Está sucediendo lo que resultaba increíble: Donald Trump consiguió los votos necesarios para ser el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos. El partido de Lincoln, de Grant y de Reagan pone en la posibilidad de ser presidente a un personaje cuasi cómico que parece salido de un cartón dibujado por un pésimo caricaturista. Ahí está la trampa en la que podemos caer si no ponemos atención: Trump es un payaso pero no es un tonto.

En su discurso de aceptación de la candidatura republicana siguió la línea que tan buenos resultados le ha traído. ¿Para qué cambiar la fórmula? Sin grandes palabras y con muchas arengas, con peroratas en vez de discursos, los republicanos se ponen de rodillas ante su flamante candidato.

No obstante, sus correligionarios se polarizan. Por un lado, el gobernador Chris Christie sale a los gritos y a pedir ovaciones. Mira a la multitud enardecida. Mientras algunos se confunden y creen estar viendo el Super Bowl, otros se tapan la cara y no entienden cómo fueron a dar ahí. ¿Cuántos se lavarán las manos y dirán: ya qué? El gobernador de Colorado, anfitrión de la Convención, no estuvo ahí. Ted Cruz se ahorra los elogios y George W. Bush prefirió quedarse a podar el césped en su casa. Los que observamos a lo lejos debemos abrir los ojos y poner atención.

Solamente unas horas antes, la señora Trump plagiaba las palabras de Michelle Obama. Nos llegan los vapores de la frivolidad y nos quieren hechizar. La eficiencia de las consignas y un buen slogan han surtido efectos gloriosos. En un mundo en el que la información está al alcance de los dedos, la gente analiza poco y piensa menos.

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Pronto, las bocas de chancla, los peluquines de pelos de elote, la ostentación vulgar se pondrán de moda. O, eso nos quiere hacer creer, pero, insisto, el candidato republicano puede ser muchas cosas pero no es estúpido. Es un hombre de espectáculo, y en esa condición supo de la importancia de las palabras que iba a pronunciar.

Es verdad que entre el oropel y la pompa, entre la elegancia al estilo Rey de Chocolate, la historia de un padre sabio, una familia maravillosa, el exceso de miel y el abuso del lugar común, es difícil encontrar argumentos que valgan la pena en el discurso que le escuchamos a Donald Trump al ungirse como candidato a la presidencia de un país de la talla de Estados Unidos.

No obstante, tuvo sus destellos argumentativos. Es momento de estar atentos, de dejar de menospreciarlo y de minusvalorarlo: el hombre ha recorrido un camino largo y está en la antesala de la oficina oval.

Los que augurábamos que sería imposible verlo llegar a ser candidato del Partido Republicano nos equivocamos. Nos podemos seguir equivocando si no prestamos atención a lo que dice; no todo son tonterías.

 

En lo que tiene razón

— Para Donald Trump, hay que ver la tramitología como uno de los principales frenos de la economía. Un estado obeso es un peso duro de cargar, es un costo innecesario que se le impone al contribuyente y no da beneficio alguno.

Adelgazar los órganos de gobierno, dejar libertades a los empresarios para concretar sus ideas, impulsar a los inversionistas y buscar que el dinero se quede en casa en vez de irse a buscar fortuna a otras tierras, tal como lo propuso, no es mala idea.

Muchas de sus palabras nos las deberíamos apropiar y ponerlas en práctica. Darle alas a los emprendedores y buscar que sus proyectos den frutos es lo que todo buen mandatario debería perseguir.

Aquí escuchamos discursos a favor del emprendimiento, pero en la realidad de todos los días nos topamos con tristes derroteros. Sabemos que el 80% de los negocios que abrieron sus puertas en enero habrán cerrado antes de que llegue diciembre.

Tristemente, una de las principales causas para que los proyectos se marchiten son las excesivas regulaciones, los requisitos interminables y las numerosas oportunidades que gobiernos federales, estatales y municipales dan para que los empresarios sean extorsionados.

— Para Donald Trump, hay que estar de lado de los que quieren generar riquezas y hay que hacer lo posible para que se queden en casa. Hay que dar las condiciones para que la derrama económica alcance a propios en vez de volar a beneficiar a extraños.

Y no hay quien prefiera ir a tierra ajena si en la propia puede sembrar y hacer florecer sus esfuerzos. Si fuéramos capaces de retener talento, si cada país del mundo pudiera retener a sus hijos, los movimientos migratorios dejarían de tener sentido.

Si un nigeriano pudiera vivir en paz, no saldría a dar pasos en el desierto ni correría el riesgo de ser comido por un león. Si las naciones ayudaran a generar riqueza, las barcas dejarían de hundirse en el Mediterráneo y las espaldas dejarían de mojarse en las aguas del Bravo.

En la Ciudad de México, entre los innumerables trámites que hay, es facilísimo incumplir y ver cómo alguna autoridad tiene la capacidad de acabar con los sueños de quienes quieren trabajar por la buena, crear empleos, ser productivos, atender al mercado y ayudar al crecimiento de la actividad económica.

Pero en medio de tanto ruido, en la parafernalia del espectáculo, es más fácil ver el copete mal peinado, la cara de castor, el traje impecable, el vestido de la hija, el peinado de la esposa y las arengas de sus seguidores, que más parecen cortesanos de Luis XVI que militantes de un partido en la democrática nación estadounidense.

Es cierto, Trump es muy hábil para detectar puntos débiles; ya le llegará el tiempo de proponer cómo hará para transformarlos en las fortalezas que está prometiendo.

Subestimarlo no es buena idea. Viéndolo bien, ésa ha sido la estrategia que lo ha llevado tan lejos. Lo inverosímil de ver a la tortuga ganarle la carrera a la liebre puede convertir a un hombre como Trump en el futuro presidente de Estados Unidos. No estaría mal escucharlo, no todo lo que dice es incorrecto. Hay aspectos en los que sí tiene razón.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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