Son estructuras que ni los ven ni los oyen, que en su dinosáurico afán de subsistir sólo se disfrazan con etiquetas digitales, y ni por error piensan en una refundación, o simplemente les da terror.

 

Los partidos políticos en México están llegando a un punto de quiebre. Varios factores están haciendo que la sociedad ya no les crea nada a estas estructuras sociales que, según su origen constitucional, son entidades de intereses público que tienen como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de los órganos de representación y, como organizaciones ciudadanas, hacer posible el acceso de la población al ejercicio del poder público.

Hoy, su interés público está orientado únicamente a los intereses de los políticos profesionales que los dirigen; la participación está cooptada por los grupos clientelares y, en suma, sólo los que pertenecen a sus gremios son los que pueden llegar a representarnos, y con esto ellos son los dueños del poder público.

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Hemos visto a lo largo de los últimos años que las asociaciones civiles han crecido en número y por fuera del ámbito de partidos, lo que ha generado bandos en pugna entre las autoridades en funciones, los partidos políticos y, por otro lado, las asociaciones civiles, que en muchos casos sí representan los intereses ciudadanos, pero que se han convertido en un balance de poder; por lo tanto, el principio constitucional que las define ya no se cumple en la vida real.

¿A qué se debe esto? Al exceso de promesas, la falta de cumplimiento y la corrupción galopante en nuestra vida política, a lo que habría que sumarle el contubernio y/o la infiltración de grupos delincuenciales en la política, que está mermando de una manera acelerada la realidad y la percepción de los partidos políticos.

Otro gran factor es el cambio generacional en la población. Los jóvenes ven como artefactos rudimentarios las estructuras políticas –que no los ven ni los oyen, como dijera el ex presidente Carlos Salinas–. Y éstas, en su afán dinosáurico de subsistir, sólo se disfrazan con etiquetas digitales, y ni por error piensan en una refundación, o les da terror o ni siquiera en sus pensamientos más esotéricos llegan a pensarlo.

Como una supuesta consecuencia del hartazgo social, como una salida mágica, entre otras cosas más, en el horizonte aparecen los candidatos “independientes”, que a ciencia cierta de independientes no tienen nada, no aparecen de la nada en el desierto y tampoco serán la “mano invisible de la política”. Más bien hay las verdaderas manos invisibles de la política que tienen sus hilitos y vasos comunicantes que guían los intereses de los supuestos independientes. ¿O qué, no ha pensado usted en el hecho de que casi todos los independientes alguna vez estuvieron en la política sea meramente pura casualidad? Pues no, no es casualidad; tampoco que se salgan de un partido, se metan al rio Jordán y se purifiquen para convertirse en independientes.

Supongamos, por un momento, que ganan más independientes. ¿Qué va a pasar entonces con los partidos políticos? ¿Desaparecerán o se crearán nuevos partidos políticos independientes? El punto en nuestra incipiente, joven e inmadura democracia (que a lo mejor ya habría que empezar a quitar ese mote) es a dónde vamos o a dónde queremos llegar.

Los independientes están llegando como el elemento disruptivo del sistema, pero ¿cuando ganen más independientes llegaremos a tener una disfuncionalidad política como la que vive España? Tendremos problemas de gobernabilidad si llegan al poder y, lo más interesante, ¿qué van a hacer los partidos políticos?, ¿se van a sentar con una sola persona a discutir los problemas políticos?

Muchas preguntas hay en el futuro político de México, diría Yoda, y nadie las puede resolver por el momento.

 

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