Vistos a la distancia, los cines de antaño eran divertidos a pesar de las incomodidades. Te comparto 10 situaciones que eran cotidianas para ver una película. ¡Cácarooo!

 

Durante las pasadas vacaciones de fin de año pude ir al cine y disfrutar, además de las películas, las comodidades y servicios que hoy día ofrecen la mayoría de las salas cinematográficas, especialmente el poder adquirir el boleto con anticipación y seleccionar el lugar más al gusto de mi esposa y el mío en salas con capacidad para entre 160 y 350 butacas.

En algún momento, mientras proyectaban avances de películas y algunos comerciales, recordé cómo eran los cines hace más de 40 años y todo lo que debía hacerse para comprar boletos y encontrar buen lugar, considerando la gran cantidad de gente a la que daban cabida.

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Jóvenes que hoy tienen 20 o 30 años no vivieron alguna de las siguientes circunstancias para ver una película:

  1. Llegar temprano al cine escogido a esperar que abrieran la taquilla para poder comprar los boletos. En dado caso, enviar a un “voluntario” para tal efecto.
  2. Si la elección de la película fue de última hora, hacer una larga fila con la esperanza de alcanzar boletos. En caso contrario, tener a la mano un periódico con la cartelera para buscar otra opción de película cercana, aunque no fuera la originalmente seleccionada.
  3. Ya en el interior del cine, acercarse lo más posible a la puerta de acceso a la sala (“bloqueada” con una cadena o una banda color guinda), para, en cuanto liberaran la entrada, correr entre empujones con los demás asistentes para encontrar el mejor lugar y apartar con un suéter los de los demás acompañantes, que estaban comprando golosinas o aún no habían llegado.
  4. Cambiar de lugar porque la persona sentada al frente era más alta y no permitía ver los subtítulos en español.
  5. Encontrar a los amigos en la oscuridad de la sala cuando se llegaba tarde y facilitar la búsqueda con un discreto silbido o de plano con un grito que era común: “¡Ya llegué!”
  6. Aprovechar la permanencia voluntaria para ver el principio de la película porque llegaste tarde, o definitivamente volver a verla completamente.
  7. Chiflar o gritar Cácaro cada vez que la película se interrumpía o le fallaba el sonido. (El Cácaro era el operador del proyector.)
  8. Sufrir el oficialista Noticiero Continental, para estar informados sobre los últimos acontecimientos en el país, o el Noticiero Mexicano, con vanidosas notas sociales y de espectáculos.
  9. Aprovechar las mañanas de domingo para ver una función triple por el costo de un boleto en las famosas matinés cinematográficas, y entre una y otra película esperar al señor que pregonaba: “¡Papas, chicles, chocolates, muéganos, palomitas… Hay refrescos!”
  10. Confiar en que las personas que pasaban en la fila detrás de tu butaca, equilibrando refrescos, hot dogs y palomitas, no te fueran a bañar de refresco al tropezar con las piernas de quienes ya estaban sentados.

 

Cine masivo

Era un tiempo en que las salas cinematográficas tenían capacidad para entre 1,000 y 7,000 personas distribuidas en dos o tres niveles y con espacios muy estrechos entre filas de butacas. Por ejemplo, el desaparecido Cine Florida, en el barrio de Tepito, tenía capacidad para 7,500 personas y era considerado el más grande del mundo; el cine El Roble, ubicado en donde hoy está el edificio del Senado de la República, daba cabida a 4,150 individuos, en tanto que el cine Latino, en donde ahora está una torre de 47 pisos llamada Reforma Latino, podía sentar a 2,500 espectadores.

Se trataba de salas que habían sido teatros o empezaron a construirse a partir de los años cuarenta. El primero de ellos, inaugurado en agosto de 1940, fue el cine Chapultepec, localizado en el predio donde ahora se erige la Torre Mayor, sobre Paseo de la Reforma.

Algunos otros de esa época fueron el Metropólitan, hoy centro de conciertos en la calle Independencia, inaugurado en septiembre de 1943; el Prado, frente a la Alameda Central, que inició el 21 de abril de 1947, destruido por el terremoto de 1985, y en ese mismo año, el México, sobre avenida Cuauhtémoc, donde ahora hay una unidad habitacional, en la Colonia de los Doctores.

También surgieron el Cosmos, en San Cosme y Paseo de Jacarandas (hoy Circuito Interior), inaugurado en 1948, y muy cerca de éste, el Ópera, en la colonia San Rafael, inaugurado en 1949; el Real Cinema, en la calle de Colón y Balderas, de febrero de 1950; el Paseo, en avenida Reforma, abierto en 1957, o el Continental, luego llamado “La Casa de Disney”, en avenida Coyoacán y Xola, inaugurado en 1958, donde hoy surge una tienda de autoservicio.

Luego vinieron cines más modernos como el Latino, inaugurado en abril de 1960 con megapantalla para 70 milímetros, o el Diana, que abrió sus puertas en 1962. Estos dos eran lo más moderno de esa década, pero a partir de 1970 las salas cinematográficas empezaron a cambiar, y en ello tuvo mucho que ver la visión de un empresario michoacano: Enrique Ramírez, quien en 1971 fundó la Organización Ramírez, que inauguró en la Ciudad de México el cine La Raza, y al año siguiente lanzó el concepto de Cinemas Gemelos, del cual derivó el de Multicinemas y de ahí el de complejos cinematográficos que hoy conocemos.

 

Las salas empezaron a cambiar

En 1994, Ramírez lanzó la marca Cinépolis, con salas multiplex con diseño tipo estadio, y en 1999 lanzó el concepto de Cinépolis VIP, con lo que consolidó el liderazgo que había construido en la industria en México.

Pero estos conceptos, que dieron la pauta a sus competidores, hubieran sido sólo palabras si no hubieran significado una innovación que cambió la forma de disfrutar del cine.

Con la innovación y el apoyo de la tecnología se acabaron las largas filas de espera en la taquilla; ahora son pocos quienes adquieren sus boletos al llegar al complejo, con la circunstancia de que encuentran varias taquillas y no sólo una. Hoy es posible comprar el boleto ya sea por internet o vía telefónica (hace 30 años ni siquiera era posible comunicarse a algún cine para formular alguna pregunta).

Hoy es posible elegir los asientos y, por lo tanto, ya no hay que correr en medio de la multitud para encontrar lugar, ni chiflar o gritar para encontrar a los amigos cuando se llega tarde, ni tener que cambiar de asiento porque el de adelante no deja ver.

Tampoco hay que sufrir sobre un posible “baño” de refresco por parte de las personas de la fila de atrás; hoy, los espacios entre filas son amplios, y refrescos y alimentos son transportados en charolas que además se colocan en el descansabrazos del asiento.

Dejó de existir el vendedor ambulante. Hoy, debajo de la pantalla y previo al inicio de la película, se instala un carrito con golosinas y, lo que es más, en las salas VIP se puede ver el cine con “servicio a la mesa” en sillones muy cómodos.

Ya no hay que sufrir con “noticieros” con temas de vanidad y oficialistas; hoy, ese tiempo es para tomar nota de las siguientes películas que habrá que ver.

Definitivamente, vistas a la distancia, las salas cinematográficas de antaño eran divertidas a pesar de las incomodidades, pero las de hoy hacen la vida más cómoda y práctica al espectador.

 

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