Conoce los secretos y entretelones de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, una de las obras cumbre de la literatura mexicana.

 

 

“En cuatro meses escribí Pedro Páramo y tuve

que quitarle cien páginas.

En una noche escribí un cuento.

Traía un gran vuelo pero me cortaron las alas”.

Juan Rulfo (a Fernando Benítez)

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“A mí me mataron los murmullos”

Tras 58 años de la aparición de Pedro Páramo (1955), la emblemática novela de Juan Rulfo, ésta no solo sigue vigente, sino permanece como un parteaguas en la narrativa mexicana del siglo XX. Sin dudarlo, se puede hablar de un antes y un después de la obra que reverencia a la particular cosmovisión del autor sobre la muerte y los tiempos trastocados, propios de ese lugar poblado de murmullos llamado Comala.

Comala no es pueblo en el estado de Colima, sino un lugar completamente inventado por el autor, que tiene sus raíces en un pueblo cercano a donde él creció que se llama Tuxcacuesco. De hecho, ni siquiera en la novela hay un solo Comala. Uno es el Comala donde siempre llueve, el de Susana San Juan, y otro pueblo muy distinto el que le pertenecía a Pedro Páramo, mucho muy triste y árido. Una tierra yerta y ardiente como un comal.

El uso del tiempo y del lenguaje son dos de las características formales más importantes de la novela. El primero, es un tiempo trastocado y anómalo, porque Rulfo pensaba que el tiempo como lo conocemos los vivos, no es el mismo de los muertos. ¿Qué puede ser una vida de 70 años, comparada con la eternidad de la muerte? Es por eso, que su lectura no es fácil, pues la novela brinca de un momento en el tiempo a otro, en la vida de diversos personajes, principalmente Pedro Páramo, Juan Preciado y Susana San Juan hasta formar un total de 70 escenas.

Es muy sabida la anécdota de que cuando Rulfo estaba en el Centro Mexicano de Escritores, escribiendo la novela, varios de sus compañeros le decían que la novela no valía nada, que no tenía ni estructura ni contenido. “En las sesiones del Centro, Arreola, Chumacero, la señora Shedd y Xirau me decían: ‘vas muy bien’, Miguel Guardia encontraba en el manuscrito un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir que mi libro era una porquería. Coincidieron con él algunos jóvenes escritores invitados a nuestras sesiones. Por ejemplo, el poeta guatemalteco Otto Raúl González me aconsejó leer novelas antes de sentarme a escribir una. Leer novelas es lo que había hecho toda mi vida. Otros encontraban mis páginas ‘muy faulknerianas’, pero en aquel entonces yo aún no leía a Faulkner”.

Y aquí debemos ser claros. Rulfo no imita o copia las voces de esta región de Jalisco, México a la perfección, como algunos creen. Rulfo simplemente crea esta forma de hablar, siendo ésta una de sus mayores aportaciones artísticas de su breve, pero imprescindible obra.

“Rulfo anida la idea de escribir cuentos, pero no quiere hacerlo como tantos otros narradores que más que nada redactan ensayos filosóficos o historias de hechos comprobables. Él pretende escribir sin hacerse presente, narrar historias verídicas que no hayan sucedido, crear nuevas realidades, no reproducir las ya existentes. Está convencido de que hay tres pasos en la elaboración de un cuento: la creación del personaje, la construcción del ambiente y la adecuación del lenguaje, y se entrega a la realización de esas etapas.

“Las largas pláticas con los campesinos le proporcionan algunos de los datos que va a convertir en partes de sus argumentos literarios. No escribirá historia ni reportaje sino ficciones, cuentos, que representarán hechos verosímiles: recreará la realidad del ranchero jaliciense en historias concentras en pocas páginas”.

La novela no fue bien recibida por la crítica especializada e incluso sus editores, Arnarldo Orfila y Alí Chumacero, respectivamente director y jefe de producción del Fondo de Cultura Económica, dudan aún en el momento de su publicación. En marzo de 1955 apareció Pedro Páramo en una edición de 2,000 ejemplares.

Durante su aparición la fragmentación de las escenas y el uso del tiempo trastocado, causó enorme desconcierto, entre la crítica especializada. “Rojas Garcidueñas afirmó que no existía ‘plan ni esquema que organicen el todo’ y Joseph Sommers consideró –igual que Chumacero– que la obra carecía de estructura”.

“La crítica no sabía dónde ubicarse para leer aquella novela estructurada mediante ‘tomas’ que obedecían a una sintaxis cinematográfica cuyos flashbacks y flashfowards distorsionan la trama novelística en todos sus posibles tejidos habituales. Carlos Blanco Aguinaga y Mariana Frenk estuvieron entre los primeros en advertir que la confusión estructural de las escenas era de la crítica y no de Rulfo: ‘Desde luego, la novela tiene una estructura general muy estricta, aunque no aparente en ninguna separación de partes que rompería la unidad de un momento de tiempo que es toda la narración’. ‘El procedimiento más audaz y revolucionario de todos los recursos aprovechados por la nueva técnica novelística es deliberado desorden cronológico, la dislocación de las secuencias temporales, los cortes y los saltos hacia adelante y atrás’. En otras palabras: esta novela era otra cosa”.

En ese sentido, la pregunta que cabe hacerse es: ¿cuánto le faltaba por leer a la crítica literaria de nuestro país de mediados del siglo XX para poder leer a Rulfo? El autor había leído a muchos autores poco frecuentados o conocidos en México. como el italiano Alberto Moravia, a los suizo-alemanes: Max Frisch y Friederich Dürremmatt, a los neoyorkinos: J.P Salinger y William Styron. Así como Norman Mailer y Truman Capote. Se interesaba en la obra de los iracundos beatniks: Jack Kerouac, John Updike y Joseph Heller. Conocía a fondo la obra de los ingleses: Angus Wilson y John Braide. Pero su más vieja pasión fue siempre la literatura nórdica, con la presencia de Halldór Laxness y Kurt Hamsun. Recala en Yugoslavia en la obra de Ivo Andric, hasta llegar de nuevo a Estados Unidos, la ciencia ficción y Ray Bradbury.

“Comala es un lugar en donde la muerte es invocada perpetuamente, en un ciclo eterno, que no tiene comienzo ni final. Los fantasmas, la desolación espiritual de los personaje y ese lenguaje sensorial y metafórico, plagado de imágenes poéticas, es lo que lleva al lector a inferir que se trata de un lugar árido, yermo, sin vida, en un desierto sin esperanzas”.

Cuando Pedro Páramo, Juan Rulfo trabajaba como corrector de pruebas de las revistas oficiales del Instituto Nacional Indigenista. Él era un hombre callado, muy reservado, que no entablaba una conversación con cualquiera. Había quedado marcado por la muerte de su padre en la Guerra Cristera. Poco se sabía de él y su pasado. Al igual que Juan Preciado, el protagonista de la novela, cuando llega a Comala, la aparición en México de la novela, en la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica pasó completamente desapercibida. No fue hasta que la novela fue traducida a otros idiomas, cuando el nombre del autor y su novela comenzaron a tener notoriedad.

En Comala –ese pueblo fantasma y muerto, que parece abandonado–, convergen en murmullos las voces de sus personajes. Es por eso que Rulfo había pensado entre otros títulos en ese: “Los murmullos”. Los momentos en el tiempo y las situaciones de cada uno de los personajes se van intercalando, hasta lograr un complejo concierto lúgubre y triste, en donde la desolación y la desesperanza son el tema principal. La incapacidad humana de derrotar a la muerte, forman un terrible relato que cumple de manera ejemplar, el viejo afán de Alfonso Reyes, “ser universales, siendo profundamente locales”.

Están presentes en la novela temas tan importantes como: la miseria de la tierra, el mundo postrevolucionario, la conciencia del pecado, la religión, la incomunicación y la soledad. Todos ellos expuestos con una impecable crítica social y una prosa poética que ha sido siempre tratada de plagiar sin éxito.

“La originalidad de Rulfo radica en que supo adentrarse en el ser mexicano desde lo particular para recrear arquetipos universales. Rulfo se concentra en el hombre criollo y mestizo del sur de Jalisco, desde su propia tradición para desenmascarar las distintas formas que toma la opresión y la manera en que los seres se defienden de ella.

“Visión trágica la de Rulfo, que nos muestra aspectos terribles de la existencia; visión humanista, que nos muestra los modos por los cuales se define el destino de la persona humana y el sentido de su existencia; visión crítica, que nos muestra las flaquezas del ser y su fuerza desafiante ante la opresión y la muerte”

Quizá Rulfo tenía esta visión tan desoladora de la condición humana debido a su triste biografía. Creado prácticamente en un orfanato. Huérfano de padre. Quizá quería decir que todos estamos de alguna manera muertos, y que lo que tanto anhelamos, no es más que murmullos e ilusiones vanas. Para Rulfo, como para sus personajes y fieles lectores, durante generaciones, es prácticamente imposible abandonar el Comala personal, que nos atormenta, encierra y condena a vivir perpetuamente a la sombra de ese hombre que quiso levantarse de la silla, pero se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

 

 

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FUENTES:

Juan Preciado en diálogo con Dorotea, Pedro Páramo, FCE, p 75.

Juan Rulfo. “Pedro Páramo, treinta años después”, en Los murmumullos, Antología…, pp. 70-71

Así nacieron El llano en llamas y Pedro Páramo, de Sergio López Mena, en la colección de Archivos: Juan Rulfo Toda la obra, página 503.

Un conversación hecha de muchas, Samuel Gordon, en la colección de Archivos: Juan Rulfo Toda la obra, página, 516

Un conversación hecha de muchas, Samuel Gordon, en la colección de Archivos: Juan Rulfo Toda la obra, página, 517

Tomado de “Pedro Páramo ya no vive aquí. Historias sorprendentes de un viaje por México”. Paco Nadal, RBA, 2010.

La ficción de Juan Rulfo, Norma Klahn, , en la colección de Archivos: Juan Rulfo Toda la obra, página, 529.

 

 

 

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