La situación financiera y de los mercados de capitales es objeto del interés de un grupo muy concreto de personas, con todo y que acarree consecuencias para la totalidad de un país.

 

 

La industria de los servicios financieros se mueve en las aguas de un discreto bajo perfil público. Ha sido, es y seguirá siendo así. Los gruesos titulares que hacen referencia a las entidades financieras son algo pasajero, fruto de la ansiedad informativa negativa generada en torno de un estado de excepción económico que buscaba protagonistas para narrar una historia. Las cuestiones relacionadas con las finanzas y los mercados de capitales son objeto del interés de un grupo muy concreto de personas, con todo y que su funcionamiento acarree consecuencias para la totalidad de un país.

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El mito del control de los mercados de capitales casa directamente con el mito del control de la opinión pública. Ciertas cuestiones, al igual que en los mercados, responden a un comportamiento racional, que puede ser gestionado con base en hechos o informaciones más o menos objetivas. Pero existe igualmente una cierta exuberancia irracional en los receptores de información, que convierte en realidad titulares imposibles.

No es una realidad que podamos cambiar, pero sí es algo con lo que se puede aprender a convivir. Al igual que el mercado penaliza la incertidumbre en torno de una compañía, la opinión pública no responde bien ante la oscuridad informativa, en que cierto nivel de transparencia en el reporting es agradecido y puede reducir riesgos posteriores.

Un experto en gobierno corporativo perteneciente a un inversor institucional señalaba recientemente que “no esperamos que una compañía revele todos sus secretos; lo que buscamos es cierta seguridad de que la empresa tiene el foco puesto en la dirección correcta”. Es una cuestión de balance entre claridad y transparencia, que tiene en el afán pedagógico un cómplice interesado.

Asimismo, no reconocer un problema desde el principio encarece y retrasa la estabilidad de una situación. Cuando nos enfrentamos a una situación crítica para una sociedad desde el punto de vista de la reputación, evaluamos las opciones para llevar a cabo una óptima gestión del incidente. Muy pocas veces reparamos en el día después, en la estrategia de recuperación. Parece como si la vida nos fuera más en pasar cuanto más tarde y con el menor daño posible esa circunstancia.

No es tanto una cuestión de cuánto vamos a perder con una operación concreta como el lucro cesante que implica si lo miramos desde una perspectiva más amplia.

 

Resumen del artículo publicado en la revista uno. Puedes leer el artículo completo aquí.

 

 

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