Tras la muerte Joe Cocker hace unos días, el autor de este texto regresa a 1977, cuando el músico dio un fugaz y peculiar concierto de rock. Aquí la crónica de ese momento y algunas viñetas de su vidas y su carrera.

 

Leo con atención lo que los medios nacionales apuntan sobre Joe Cocker, tras su deceso hace unos días, y (casi) ninguno de ellos hace mención en sus obituarios o perfiles que el músico inglés pasó por México; eran los setenta.

Tampoco me extraña la omisión.

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Más que responsabilizar a “la inmediatez de la información”, hablamos de la falta de memoria histórica que priva en este país; al desinterés que hay por escarbar en el pasado para entender nuestro presente. Incluso, tratándose de música.

(Aquí una digresión: por supuesto, también tiene que ver con la falta de pericia y cultura de estos jóvenes redactores que están en el ensamblaje de la información del día a día; muchos de ellos, por cierto, plumillas musicales ya con “renombre” en sus medios respectivos.)

Regreso: eran los años setenta, y en nuestro país no eran buenos tiempos para ser joven, tampoco para el rock. Tras el Festival de Música de Avándaro, el gobierno y el sector de las buenas costumbres —con la ayuda, por supuesto, de la mayoría de los medios de comunicación— habían ganado la batalla: convirtieron al género en música del diablo, y lo desterraron de la vida pública. Así que las grandes giras de músicos internacionales no pasaban, ni por error, por México.

Carentes de todo contacto con el exterior, los promotores eran literalmente unos novatos; también el público: muy pocos tenían acceso en esos años a los vinilos y acetatos de grupos de rock. Ni se diga de los conciertos, que habían sido echados a la clandestinidad; los pocos que llegaron a producirse (por mera suerte, o luego de pagar la respectiva “mordida”) solían terminar invariablemente con la tira —o sea: la policía— haciendo redadas, dando madrazos y deteniendo a la gente. Eran días de represión y oscurantismo.

Lo sé: suena a la Edad Media, pero no, “apenas” ha pasado una treintena de años de aquello.

Aclaro: hago el esbozo de esas décadas, pues en ese ambiente llegó a México este músico indomable, ya para ese momento con bastante kilometraje recorrido.

Entonces, resumo: era agosto de 1977. La expectativa era enorme: la visita de Joe Cocker había provocado una erección en el público mexicano. (Un público, decía, aislado de conciertos internacionales y de todo lo que oliera a rock, así que estaba ávido de probar esa fruta prohibida.) La ya desaparecida plaza de toros de Cuatro Caminos era el escenario. Pero…

Pero aquello fue un desastre: mala organización, el sonido deplorable, y un clima que fue de sol a lluvioso… Y lo que nadie esperaba —o quizá sí, por la fama que ya le antecedía—, que el propio Cocker haría también de las suyas: con tres horas de retraso salió (o, más bien, lo sacaron) ahogado en alcohol y drogas. Estaba con el flamante pianista Nicky Hopkins —fallecido hace 20 años, en 1994—, quien trató de ayudarlo en todo momento en el escenario.

Sin embargo, aquello no tenía remedio: tras dos canciones, si acaso tres, tuvieron que meterlo al backstage para “reanimarlo”. Pero fue imposible. Ya no salió. Fue, en muchos sentidos, un fugaz concierto memorable…

Joe Cocker - Mad dog & englishmen (Portada)

Joe Cocker – Mad dog & englishmen (Portada)

 

Tierra, fuego, aire y agua

Era uno de los nuestros. Ya sabe: alcohol, droga, sexo y rock and roll. En el orden que usted quiera. Sí, Joe Cocker fue eso y más.

Era un yonqui, un borracho, un animal salvaje. Pero, también, fue un intérprete mayúsculo, extraordinario. Un tipo lleno de soul, y blues, y rock. Un hombre que amaba la vida; y, de igual forma, un tipo frágil y sensible.

Y, no: no es contradicción. Él supo —como muchos de los grandes artistas y como varios de nosotros— que a veces, cuando tienes que pasar por el infierno, el único camino que queda es adentrarse en las llamas. Y Joe Cocker lo hizo. Y sobrevivió para cantarlo con esa voz privilegiada: rasposa, grave, cruda (que parecía curtida y cincelada por la vida). En su etapa de mayor fulgor, no había intérprete blanco que pudiera hacerle sombra: su fiereza y su intensidad y su visceralidad llegaban a intimidar. Además, en el escenario era una especie de fuerza de la naturaleza.

Hoy cuesta creerlo, pero, de hecho, esta misma pasión, vehemencia y fuerza hizo que en los años sesenta, y setenta, se le considerara un loco peligroso. Su cabello alborotado, sus espasmos teatrales y exagerados, sus solos de guitarra invisibles, horrorizaban a los padres, quienes apagaban el televisor indignados y ofendidos.

Esta imagen sobre él, sin embargo, también tenía un fondo real: los años setenta para Joe Cocker estuvieron llenos de excesos, sobre todo de alcohol y drogas. En una ocasión, él mismo lo contó: “Había drogas por todas partes y me lancé sobre ellas. Y una vez que estás en este espiral descendente, es muy difícil salir de allí… Me llevó años lograrlo”.

De hecho, podría decirse que hubo tres etapas muy claras en su vida: nacimiento, perdición y —como toda buena historia— redención. La primera va, desde luego, de sus pinitos con bandas como The Avengers hasta 1970 —cuando su legendaria participación en el Festival de Woodstock le había abierto las puertas de la fama y de los placeres carnales—; la segunda alcanza una década, y es la más salvaje: en varios momentos, Cocker parece devorado por sus demonios, pero siempre logra recuperarse y retornar. Aquí aclaro: incluso en sus temporadas más bajas, su voz logró acumular varios éxitos.

Y entonces llega la redención. Contó con el apoyo de su mujer, Pam Baker, para darle un giro a su vida: ella supo no sólo inyectarle confianza, también le enseñó a administrar energía y poderes. Hollywood, además, también le echó una soga: varias de sus versiones (en su caso: apropiaciones) sirvieron para darle un mayor realce a películas de bastante dudosa calidad. Eran ya los ochenta.

Por supuesto, con los años Cocker fue perdiendo algunos matices de su potente voz, pero ganó en otros. Él lo sabía: los años cobran factura y ya no tenía falsete en las notas muy altas, por ejemplo. Pero a medida que su voz envejecía, adquirió más giros, se hizo más profunda, ganó en modulaciones.

Como ejemplo quedan sus múltiples y extensas giras —tanto en la última década del siglo pasado, como en la primera de éste—, varias de ellas registradas en CD y video, como el sensacional Across from midnight tour: en él, hay hora y media de Joe Cocker en acción. Ahí repasa sus éxitos: de la visceral “Feelin’ alright” a “Cry me a river” en clave de soul, sin olvidar las baladas tipo “Up where I belong” o la dulce “You are so beautiful”. Incluso se cuela el clásico de los bares de strippers: “You can leave your hat on”, escrita por Randy Newman. Parte del concierto está en formato acústico; Cocker recuerda ahí a compañeros de generación como Van Morrison y Eric Burdon. Insisto: sensacional.

Por cierto: aunque de manera oficial nació en Sheffield, Inglaterra, en 1944, para mucha gente, extraoficialmente, el verdadero Joe Cocker nació el domingo 17 de agosto de 1969 —entre las dos y las tres de la tarde con treinta y cinco minutos—, en un pueblo llamado Woodstock. Brotó de la tierra, del fuego, del aire y el agua, elementos que, a la postre, llevaría también a su música. Pero esto, seguramente, usted ya los sabía. Hay registro musical y visual de aquel milagro…

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