Tras casi un siglo de mantener oligarquías represoras, vender armas, derrocar gobiernos, tolerar niños soldados… en el nuevo siglo Centroamérica tuvo que soportar una ola de criminalidad nacida en las prisiones de Estados Unidos: las maras.

 

 

En el momento más ríspido de la Guerra Fría, Estados Unidos definió, en voz de su presidente, el republicano Ronald Reagan, que la seguridad de su país estaba apuntalada en Centroamérica: “Si no podemos defendernos a nosotros mismos ahí, seremos incapaces de prevalecer en cualquier otro lugar. Nuestra credibilidad colapsaría, nuestras alianzas se derrumbarían, y nuestra seguridad doméstica sería puesta en peligro de muerte.” Fuel el 27 de abril de 1983, frente al Congreso, al que le pedía aumentara los recursos para intervenir en la zona.

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No es que antes no sucediera; sólo que en esos años, y hasta la caída de la Unión Soviética, se intensifico. Estados Unidos dejó de lado cualquier motivación ética, pisoteó el derecho internacional, fomentó la violencia, solapó la impunidad, apoyó dictaduras y combatió por todos los medios a las fuerzas de liberación nacionales surgidas en la región. Para ello se entrenó a militares, paramilitares y mercenarios. El centro más conocido fue la Escuela de las Américas situada en Panamá.

El principal objetivo de asedio fue Nicaragua; el caso más conocido, al menos de nombre, fue el escándalo Irán-Contras, en que los estadounidenses vendieron, aun contra su propio embargo, armas a Irán, que luego serían enviadas a los paramilitares nicaragüenses que luchaban contra los sandinistas. También se descubrió que el gobierno de EU distribuyó, entre otros, un manual llamado Operaciones psicológicas en guerra de guerrillas. Además colocó minas marinas a lo largo del litoral, sin haber notificado de ello para evitar que las embarcaciones de terceros países y sus tripulantes fueran afectados.

En Guatemala, desde el derrocamiento del presidente democrático Jacobo Arbenz en 1954, se apoyaron golpes y dictaduras con las consiguientes masacres y violaciones a los derechos humanos en aquel país y que han sido ampliamente documentadas. Desde sus fronteras hasta Colombia se defendieron los intereses de la United Fruit Company y de la Bananera Chiquita, entre otras empresas que financiaron grupos paramilitares. Casos similares ocurrieron en Honduras y El Salvador. Panamá sufrió el asesinato del general golpista Omar Torrijos en 1981, y estuvo militarizada desde que se separó de Colombia (1903, con el apoyo de EU, que construía el canal) y hasta que sucedió la invasión de 1989. Quizá sólo la pacífica Costa Rica se vio exenta de tal magnitud de violencia.

Uno de los principales ideólogos de la política exterior estadounidense, George Kennan, escribió en 1950 un memorándum secreto, en el que advertía de los riesgos de que en América Latina, principalmente en Centroamérica, cundieran las ideas comunistas impulsadas por la URSS.

“No me equivoco al afirmar que no existe otra región en la Tierra en que la naturaleza y el comportamiento humano se puedan combinar para producir una escenografía más triste y desesperanzadora para conducir la vida humana que América Latina.”

Estás y otras consideraciones, como el pasado colonial hispano y la negritud, daban a decir de una mezcla explosiva de frustraciones que desembocaban, según el diplomático estadounidense, en machismo y violencia. Además, a diferencia de los comunistas europeos, los latinos resultaban manipulables a los deseos de la URSS. Por ello, EU debía ayudarlos a combatirlo, aunque dada la debilidad de los latinoamericanos: en ocasiones –no siempre ni en todo los casos, aclara– la represión gubernamental es la mejor salida. Y que si bien ellos defienden la democracia, los pueblos no siempre saben usarla. Como ejemplo argumenta que Hitler llegó por la vía de las urnas.

Así, América Central se convirtió en el campo de batalla experimental para derrotar al comunismo. Por ejemplo, durante la administración Carter se impuso la política de los derechos humanos que los clasificaba en buenos (Costa Rica), indiferentes (Honduras) y pobres (El Salvador, Nicaragua y Guatemala). Con Reagan el argumento cambió a los que están con nosotros y los que están con ellos, en referencia a la URSS y Cuba (la Nicaragua sandinista).

Ganada la Guerra Fría, la región cayó en el olvido. Tras casi un siglo de mantener oligarquías represoras, vender armas, derrocar gobiernos, explotar mano de obra y tolerar niños soldados, entre otras, en el nuevo siglo tuvo que soportar una ola de criminalidad nacida en las prisiones de Estados Unidos: las maras, bandas criminales e hiperviolentas formadas por los adolescentes que llegaron con la diáspora centroamericana y que tras salir de la cárcel fueron deportados.

Hoy, Estados Unidos vuelve la cara a los despojados de esa historia. Miles de niños huérfanos –o cuyos padres viajaron a EU– llegan al país del norte cada año, en busca de un hogar o de trabajo para vivir. La bomba les explotó a los demócratas, que todavía no saben qué hacer con ellos, mientras que los republicanos se desentienden de las consecuencias de una política impulsada casi como doctrina por su partido: desestabilizar a Centroamérica para defender a los estadounidenses.

Cierto que ahí colaboraron los propios centroamericanos y hubo oligarquías locales que se beneficiaron y se enriquecieron. Hoy todos salen a decir que no hay que buscar culpables, y tienen razón. Hay que diagnosticar adecuadamente y exigir, a quienes fabricaron esta crisis humanitaria, que destinen recursos para detenerla y corregirla, porque –parafraseo a Reagan– ¿quién le va a creer a Estados Unidos que su modelo económico y político es el adecuado, si ni siquiera son capaces de hacerlo funcionar ahí en su vecindad inmediata?

 

 

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