En el entorno de tranquilidad y naturaleza que uno puede vivir todavía en esta ciudad, podemos encontrar el hermoso Bosque de Chapultepec. La amabilidad del personal del Bistró Chapultepec casi hace que me olvidara que estaba en un evento de premiación, la oportunidad de platicar con los primeros ganadores nacionales del premio James Dyson Award 2018.  Una vez conociéndolos, mi mente dejó a un lado, temporalmente, el entorno de naturaleza que cuida nuestros pulmones y le da ese verde único a nuestra compleja Ciudad de México.

Tres proyectos fueron ganadores y queda claro que los jóvenes diseñadores, ingenieros y entrepreneurs, buscan atender (lamentablemente ya estamos lejos de la prevención) efectos relacionados a la escasez de agua y alimentos.  Bajo una premisa del estilo “soluciones locales para problemas globales” estos jóvenes no sólo me inspiraron, sino que me dejaron con hambre de que este tipo de premios se hagan más seguido, o con más atención por parte de instituciones como Conacyt y empresas cuyas áreas sociales tengan el mismo, si no es que más, peso que sus áreas comerciales.

La imaginación, la capacidad de interiorizar un problema y darle una solución es algo que la mayoría hacemos de manera regular. El punto interesante de este premio es que busca traer soluciones escalables desde geografías locales. Los tres ganadores me dieron esperanzas, pero al mismo tiempo no dejé de pensar en “qué hemos hecho”; todos traen esperanzas a un problema que todavía no erradicamos: ser conscientes de nuestros preciados recursos.

Dos de los tres proyectos ganadores buscan resolver la necesidad de potabilizar agua. El otro proyecto ganador busca incrementar la adopción de cierto tipo de alimento alto en proteínas, reduciendo el impacto ambiental que genera el ganado bovino, porcino y similares actualmente. Como podemos ver problemas que tienen que ver con el crecimiento poblacional y una explotación poco sustentable.

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Tuve la oportunidad de quedar sorprendido, inspirado y urgido por contar lo que aprendí tras platicar con todos los ganadores, dos de los tres proyectos son equipos. 1. Bermuda, por Marco Barba Sánchez, diseñador industrial, 2. Azcatl, por Karla Rosales y Mariana Cervantes, ambas diseñadoras industriales, 3. Aguadapt, por Álvaro Gutiérrez ingeniero ambiental, Melissa Landman ingeniera mecánica, Aaron Krupp ingeniero mecánico, y Stephan Calvet estudiante de ingeniería química. Todos altamente capaces, interesados en ayudar y menores de 30 años.

La idea, concepto y posibilidades de Aguadapt me tiene todavía anonadado tanto en su oportunidad como negocio, además de dejar claro que “el que quiere, puede”. Filtros para sistemas de captación de agua (y en un futuro para extracción de mantos profundos) hechos con materiales naturales y que busca ser fácil de instalar por cualquier persona sin necesidad de conocimientos de plomería o desconocimiento respecto a la toxicidad de pegamentos en búsqueda de potabilizar agua.

En seguida piensas en un crowdfunding para ellos para estar seguro de que una empresa grande de almacenamiento y filtrado de agua no los compre y convierta en unidad de negocios.  Les caería bien, pero ojalá si eso pasa se queden como brazo de intención social que pueda ser autosustentable y rendir ciertas utilidades tras quedarse con un poco para continuar la investigación y desarrollo.

Azcatl, nada más difícil que cambiar la mente de la sociedad con algo totalmente lógico pero que va contra muchos intereses de la industria agroquímica, alimenticia, ganadera y médica. La verdad me impresionaron el valor, el enfoque, el conocimiento y la dedicación de Karla y Mariana para su proyecto. El resumen perfecto de la perspectiva orgánica llevada a la sustentabilidad y la alimentación humana desde una perspectiva antropológica: comer insectos.

Actualmente escuchamos insectos y los asociamos a suciedad, pero esa suciedad es generada por el hombre, y da la casualidad que ahí encuentran muchos de sus nutrientes los insectos. La realidad es que antes de esa mugre, los exquisitos platillos prehispánicos que consumían Moctezuma y sus antepasados eran ricos en proteína de insectos (menos espacio, aproximadamente la misma proteína, menos agua y plantas para alimentar esta fuente de nutrientes). ¿Dónde puede uno invertir en su proyecto? Me sigo preguntando.

Finalmente, el ganador que pasa a la etapa internacional del James Dyson Award 2018: Bermuda. Marco, el creador, tiene claras muchas cosas en su vida, es práctico, disfruta de su trabajo como diseñador industrial y sabe ponerse en los zapatos de otros. En este sentido resolvió una pregunta que mucho tiempo atrás me hice y no respondí. Así como hay chalecos salvavidas en lanchas y aviones, ¿por qué no hay sistemas de purificación de agua de mar para casos de emergencia? Eso es Bermuda, un sistema práctico, que busca ser de bajo costo (al igual que los otros dos proyectos) que tal vez pudiera dar el gobierno a pescadores para tener como equipos de emergencia en sus lanchas y si pasa lo peor, tengan una fuente de agua potable ahí mismo, sin ocupar espacio, lista para servir.

¡Muchas felicidades a los tres a los tres y a Dyson! Espero que todos estos proyectos se desarrollen y crezcan para atender esas tristes realidades que vienen en camino: más huracanes a causa del cambio climático, haciendo que más pescadores se pierdan; mayor escasez de agua y, la falta de alimento nutritivo, escalable y económico.

Por más proyectos mexicanos que nazcan de necesidades locales y puedan resolver problemas globales, o incluso, universales.

 

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