El primero de julio se cumplen dos años del triunfo de Morena y su candidato Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales en México, logrando el sueño del tabasqueño de ser presidente de su país. Ese mismo día comenzó prácticamente su gobierno, ante la renuncia del entonces presidente Enrique Peña Nieto al ejercicio de sus capacidades presidenciales, dejando el escenario al nuevo presidente electo.

Desde entonces, hemos visto una administración que se ha esforzado en resaltar los símbolos que le llevaron a la presidencia como la venta del avión presidencial, la cancelación del aeropuerto, la apertura de Los Pinos, etc., así como un trabajo asiduo en torno a metas que buscan reubicar a México en una vía que se había superado ya hacía algún tiempo.

La recuperación del proyecto energético basado en los fósiles, el intento por reubicar a la economía, la política y los espacios sociales bajo el mando ominoso del ejecutivo federal, la idea de que la política interior es política exterior, entre otros aspectos.

Los números, en general, son negativos con respecto a lo que ocurría dos años antes. En lo que corresponde a la administración federal, el crimen no decrece, la corrupción se ha incrementado de acuerdo a la última encuesta del INEGI, la economía se enfrentará a una caída sin precedentes en la historia reciente, las metas sobre producción de petróleo no se alcanzarán, como tampoco se hará en las áreas de captación de divisas, junto con el petróleo, como el turismo y las remesas. Si a esto le sumamos la desconfianza generada por la cancelación de proyectos y el escaso respeto a las inversiones, pues las posibilidades de impulso a la economía se ven frustradas.

El presidente llama logros al manejo de los símbolos que planteó desde el inicio, así como al avance en sus proyectos insignia, como el tren maya, tal vez el único proyecto con incidencia social y económica, el aeropuerto en Santa Lucía, la refinería en Dos Bocas y los programas sociales, que en conjunto absorben buena parte del presupuesto federal. El problema es que son proyectos que aportan poco al crecimiento sostenible y a la productividad.

En el contexto de la política, la búsqueda de concentración de poder y centralización en los procesos de toma de decisiones, la eliminación de contrapesos efectivos, el discurso de confrontación y división que el presidente promueve, los ataques a la libertad de expresión, así como una campaña permanente a lo largo del país que busca mantener presencia y estructura para la elección intermedia, son aspectos que buscan compensar la pérdida de popularidad que ha sufrido en las últimas semanas. A esto habría que añadir los escándalos de diversas funcionarias y funcionarios de esta administración, en torno a propiedades o ingresos que van más allá de la pregonada austeridad.

Si a esto le añadimos el impacto de la pandemia que estamos viviendo, pues el horizonte no es nada prometedor para los próximos meses o años, no únicamente para la ciudadanía, sino para esta administración. En términos internacionales, el viaje propuesto por el presidente a los Estados Unidos, si es que se realiza, tiene diversos costos para el presidente, pero su apuesta es con su electorado y bajo el supuesto de confianza de que su colaboración con Trump le garantizaría un trato más amable que el recibió Peña Nieto en su momento, lo cual le haría ver más hábil.

El panorama no es alentador pues, a diferencia de otros sexenios, el presidente no se encuentra en su mejor momento, no únicamente mediático y de confianza ciudadana, sino en términos de activos políticos que pueda aún manejar. Las reacciones recientes con respecto a los temas fundamentales, como la violencia y la economía, dejan ver que la estrategia no está reportando los resultados prometidos y esperados.

Contacto:

LinkedIn: Gustavo Lopez Montiel

Twitter: @aglopezm

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