Si ponemos bajo la lupa quién se beneficia más en las fechas del espíritu dadivoso, ¿sería el que ayuda o el que recibe la ayuda?

 

 

Por Adriana Rodrigo

PUBLICIDAD

 

Un experto en desarrollo comunitario me sorprendió recientemente con una de sus anécdotas vivenciales: cuando vas la primera vez a visitar una comunidad, las personas son un poco escépticas y a veces hostiles al recibir a una empresa u organización que tiene intenciones de trabajar con ellos; cuando vas la segunda vez, bajan un poco la guardia y escuchan, y en la tercera visita sonríen y se sorprenden por una sencilla razón: “¡regresaron!”

Esta historia refleja claramente que la solidaridad y los proyectos sociales muchas veces son de carácter esporádico o bien mueren en el intento. ¿Qué sucede en el mes de diciembre? Emana nuestro lado sensible y generoso queriendo ayudar y donando cosas usadas o nuevas a quienes más lo necesitan. Y cabe preguntarnos también qué pasa en los 11 meses restantes del año en esos albergues, casas hogares y hospitales tan concurridos en estas fechas.

Todos coincidimos en que es una buena acción y que se siente bien ayudar en Navidad, ¿pero es realmente lo mejor?

En la Ciudad de México existen 10 CAIS (Centros de Asistencia e Integración Social) gestionados por el gobierno, que albergan a miles de personas en situación de calle o de gran vulnerabilidad. He tenido la oportunidad de visitarlos durante varios años y el comentario generalizado de sus responsables va siempre orientado a la duplicidad de donativos recibidos y a la concentración de visitas decembrinas; en contraste con una mayor necesidad de apoyos en otras épocas del año y en otros rubros.

Por ejemplo, las cobijas y los juguetes suelen ser lo más común o más fácil de regalar. Pero cuando indagas directamente qué necesitan, te dicen rotundamente: “No necesitamos cobijas sino zapatos, los niños necesitan pijamas y no juguetes, lo prioritario son artículos de higiene personal, entre otras cosas.” ¿Quién dona champú o pañales de adultos en Navidad?

Para sumarle a la falta de atención y conocimiento de estas ayudas casuales, cuando te involucras más profundamente en el asunto, te advierten que muchas de las cosas que reciben las instituciones en estas fechas pueden desaparecer en el camino, antes de llegar a los beneficiarios finales. Solicitan que se entreguen los regalos directamente a los niños o adultos. Igualmente, cuando los bancos de alimentos donan grandes cantidades de, por ejemplo, medicamentos o salsas (tipo catsup o mayonesa), con una fecha de caducidad muy cercana, estos donativos se pierden y se echan a la basura, ya que el albergue no tiene capacidad para consumir toneladas de salsas o no hay personas que necesiten el medicamento recibido.

Esta brecha tan evidente entre la intención y el resultado tiene un componente que en principio no nos agrada escuchar: el egoísmo. Si ponemos bajo la lupa quién se beneficia más en las fechas del espíritu dadivoso, ¿sería el que ayuda o el que recibe la ayuda? Es mayor la satisfacción de quien da por haber puesto su “granito de arena” y sentirse bien consigo mismo que el apoyo en sí, dado que a veces es inoportuno o simplemente no llega. La inercia de las tradiciones navideñas nos lleva muchas veces a actuar sin pensar ni preguntarnos el sentido de lo que estamos haciendo.

Así como evolucionan la tecnología y las estrategias RS de las grandes empresas, debemos evolucionar nosotros como individuos y, por ende, las tradiciones de toda la vida. Y en la misma sintonía, evaluar el consumismo característico de la temporada para hacerlo de manera más sustentable. El ejemplo del árbol de Navidad que hoy en día ya podemos rentar en una maceta y regresar a la naturaleza en 40 días (siempreverde.mx), nos invita a reflexionar y a cambiar nuestras decisiones de compra.

Asimismo, acciones como el apadrinamiento de niños durante un año en alimentación o educación, sí tienen continuidad y fácilmente se puede dar seguimiento a los resultados que generan. Los regalos corporativos que utilizan materiales reciclados o son elaborados por comunidades rurales, también tienen un componente sustentable que hace la diferencia. Quisiera reforzar el hecho de que, sin excepción, todos los apoyos que se dan tienen un valor muchas veces incalculable y también son necesarios. Campañas como Free Hugs en la que se regalan abrazos gratis a quienes caminan por la calle, son excepcionalmente impactantes aunque de carácter eventual.

Sin embargo, ¿qué cambiaría si, a la hora de decidir a quién y cómo ayudar, incluimos en la ecuación las ineficiencias y el desperdicio que provocan las acciones aisladas? ¿O el costo/beneficio que pueden tener para las instituciones y las personas beneficiadas? Más allá de la Navidad, invirtamos nuestro tiempo y recursos en acciones grandes o pequeñas, pero que trasciendan.

 

Adriana Rodrigo es socia y directora de Grupo Axius.

 

 

Contacto:

Twitter: @ARodrigoY

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

Mercados de Europa cierran al alza
Por

Al cierre de la sesión del miércoles, el índice FTSEurofirst registró con una ganancia del 0.51%, tras una mayor caída e...