Jacques Chirac era un político duro, resistente. Entendió, como pocos, el entramado de la política francesa y aprovechó todas sus posibilidades.

En 1986 inauguró, con Françoise Mitterrand la cohabitación, eso es, el Gobierno compartido debido a que la derecha encabezada por Chirac ganó las legislativas, pero la presidencia aún le correspondía a los socialistas.

El escenario era complejo, porque desde algunos años antes iba avanzando el proyecto de la ultraderecha que encabezaba Jean Marie Le Pen y que tantos espantos ha causado al centrismo conservador.

Sí, Chirac siempre fue un dique a la oleada de racismo e intolerancia que ya anidaba en las zonas periféricas de las grandes ciudades y en el campo.

Aquel fue un experimento interesante y quizá uno de los grandes momentos de la democracia liberal, la que ahora enfrenta tantos desafíos. 

Después de todo, se requirió de altas dosis de paciencia y de capacidad de negociación para que Francia siguiera funcionando y que, en una elección posterior, decidiera dejar de nueva cuenta al presidente Mitterrand con el espacio suficiente para gobernar.

La cohabitación implica, por necesidad, el reconocimiento de la pluralidad y refleja la complejidad de la sociedad, donde por momento no hay mayoría claras para el poder y en el que la ciudadanía, quizá de modo intuitivo, establece equilibrios.

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 A Chirac le llegó su turno y permaneció 12 años en la presidencia de Francia y 18 en la alcaldía de París, dos zonas de privilegio, pero también de un trabajo extenuante y no exento de riesgos.

También le tocó compartir el poder con Lionel Jospin, en 1997 y ambos actuaron bajo la lógica de que prevaleciera el respeto y “el interés de Francia”.

No es sencillo, porque la Constitución de 1958 otorga enormes facultades al primer ministro, y en los hechos el manejo de la política interna, aunque reserva los temas de asuntos exteriores y defensa a la presidencia,

Chirac nunca tuvo un apoyo masivo en las urnas  ( en general lo votó un 20 por ciento) y eso lo hizo un mejor político. No hay escuela  más consistente, que obliga a  conversar con los adversarios para poder construir y gobernar.

Con Chirac y con su muerte, también se despide una época e inclusive una idea de Europa. En el presente las acechanzas que enfrentó siguen siendo las de la irrupción del populismo, aunque ahora con mayores posibilidades de triunfar.

Quizá por eso, reconoció, por primera vez desde el fin de la Guerra Mundial, la colaboración del gobierno francés con los nazis y el profundo daño que ello significó.

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Su enseñanza es importante, porque mostró las virtudes de la visión de estado sobre los intereses particulares y ello lo moldeó a lo largo de su ejercicio del mando.

Era un grande de la política, por supuesto, y con Mitterrand, su gran adversario, defendió la democracia y esbozó la necesidad de hacerlo con reglas claras y valores que hicieran la diferencia en las aguas broncas que ya anunciaban el temporal que estaba por llegar.

 

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