En esta era de lo fugaz hay que aprovechar las novedades en los negocios antes que el mercado se aburra. Si lo planeamos, tal vez cuando estemos listos el mercado ya se habrá renovado.

 

Las formas de hacer negocios cambian de forma vertiginosa. Lo que en el pasado era una buena práctica, hoy puede resultar inoperante. Qué lejos están los tiempos en los que establecer una empresa significaba buscar un lugar físico para asentarse, en los que abrir las puertas para recibir clientes no era una metáfora y en los que tener todo a punto significaba la clave del éxito. El mundo se enfrenta a un panorama lleno de posibilidades que apenas hace unos años hubiera resultado inimaginable. La transición ha sido tan rápida que muchos de los que están compitiendo por una porción del mercado, en realidad no lo entienden. Recién nos estamos adaptando a nuevas reglas, cuando éstas ya han cambiado y dejado de tener vigencia. Vivimos en el imperio de lo efímero.

Hoy los negocios se conciben en forma diferente: el proceso administrativo y las cadenas de valor se rinden frente al concepto de startup. Los tiempos de la previsión –que antecedían a la planeación, que daría paso a la implementación– parecen remotos y no hace ni 10 años que era éste el camino adecuado para emprender. La concepción del startup se basa en una sociedad con gran capacidad de cambio. Se desarrollan productos o servicios, de gran innovación, altamente deseados o requeridos por el mercado, y el diseño y la comercialización están orientados completamente al cliente. No parece nada mal, ¿verdad?

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Esta estructura suele operar con costos mínimos y obtiene ganancias que crecen exponencialmente, dado que mantiene una interacción cercana, continua y abierta con los clientes. Se orienta a la masificación de las ventas, aprovechando las vías de comunicación que brinda internet y sus diversas plataformas. Este modo de concebir los negocios parece cada vez mejor y se está popularizando en forma viral.

Las marcas pequeñas, los diseñadores emergentes, las personas que desean echar a andar un negocio y que no cuentan con un gran capital ya no tienen pretexto; pueden echar a volar su idea. Cada vez son más los que se adhieren a este formato. Los sellos que no son tan populares, los nombres que no son tan conocidos y los comercios electrónicos incorporan estrategias comunicativas para atrapar a sus clientes. Se valen de estrategias como showrooms temporales conocidos como pop up stores. Una pop up store no es sólo una tienda, es un espectáculo y una manera de hacer algo especial y extravagante que no se podría hacer en un establecimiento convencional.

Las pop up stores son tiendas efímeras que se establecen en locales poco tradicionales como patios, sótanos o incluso contenedores de barco y carcasas de autobuses que se transforman en espacios de ventas para artículos tan diversos como bolsas, comida, zapatos o casi cualquier cosa, cuya duración oscila entre un mes y tres meses como máximo. Este concepto está teniendo mucha aceptación en ciudades como Barcelona, París, Nueva York o Madrid. En Ibiza, para la temporada vacacional, un grupo de emprendedores inició una pop up store para ubicar una lavandería que diera servicio durante la época de verano. Ninguno de los socios o de los empleados tenía en mente que el negocio fuera a durar por generaciones o que se fuera a convertir en el patrimonio para ser heredado a los nietos. Nada de eso. Todos entendían que el éxito se basaba en eso precisamente: en ser efímeros, en entender que la caducidad de los negocios es cada vez más corta.

Lo que en otros tiempos hubiera sido una tragedia, o un acontecimiento triste: el último día de operaciones de un negocio, para estos nuevos empresarios es una rutina natural. La curva de vida de los proyectos es corta y pronunciada; por lo tanto, hay que aprovechar la coyuntura en la que se abre una ventana de oportunidad, antes que se cierre. De hecho, son ellos los que alegremente bajan la cortina. ¿Y después? Después vendrá otra oportunidad que puede o no tener relación con el negocio recién enterrado.

Este nuevo esquema para echar a andar ideas que se transforman en centros productores de dinero es un nicho de mercado que todavía se parece a un mar inhóspito que hay que descubrir y explorar. Es un gran desconocido que está empezando a ser popular, no solamente entre los jóvenes, sino entre todos aquellos emprendedores que saben identificar una circunstancia favorable.

La tendencia de las pop ups inició en 2013, y según El Observatorio de Análisis de Consumo, la tendencia de crecimiento alcanza un 41%. Para los emprendedores, este concepto tiene grandes ventajas: pueden probar el mercado en directo, los oferentes y sus consumidores pueden estar cerca a un precio relativamente bajo, los costos son muy pequeños con relación a la forma tradicional de emprendimiento, no hay necesidad de campañas gravosas para saber qué aceptación tiene el producto y las empresas pueden aprovechar la estacionalidad en forma más rentable. Es decir, si la oportunidad de hacer negocio se acabó en Ibiza, puedo saltar a Acapulco o a Zanzíbar.

La idea de las pop ups junto con la tendencia startup están renovando totalmente a las empresas y su forma de relacionarse con sus consumidores. El pretexto de la falta de recursos se desvanece, la planeación exhaustiva pierde vigencia y la trascendencia es lo de menos. Los pioneros, los que se aventuran a probar estas nuevas formas, están rentabilizando sus operaciones.

Sí. De momento —aquí está la clave—, el mercado está respondiendo de forma positiva ante estas nuevas formas de figurar los negocios. Tanto así que el ritmo de crecimiento es atractivo y seductor. Sin embargo, el propio corazón de la idea puede ser su causa de muerte. Sin duda vivimos en la era de lo fugaz, hemos dado paso al imperio de lo efímero, así que antes que el mercado se aburra hay que aprovechar estas novedades. Si lo planeamos, tal vez cuando estemos listos el mercado ya se habrá renovado.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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