de “ganar-ganar”, dice Perelman, quien añade que este mo­delo de incubación se ha empleado varias veces por la 8200.

Es también una victoria para la economía israelí, en términos de creación de empleo y riqueza y en el mensaje que envía al mejor talentos tecnológico del país. “Ellos conocen al hombre que vendió su compañía por 300 mdd, no sólo lo leyeron en Forbes”, presume Zafrir. “Ellos piensan, ‘lo conozco, sé que puedo hacer 400 millones’”, añade.

 

La red

El padre de Elad Benjamin, Me­nashe, pasó un cuarto de siglo en la Unidad 8200, donde comandó una de sus subdivisiones, y luego emprendió una compañía que creó un software de imágenes médicas. “Si no hubiera desarrollado lo que desarrolló en la 8200, creo que habría sido difícil para él iniciar su empresa”, dice Elad, de 41 años, que siente lo mismo por su propia startup, también en el campo de la medicina. “Entonces, el hilo como que se extiende.”

Pero es mucho más profundo que eso. Cuando la empresa de Menashe fue vendida a Kodak, tenía 55 em­pleados, un tercio de los cuales eran ex integrantes de la Unidad 8200. Hoy, la mitad de los empleados de Elad son ex miembros de la unidad, y sus amigos más cercanos también.

No se puede subestimar la im­portancia de la red de ex integrantes de la unidad en el fomento del País del Emprendimiento. “Así es como lo haces: consigues a uno de tus amigos de la unidad de tecnología que está a punto de ser liberado, y él tendrá todas las fechas de liberación del resto del equipo en la unidad y sólo tienes que reclutarlos uno a uno”, comenta Benjamin. “Les lla­mamos por teléfono y les decimos, ‘Tu ex jefe de equipo ya está aquí con nosotros. ¿Por qué no vienes y echas un vistazo?”

Este tipo de reclutamiento elimi­na muchos pasos. “Sabes que estás recibiendo una combinación de confianza y de habilidad con ellos”, confiesa. “Son chicos de 24 años que acaban de pasar los últimos cinco, seis años, enfrentando sistemas y productos de misión crítica y escenarios del mundo real, en vivo. Lo que han hecho es real. No es teó­rico.” Y pagará dividendos empresa­riales en las próximas décadas.

 

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