Ganarse a una audiencia exponiendo una idea emotiva y que llame a la acción no es empresa fácil. Si se logra tal coherencia, al quedar expuestos, a veces surgen las inconsistencias e incredulidades en los detalles.

 

 

Escribir, exponer y presentarse ante un auditorio para difundir nuestras ideas es más complicado de lo que nos imaginamos. Escribir un discurso no es una labor que se realice en una tarde. Hasta para los más experimentados requiere de su tiempo, sudor y borrar y volver a escribir para persuadir a nuestro auditorio y convencer.

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Ya que nos presentamos y nos ganamos a la audiencia con un discurso directo, emotivo y que llame a la acción, quedamos a expensas de la mirada metódica del público presente. Y es en este plano donde muchas veces surgen las inconsistencias e incredulidades.

Las declaraciones del entonces presidente Bill Clinton, donde negaba haberse enrolado sentimental y sexualmente con la joven becaria Monica Lewinsky, enfriaron las críticas hacia el personaje presidencial, hasta que los especialistas del FBI miraron con detenimiento el video y encontraron que su lenguaje corporal era lo suficientemente errático como para descubrirse la gran mentira de que Clinton había tenido un affair que ponía en riesgo la estabilidad de la imagen presidencial y de su hasta entonces perfecta relación con Hillary Clinton. Un detalle lo puso al borde de la dimisión.

Hago todo este recuento porque el fin de semana fui testigo, lector, de una escena que pudo haber pasado desapercibida, de no haber sido por los detalles. De esas historias que forman parte de la gran ciudad y que cuesta trabajo imaginarla sin ellas.

El viernes por la tarde me transportaba sobre Paseo de la Reforma en un camión de transporte público. Con el bochorno de la tarde y la monotonía del trayecto sólo deseaba llegar a mi destino.

Repentinamente, en la puerta de entrada del camión, un joven veinteañero subía mostrando algo de cansancio. Al principio no le puse atención, supuse que era un pasajero más que se sumaba a los cuatro o cinco que ya íbamos a bordo.

Se acomodó a medio pasillo y comenzó a decir algunas palabras. Las primeras frases no las entendí porque habló muy atropellado y me costó trabajo entender de qué iba su presencia. Acostumbrado a ver todo tipo de personajes que abordan los camiones ofreciendo algún producto de dudosa procedencia, intuí que este muchacho era uno más del ejército de mexicamos que se refugian en el comercio informal para subsistir.

Pero no fue así. El joven comenzó a contar su historia, su propio storytelling. Que por no sé qué motivos se había salido de la casa de su papá. Que vivía en Echegaray, una colonia clasemediera del municipio de Naucalpan, y que se había ido a vivir a Tlalpan y que no le estaba yendo nada bien. Que no encontraba trabajo y no tenía dinero. Que se veía en la penosa necesidad de subirse a los camiones a pedir dinero. Que “en serio”, hacer eso le “apenaba mucho”, repitió unas tres veces.

El joven no cantó, no ofreció dulces o chocolates. Solamente se paró y contó su historia, nos mostró su storytelling. Terminada su presentación aguzó la mirada atento a las manos que abrían sus monederos y le extendían una ayuda monetaria.

Las cuatro o cinco mujeres que iban en el camión, todas, le proporcionaron una moneda. Dos, tres, cinco pesos, desconozco el monto, pero el muchacho se embolsó lo obtenido, se paró al frente del camión y agradeció. Dio bendiciones, miró al cielo, se persignó y repitió los agradecimientos antes de bajarse.

Fue en este momento que comencé a hilar la historia. Mientras le daba vueltas a su discurso e intentaba recrear su historia, fijé la mirada en el muchacho. Los detalles comenzaron a aflorar y comencé de cierta forma a poner en duda su historia.

Era un joven de buena pinta. Tal vez no pasaba de los 20 años, delgado, cabello rubio, limpio. Su ropa, acaso no de marca, se miraba limpia, sin jirones. Lo que en un principio me llamó la atención del personaje fue su reloj: color rojo, juvenil, digital de pantalla grande, llamativo en general.

Luego, su aspecto físico no denotaba que estuviera pasando hambre o situaciones complicadas en su vida diaria. Su rostro se veía descansado, limpio. Ligeramente rasurado, con una incipiente barba en el mentón.

Hasta este momento, cuando puse atención a los detalles del joven, cuestioné un tanto su situación. La reacción de las mujeres que viajaban en el camión fue lo que abrió más dudas: que todas le hubieran dado una moneda me ponía entre la espada y la pared. ¿Había sido su historia lo suficientemente creíble o real como para que las mujeres le ofrendaran dinero?

Tal vez ellas miraron en ese joven al hijo o hermano rebelde que para darle sentido a su vida mandó todo al diablo con tal de hacer con sus propias manos su destino. Quizás percibirlo como “rebelde sin causa” fue un punto a favor. Pero, ¿cuántas de ellas repararon en los detalles del muchacho?

La pregunta que creo es más fuerte tiene que ver con el aspecto del joven. Minutos antes de que nuestro protagonista abordara el camión, se había subido otro a vender dulces. Su aspecto moreno, fornido, rudo, poco sutil chocó con la frialdad e indiferencia de las mismas mujeres que minutos después se solidarizaron con nuestro “rebelde sin causa”. ¿Que el joven rubio, blanco, de sutiles modales no fuera percibido como un “vago” más, fue determinante del éxito de su storytelling?

Este caso me recuerda a una historia muy similar que cuentan los autores Steven Levitt y Stephen J. Dubner en su libro Freakonomics, donde precisamente diseccionan a un hombre que en el semáforo de una ciudad de Estados Unidos se dedica a limpiar los parabrisas de los autos. En la historia de Levitt y Dubner lo que daba un giro al oficio del hombre eran los audífonos con los que el escuchaba música. De nueva cuenta un detalle ponía en tela de duda una historia personal.

¿Qué tan importantes son los detalles cuando intentamos vender una historia de vida y queremos aprovechar la solidaridad de las personas? En este caso, como en muchos otros, fueron los guiños inesperados, supuestamente bien ocultos, los que mostraron que por muy bien armado que esté nuestro storytelling si no está acompañado de un minucioso trabajo integral de imagen es susceptible de que se venga abajo.

Por lo menos, en general, a nuestro joven “rebelde sin causa” le está funcionando a la perfección. ¿Por qué? Porque su discurso es emotivo, directo al corazón, no a la razón. Ahí su éxito. Pese a que en los detalles, para quienes todo lo analizamos, esté, también, su fracaso.

 

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