Pensar la competitividad como un tema exclusivo de los salarios y la producción esconde otras determinantes, como la relación capital-trabajo, desarrollo tecnológico, capital humano y capacidad innovadora.

 

 

 

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En el pasado reciente se ha venido suscitando un debate sobre la conveniencia de revisar el valor del salario mínimo en la Ciudad de México y en otras partes del país.

Existen dos lados de este debate: quienes piensan que un incremento salarial de ese tipo sólo crearía inflación y desempleo, y otro que cree que causaría una mejora en el mercado interno y que incluso podría tener efectos positivos en la productividad y en la reducción del mercado informal.

Desde hace más de 30 años debido a las fuertes crisis inflacionarias de los años ochenta se buscó una contención salarial, y desde entonces el poder adquisitivo del salario mínimo en México no se ha recuperado.

Los críticos de la medida señalan, con cierta dosis de razón, que el salario está vinculado a la productividad y que en México no somos lo suficientemente productivos. Este argumento sería mucho más válido si se presentara de manera sectorial; en la economía existen sectores en que a pesar de tener una productividad muy elevada, como el automotor, los salarios no crecen de la misma manera.

Otro factor que se debe tener en cuenta en este debate es el debilitamiento de la capacidad de protesta para presionar mejoras salariales por parte de los trabajadores. Existe una relación muy evidente entre la disminución en el número de huelgas en el país durante el periodo en que los salarios se encuentran estancados.

Fuente: Elaborado por Alberto Serdán, con información de STPS.

Fuente: Elaborado por Alberto Serdán, con información de STPS.

En lo general podemos resumir los argumentos a favor y en contra en lo mencionado anteriormente y sería muy importante realizar un análisis sectorial. De lo contrario estos argumentos pueden ser simplificados en exceso y llevar a generalizaciones en que se cometan errores en la toma de decisiones.

El debate de este tema en México es parte de un debate mucho más amplio en el mundo, en el cual hemos observado cómo el gobierno de Estados Unidos, en particular en algunas ciudades como Seattle, se han manifestado por incrementos salariales.

Países como el Reino Unido o Alemania también debaten este asunto, siendo este último un país que históricamente nunca había necesitado de un salario mínimo por el amplio poder de negociación que sus sindicatos tenían.

Sin embargo, para el caso de México, donde un sector importante de la clase empresarial no ve de buena manera una propuesta así, es muy relevante el caso de la empresa sueca IKEA en Estados Unidos.

Hace pocos días, IKEA anunció su intención de incrementar el salario mínimo que paga a sus empleados, por lo menos al nivel de subsistencia, incrementándolo por arriba de los 10 dólares (dependiendo del costo de vida de cada estado) en sus establecimientos en Estados Unidos.

La empresa argumenta que el aumento provocará mejoras en su productividad al hacerlos más competitivos en la retención y atracción de talento y al obligarlos a manejar de forma más eficiente sus procesos. Adicionalmente, IKEA dice que no subirá sus precios, esperando que el aumento se pague a sí mismo al tener empleados más productivos.

El ejemplo de IKEA debería servir para que las empresas mexicanas que piensan que los salarios más bajos las vuelven más competitivas en el mundo se den cuenta que están en un error. El salario también es un mecanismo que permite ser más eficiente y productivo cuando se planea a largo plazo para los empleados y no como piezas fácilmente reemplazables de una máquina.

Pensar la competitividad como un tema exclusivo del costo de mano de obra y de producción esconde las otras determinantes de la misma que suelen ser más importantes, como son la relación capital-trabajo, el desarrollo tecnológico, el capital humano y la capacidad innovadora.

 

 

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