El futuro de los campesinos mexicanos es cada vez más sombrío: vivir con 47.22 pesos al día no es alentador para nadie y menos para un sector que ancestralmente padece el olvido y la negligencia institucional.

 

Las condiciones en las que vive la población rural, sumadas a las promesas incumplidas desde hace más de un siglo, hacen un caldo de cultivo perfecto para que el pulpo del narcotráfico envuelva a los campesinos con sus largos tentáculos, en un país donde simplemente nadie los ve ni los oye.

Siempre que se le pregunta a los responsables de la política agropecuaria en el país cuál es la superficie total de territorio sembrada con marihuana y amapola, la respuesta es que no existen cifras exactas. No hace falta que las tengan, porque al menos el gobierno de Estados Unidos sí las tiene.

En su último reporte sobre drogas en México, la administración de Barack Obama informó que en 2006 a lo largo del territorio azteca existían 5,100 hectáreas sembradas de amapola; para 2014 la cifra pasó a 11,000 hectáreas, más del doble.

Para el caso de la marihuana, en 2006 la cifra era de 8,600 hectáreas, para 2009 ya había llegado a 17,500 hectáreas, para bajar en 2012 a 12,000, y finalmente quedar en 13,000.

Es decir que en México se cultivan estas drogas en al menos 24,000 hectáreas. Tierra que bien podría destinarse mejor a la siembra de alimentos, rubro en que el país dejó de ser autosuficiente hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo.

La pobreza ancestral en el campo mexicano es factor determinante para que esta tierra no se destine a un fin más noble, como es producir comida y generar riqueza para sus propietarios legítimos: los campesinos.

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Esto lo digo porque desde hace décadas el campesino sólo tiene tres opciones: morirse de hambre, emigrar a Estados Unidos y, ya sea por decisión propia o bajo amenazas, rentar sus tierras al narco.

En enero de 2014, el presidente Enrique Peña Nieto anunció una reforma al campo, textual: “Para hacerlo más productivo, rentable y un espacio digno para quienes viven en y de él.” Como cada sexenio, el mandatario en turno siguió la tradición de prometer mejoras para el sector simplemente para que al final de su sexenio las condiciones sean peores que cuando empezó.

La Encuesta Nacional Agropecuaria 2012 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) destaca que los principales cinco problemas del campo mexicano son la falta de apoyos, altos costos de insumos y servicios, pérdidas por cuestiones climáticas, plagas y enfermedades, falta de capacitación y asistencia técnica, y la pérdida de fertilidad del suelo.

Esto, sin contar que el campo es un ambiente en que 70% de población vive en situación de pobreza, con un ingreso anual promedio de 17,000 pesos –según estadísticas proporcionadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)–, lo que lleva a concluir que tal vez el problema del sector es de pobreza y no de productividad.

Para analizar el tema se han gastado ríos de tinta. Cuando uno hace una búsqueda en Google con la frase “campesinos en situación de pobreza en México”, aparecen 658,000 resultados en 41 segundos, pero hasta ahora nadie ha encontrado la solución.

 

Drogas vs. alimentos

Ríos de tinta podrían gastarse también para escribir cómo llegó el narco al campo mexicano, pero ése es un tema quizá para debatir después.

Para el ciclo agrícola otoño-invierno 2014-2015, el precio fijado a la tonelada de maíz fue de 2,700 pesos, es decir, 2.7 pesos por kilo. Si ese mismo precio se hubiera fijado para el ciclo primavera-verano 2015, estaría 1,227 pesos por debajo del costo de producción de la tonelada.

Sin que se diga que con este comparativo se trata de hacer apología del delito, mientras a un productor se le compra, en el mejor de los casos, el kilo de maíz en 2.7 pesos, una bolsa de marihuana suficiente para preparar 7 u 8 cigarros, tiene un precio de 50 pesos –en el Distrito Federal–, es decir, el equivalente a más de 18 kilos de maíz.

En el caso de la heroína (originada a partir de la amapola), una dosis tiene en la capital del país un precio de entre 250 y 350 pesos, es decir, lo que representarían entre 92 y 120 kilos de maíz, respectivamente.

Las cifras explican el porqué este año el país tendrá que importar entre 30 y 45% del maíz que consume. Sembrarlo, simple y sencillamente, no saca de apuros a un campesino que vive con 47.22 pesos al día.

 

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