La educación, como cualquier otra disciplina, debe evolucionar, y al hablar de libros educativos debemos tener presente que lo más importante es el contenido y que éste llegue a sus lectores.

 

 

Jaime Torres Bodet, en su posición como secretario de Educación Pública de México en 1944, se preocupaba por los libros con los que se educaba entonces a los niños. Cuando Adolfo López Mateos llegó a la presidencia en 1958, se encontró con una población con altos niveles de analfabetismo y pobreza. Mencionó que “poco puede hacer la escuela por los niños si sus padres no tienen recursos para comprarles los libros de texto”. Así surgió en 1959 la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg).

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Al iniciarse la edición y la distribución de textos educativos gratuitos hubo reacciones de los libreros que vieron afectados sus intereses económicos, mismos que organizaron campañas y protestas porque, según ellos, “los nuevos libros niegan el derecho natural de los padres a educar a sus hijos y son antipedagógicos porque reducen al maestro a mero repetidor de lecciones”. Finalmente, los libreros superaron sus quejas cuando el gobierno los invitó, por medio de licitaciones, a apoyarlos en la impresión y distribución de los LTG.

La gratuidad sigue siendo la parte importante de los libros de texto: revisando los logros y retos de los libros de texto gratuitos se encontró que el costo de una colección de libros para preescolar está entre 1,500 y 4,000 pesos; para primaria, entre 6,500 y 10,500, y para secundaria, entre 2,500 y 5,000. En total, los costos de los libros para la educación obligatoria oscilan entre 10,500 y 19,500 pesos, que además se entregan en propiedad, es decir, cada niño recibe un juego nuevo de libros que no deben regresar, en lugar de pasarlos a otros niños cuando terminan sus estudios.

Un argumento para no recuperar los libros es que éstos se encuentran en revisión continua, aunque recientemente esas revisiones han sido desastrosas: desde errores de ortografía y redacción hasta omisiones factuales para acomodar la visión de los gobernantes en turno. Esto, aunado a que cada vez es más complicado cubrir la creciente demanda de libros de texto por problemas económicos, de capacidad de producción o simplemente por falta de materia prima (sin mencionar el impacto ecológico), hace necesaria una revisión de la manera en que se crean los libros de texto.

Las plataformas de libros digitales y electrónicos podrían ayudar a reducir muchos de los problemas actuales de los libros de texto gratuitos: se distribuyen instantáneamente por Internet, minimizan los costos de almacenamiento y se pueden actualizar en cualquier momento, además de que pueden contener un número ilimitado de páginas.

El problema de acceso a los libros de texto se hace más grave en educación superior, en que ya no son gratuitos. Muchos padres y estudiantes visitan las ferias de libros y eventos similares buscando ofertas, pero ése es un tema para otro día.

La Conaliteg ya ha comenzado a hacer esfuerzos en ese sentido, pero que aún tienen mucho que mejorar, especialmente en temas de usabilidad, accesibilidad, variedad de lenguajes y contenido interactivo.

Como hace 50 años, hay muchas voces criticando los libros de texto gratuitos digitales, diciendo que “mecanizan el aprendizaje” o que “lo que en realidad se busca es vender tabletas”. La educación, como cualquier otra disciplina, también debe evolucionar y adecuarse a las necesidades de cada época y, sobre todo, al hablar de libros educativos debemos tener presente que lo más importante es el contenido y que éste llegue a sus lectores.

 

 

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