Por Steve Forbes

El nombramiento de un nuevo presidente de la Federal Reserve debería desencadenar un examen exhaustivo y muy necesario de los propósitos de esa institución y los principios en los que basa sus acciones. Eso no sucederá, sin embargo. Por razones psicológicas insondables, la política monetaria es uno de esos temas que intimidan absolutamente a la mayoría de las personas, y es por eso que la Fed se escapa con poder extraordinario y largos períodos de bajo rendimiento tan solo con las revisiones más triviales y superficiales por parte del Congreso.

Jerome Powell, nominado por el presidente Trump para suceder a Janet Yellen como jefe de la Fed en febrero, no ha dado indicios de que tenga cuestionamientos relevantes sobre las operaciones del banco central más poderoso del mundo. Él ha sido en gran medida un amigo con el que te llevas bien, durante sus cinco años como gobernador de la Junta de la Reserva Federal. Quizás sorprenderá a todos publicando el equivalente de a las 95 Tesis de Martin Luther por parte de la Fed.

Aquí algunas áreas en las que se puede enfocar:

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Creer que la Fed puede guiar de manera constructiva el desempeño de la economía. Los economistas y los legisladores consideran sagrada la fantasía de que la economía puede ser dirigida, como si fuera un automóvil, y que la tarea de la Fed es asegurarse de que la economía no se ponga ni “demasiado caliente” ni “demasiado fría”.

La Reserva Federal, en cualquier banco central, no puede hacer más por controlar la economía que lo que hace mucho tiempo pudieron hacer los planificadores centrales soviéticos. ¿Cómo podría ayudarnos, con 330 millones de personas en los Estados Unidos, 7 millones de personas en todo el mundo e innumerables millones de entidades de todo tipo participando en más de 100 mil millones de transacciones cada día?

Debido al empeño que pone la Fed en esta inútil búsqueda , la única pregunta sensata a considerar es ¿cuánto daño hará nuestro banco central? Desde 2008-09, la triste respuesta ha sido: mucho. Manejar de manera decisiva y rápida un pánico financiero está bien. Pero la feroz anulación de las tasas de interés por parte de la Fed (equivalente a controles de precio o renta), junto con sus repetidos programas de “flexibilización cuantitativa”, estropeó el correcto funcionamiento de los mercados crediticios, perjudicando gravemente el acceso de los hogares y las empresas nuevas y más pequeñas.

-Creer en la superstición de la curva de Phillips. La Fed se aferra a la idea de que la prosperidad causa inflación y que inducir el desempleo, es decir, tratar de hacer que millones de personas pierdan sus empleos, lo cura. Y luego está el mantra de hace una década de la necesidad de elevar el nivel de inflación para sacar a la economía de su letargo después de 2008-09. La experiencia del mundo real ha demostrado lo absurdo de esa idea.

-Creer en la hiperregulación de los bancos – y de todas las demás instituciones financieras. Con gusto, y alentados por los políticos de Washington, la Fed y otros reguladores han estado sofocando a los bancos con decenas de miles de nuevas reglas, aparentemente para evitar otra gran crisis. Si deja de lado el hecho de que los bancos eran la parte más regulada de nuestra economía, la verdad incómoda es que incluso si todas estas reglas hubieran estado vigentes hace una década, aún así habríamos tenido un gran desastre, porque la causa raíz de todo era el dólar débil.

-Creer en un dólar flotante. Los mercados funcionan mejor con pesos y medidas fijos. Todo el mundo sabe cuán caótica sería la vida si la cantidad de minutos en una hora u onzas en una libra fluctuara. Lo mismo aplica para el dinero, que se supone que mide el valor. Hasta que arruináramos todo a principios de la década de 1970, Estados Unidos tenía un valor fijo para el dólar, ya que Alexander Hamilton lo estableció con un estándar de oro en 1791. No es coincidencia que los Estados Unidos “el ritmo promedio de crecimiento económico” desde entonces ha disminuido considerablemente.

 

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