En medio del desastre, la tragedia, orillados por la realidad brutalmente presentada, reconocemos nuestra calidad de seres necesarios para otros, y necesitados de otros. El gran fenómeno humano que ha sido la experiencia del 19S es la manifestación de nuestro entendimiento en la importancia del otro, que siempre está latente, pero opacada por discursos políticos y mediáticos de violencia verbal y visual que arengan la diferencia y el distanciamiento, la división social.

Desde los arquetipos chocantes de la televisión mexicana, sirvientas que aspiran enamorar al jefe, siempre güero, barbudo y ojiclaro, y que han reforzado el patrón racista siempre presente en nuestra sociedad del centro del país, hasta la constante puntualización de “representantes populares” que insisten en señalar siempre sólo la negatividad del aparato social creando polaridades en beneficio del mantenimiento de poder y la consiguiente extracción financiera del erario público, México ha sido convertido en un constante y repetitivo discurso de pesimismo que insensibiliza a una población “hipnotizada” por la abrumadora descarga de mensajes contaminados, destructivos, diseñados para obstruir la posibilidad de reflexión y revisión.

El gran miedo que paralizó entonces a un Miguel de la Madrid que aparentemente no supo que hacer el 19 de septiembre de 1985, es el mismo miedo que hoy repiten las autoridades gubernamentales y las instituciones del establishment, con la media convencional al frente, intentando modificar la realidad en el sentido del discurso estridente de valores divisionistas predeterminados, con la diferencia de que ahora el poder de cohesión que ofrecen las redes sociales ha logrado su objetivo de escudar el auténtico discurso de la sociedad civil contra el ataque insistente de los mensajes etiquetados “divide y vencerás”.

Basados en las más peligrosas teorías de comunicación masiva en las que se habla de que una mentira repetida 1,000 veces se convierte en verdad, los protagonistas circunstanciales de nuestra historia contemporánea, gobernantes, políticos, talking heads, han hecho hasta el último esfuerzo por “robarse” la atención de lo que conciben como una anécdota unos, o como un “realitiy show” otros. Perdidos en su arrogancia de la verdadera y autentica importancia que el dialogo horizontal generado por la sociedad civil ha creado en el reconocimiento de nosotros, todos nosotros, haciendo realidad ese miedo que en el 19S de 2017 volvió a asaltar a la incompetencia gubernamental y mediática que demuestra estar estancada en el pasado, en estructuras de concepción social y organización civil de hace 30 años, dejando al descubierto la distancia entre la idea de país de unos, y la realidad de país de otros.

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El crecimiento de la tensión social, consecuencia del discurso neurótico de la fantasiosa realidad que trata de imponer la superestructura formal enfrentado a la estructura social real, efectiva y exitosamente dividida en pequeños núcleos tribales sin aparente conexión, siempre la he imaginado rompiéndose por un incidente menor. La acumulación de tensión que se encuentra al límite de la explosión solo necesita, desde mi punto de vista, un pequeño detonante, a veces aparentemente insignificante, para liberar la energía contenida.

Un evento de aparente naturalidad cotidiana que desquicia el orden social agotado por la artificialidad de su desenvolver cotidiano, diseñado por ese discurso monolítico que, no obstante, es inútil para borrar la esencia de la naturaleza. Esa certeza de saber que la naturaleza siempre reconoce sus raíces es el origen de ese miedo superestructura que, también imposibilitado de esconder ante si mismo el nivel de artificialidad del discurso sobre el que ha construido “su versión” de la realidad, no puede evitar el acto fallido, la acción insegura, el instinto auto protector que puede incluso reaccionar violentamente. Así han comenzado las revoluciones.

Ahora imaginemos el mismo detonante en la forma de un terremoto destructivo, que nos exige reconocernos en nosotros, para los otros, para nosotros mismos. En la era de la información, y con un dialogo social más complejo y completo, con el poder auténticamente de regreso a la sociedad civil, la gran metáfora útil en la que puede convertirse la tragedia vivida el 19S, y como homenaje a nosotros mismos, los perdidos, los héroes, los anónimos, los supervivientes, es en la acción de reconstruir. De al quedar descubiertos tantos errores estructurales, podamos observar la ruina de país a la que nos hemos dejado llevar por cada vez más incompetentes e insensibles ‘lideres’, y recobremos la confianza en la concepción de vida que, aunque nos insistan en señalar como imposible, infantil, equivocada, creemos y estamos dispuestos a dialogar y trabajar para construir. Los anónimos, los sobrevivientes, los “apáticos”, los “godínez”, los “millennials”, los “hipsters”, los héroes, los desaparecidos, los ausentes. La gran fuerza de rescate y potencial reconstrucción.

No dejemos que los partidos una vez más nos roben el discurso. Si van a renunciar al financiamiento público, que sea para siempre, no sólo en 2017. Si van a renunciar a los plurinominales, que exista un mecanismo alternativo de balance y equilibrio legislativo. La ausencia, de políticos en general, en este escenario de drama real, de lucha, de vida o muerte real, y ahora su intento por volver a coreografiar insultantemente la tragedia de la sociedad civil, es la gran oportunidad de iniciar, con el impulso generado por el brutal detonante que ha sido el 19S, un nuevo momento político, social, histórico impulsado por la confianza y seguridad de estar reconociéndonos, sabiéndonos, nosotros, necesarios para los otros, necesitados de los otros, que ahora tienen rostro, manos, voz. También entre nosotros.

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