Dos libros para tomar en cuenta en el radar de nuestras lecturas: El jardinero de fantasmas, sobre la vida y obra del actor Carlos Ancira, y El desierto, novela publicada en 2005, donde se evocan acontecimientos producidos durante los primeros años de la dictadura militar chilena.

 

 

 

PUBLICIDAD

Libros. La actuación teatral es un arte efímero, subsiste mientras dura una función. Un buen actor impresiona nuestros sentidos, provoca emociones y estimula la inteligencia. Luego, el telón se cierra y el actor se va, desaparece, cae en el olvido. Encomiable resulta el trabajo de Jesús Ibarra, joven investigador que ha rescatado la memoria de importantes actores mexicanos, entre ellos los integrantes de la dinastía Bracho (Julio, Diana y Andrea Palma), la recientemente fallecida Carmen Montejo y el insuperable primer actor Carlos Ancira. Sin embargo, mientras los Bracho y la Montejo perduran gracias a sus participaciones cinematográficas, la imagen de Ancira (1929-1987) se ha difuminado a 27 años de su muerte, por haber sido el teatro su medio ambiente primordial de trabajo y no poder eternizarse en una función o un personaje escénico.

El jardinero de fantasmas se titula el volumen publicado este año 2013 por la colección Escenología, que condensa en 350 páginas vida y obra de Carlos Ancira su ideología, enseñanzas y algunas de sus mejores imágenes fotográficas. Ancira fue un actor vivencial que interpretaba con toda su visceralidad a los personajes para encarnarlos en escena, dotándolos de vida propia y de aquello que se ha llamado “verdad teatral”.

En el recuento de éxitos y fracasos de este singular histrión mexicano aparece por supuesto el monólogo El diario de un loco, adaptación teatral de un cuento del escritor ruso Nicolás Gogol, y sello distintivo de Carlos Ancira a lo largo de 25 años de representaciones ininterrumpidas, que incluso presentó en Moscú (sin hablar ruso). El monólogo presenta a un conmovedor personaje quien, gradualmente, evidencia la pérdida de la razón pero nunca abandona sus motivaciones esenciales, entre ellas, el amor y la esperanza. Papristchin fue la máxima creación de Ancira y una especie de alter ego del actor quien siempre se ubicó en el límite de la cordura al defender sus opiniones, oficio y vocación actoral. Prueba de ello fue el largo tiempo de preparación que invirtió en este trabajo así como su reclusión voluntaria en un hospital para enfermos mentales –el célebre manicomio de “La Castañeda”– con el fin de darle veracidad y consistencia a su interpretación.

Ancira protagonizó todo tipo de obras pero prefirió siempre aquellas que diseccionaban la naturaleza humana y que permitían establecer elementos de reflexión filosófica a partir de una caracterización dramática. Fue el caso del teatro del absurdo, del que protagonizó Esperando a Godot y”, de Samuel Beckett; La mujer transparente, El señor perro y El hombre y su máscara de Margarita Urueta; o Las sillas de Eugene Ionesco. También forma parte de su búsqueda teatral Así hablaba Zaratustra, obra creada y dirigida por Alejandro Jodorowsky, donde Carlos Ancira encarnaba al legendario filósofo persa, desnudo de cuerpo y alma.

Más que una biografía, El jardinero de fantasmas recorre paso a paso la ideología controversial y apasionada de Carlos Ancira, su búsqueda de experiencias artísticas y su deseo de trascender a la naturaleza efímera del teatro. Las enseñanzas del primer actor que se plasman en este libro resultan fundamentales para toda persona interesada en el arte dramático. Por ejemplo, cuando dice:

“Yo personalmente creo que el arte es útil a la sociedad y que el actor es un hombre comprometido con su momento histórico, con la gente que acude a verlo y, por consiguiente, consigo mismo […] Las palabras, las ideas, las abstracciones, el estilo, todo eso debe cobrar sangre gracias a las glándulas y a la mente de los actores. En cambio, el mundo real del actor, movible, flexible, vivo, debe desaparecer durante dos horas para que en su lugar aparezcan con toda realidad los fantasmas imaginados por el autor. Esta es la magia inigualable del teatro”.

La acuciosa investigación sobre cada obra protagonizada por el primer actor mexicano se complementa con imágenes fotográficas de sus más logradas caracterizaciones así como con fragmentos de textos escritos por el propio Ancira, como su monólogo “Imágenes” o un breve curso de actuación que dejó para la posteridad. Como bien lo señaló Carlos Ancira, no hay forma de repetir sus actuaciones teatrales pues el telón se cerró para él hace 27 años pero El jardinero de fantasmas nos permite recrear su increíble trayectoria a través del arte escénico y asimilar sus tajantes opiniones sobre lo que el drama debe ser para el intérprete, para el director, para el público y hasta para la crítica teatral. No tiene desperdicio.

Y más libros. Tuvimos la oportunidad de conversar con el escritor chileno Carlos Franz (1959), colaborador de la revista Letras libres y dueño de una rica narrativa que lo ha llevado a obtener diversos premios internacionales. En sus novelas aborda, entre otros temas, el ejercicio del poder en América Latina, actividad que llega a ser monstruosa y represiva, despojada ya de toda justificación ideológica. Este planteamiento aparece en El desierto, novela publicada en 2005, donde se evocan acontecimientos producidos durante los primeros años de la dictadura militar chilena, en que se plasma la prepotencia de los milicianos y la sumisión que adopta la gente común para sobrevivir en el escenario de la represión. El personaje protagónico, la jueza Laura Larco, retrata al individuo que se engaña a sí mismo y reprime sus instintos en beneficio del orden social pero que, a final de cuentas, padecerá amargamente las consecuencias de la represión y la crueldad.

“Hay mucho cinismo e ignominia en los poderosos. Los políticos en América Latina consiguen el poder con hipocresía. La política de éste como de otros países es un enigma pero, aun así, es un tema recurrente en nuestra literatura. Pienso que, a pesar de su valor narrativo, no se deben frivolizar las experiencias del ejercicio irrestricto del poder como los golpes de estado o las masacres de inocentes, pues han marcado el imaginario colectivo y merecen respeto”, expresó el autor.

Carlos Franz refiere que, en la literatura chilena, el poder se ha representado como un objeto monstruoso, como un ente de proporciones terribles y malignas llamado “inbunche”. El inbunche es un niño al que se le han cortado las extremidades, cosido los orificios del cuerpo y metido en un costal, que adopta un carácter mágico y simboliza al poder porque es el resultado de la represión inaudita y cruel, pero que sirve a distintos propósitos individuales y colectivos.

Algunos de títulos de novelas y cuentos de Carlos Franz son: Santiago cero, La muralla enterrada, El lugar donde estuvo el paraíso, Almuerzo de vampiros y su más reciente edición: La prisionera (Alfaguara, 2008). Pueden consultarse fragmentos de su obra en la Biblioteca Americana del sitio Cervantes virtual

 

 

Contacto:

Facebook: Armín Gómez Barrios

Twitter: @literacom

e-mail: [email protected]

http://itesm.academia.edu/AGomezBarrios/

 

 

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

 

Siguientes artículos

IVA al oro devaluaría al peso
Por

El rey de los metales no es una mercancía más, sino la materia prima dinero.   La reforma hacendaria presentada por...