Existe una tendencia sostiene que existe un nuevo modelo de familia, esa en la que un animal toma el lugar central del núcleo familiar y se convierte en algo así como el sustituto de un hijo. Tanto es el agrado y la popularidad de este estilo de vida, que se han acuñado vocablos para denominar a estos grupos sociales en los que una pareja, una persona en lo individual vive y convive con un perro, un gato, un hurón y le da trato similar al que le daría un padre o una madre, o eso nos dicen. Entonces, nos encontramos con situaciones sumamente extrañas que buscan convertirse en algo cotidiano.

Hay historias que nos llevan a elevar las cejas. Valeria es la asistente de uno de mis amigos. Es una chica simpática, muy sonriente, dispuesta a ayudar a todo el mundo y con gran corazón. Tiene algunos kilitos de más y no tiene mucha suerte en temas del amor. Desde que adoptó a un cachorro mestizo la veo nerviosa. La mayoría de sus gastos los acapara el perrito. Cada semana le compra algo: un collar, una correa, una camita, sábanas especiales para perro, carriola, pañales entrenadores y está ahorrando para mandar al pequeño a la guardería para que el animalito juegue, se entretenga y conviva con otros animales mientras ella está trabajando. Está convencida de que es importante que el perrito socialice.

Cuando Valeria va a visitar a sus padres al pueblo, se lleva al perro a quien ya le compró un asiento especial para que vaya seguro y cómodo en el coche durante el trayecto. Los padres ven al perrito como su nieto y lo reciben con croquetas a base de carne de canguro, especial para la dieta que lleva que evita que suba de peso y padezca obesidad, con galletas de arroz y premios. También, recibe ropa y accesorios que todos están felices de comprar: lo que sea para que el canecito sea feliz. Recientemente, los señores salieron del pueblo para asistir a la fiesta de seis meses del perro. Era necesario festejar que el pequeñín cumplía medio año de estar en la familia. En el evento hubo pastel especial para el perrhijo de Valeria y sus invitados. Había gorritos, helados caninos, platitos con agua y bocadillos y bebidas para los demás padres de “perrhijos” y “gathijos” que fueron invitados a la fiesta. Me entero que la reunión estuvo a cargo de una compañía que se dedica a organizar eventos para mascotas, algo así como wedding planners pero para animalitos.

Esto, que para muchos podría parecer un chiste, es una de las tendencias que ha mostrado mayores crecimientos en términos de popularidad. El vocablo “perrhijo” fue acuñado, por primera vez, en 2011 en México. La idea era combinar, en una misma palabra, el concepto perro e hijo y evidenciar una nueva tendencia: dar trato de niños dentro del núcleo familiar a una mascota. La palabrita gustó tanto que, en 2013 se abrió una página de Facebook con el nombre “Perrhijos” que hoy tiene cerca de 220.000 seguidores. Según el Inegi, existen más de dieciocho millones de perros y de ellos sólo alrededor de cinco y medio millones tienen hogar. Muchos de los animales que se compran para ser mascotas son abandonados y enviados a situación de calle. El contraste es terrible: calle y comida de basureros o carriola y latas gourmet con calorías contadas.

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Si Aristóteles pudiera venir a darnos su opinión nos diría que con esta situación estamos violentando el logos — λóγος —, es decir, la esencia del animal. Hacemos lo mismo que cuando queremos aflojar un tornillo con una navaja o con una cuchara. Seguramente, con algo de esfuerzo lograremos nuestro cometido, pero despostillaremos la navaja, achataremos la cuchara o, peor, nos lastimaremos. El ser de Aristóteles, entendido como logos, es la inteligencia que dirige, ordena y da armonía al devenir de los cambios que se producen en la existencia misma. Se trata de una inteligencia sustancial, presente en todas las cosas. Cuando un ente pierde el sentido de su existencia pierde el logos. Esa es la peor condena del ser.

Cuidado, cuando le colgamos un cascabel a un gato, cuando el ponemos moños a un perro, cuando vestimos a un hurón, cuando paseamos a una mascota en un carrito, lo estamos apartando de su logos. Un perro quiere ir olfateando, un gato sufre si se le encierra. Les quitan a los animales su logos quienes los quieren convertir en juguetes. Quienes le compran una mascota a un niño y, cuando se dan cuenta de que el perro, el gato, el hámster, el canario no es un juguete sino un ser vivo que tiene necesidades, que hace ruidos y que su interacción puede resultar desagradable y luego los abandonan, los lanzan a la calle y los dejan a su suerte, no tuvieron en cuenta el logos del animal. Sin embargo, también lo hacen quienes le quieren dar a un animal una condición que no tiene ni podrá tener. Un animal tiene un ciclo vital diferente al de un ser humano y debe ser respetado. El riesgo de concebir a un perro como un perrhijo es perder de vista sus necesidades como perro, o de gato, o de su esencia. ¿Se puede humanizar a un animal? Tal vez, lo que en realidad estamos haciendo es objetivizarlo.

No sorprende que los datos del Consejo Nacional de Población señalen que desde el año 2000 muchos jóvenes hayan preferido adoptar animales que tener hijos. Según el Inegi y Euromonitor Internacional desde el año 2000 el número de nacimientos en el país ha ido disminuyendo. Con ello, si adaptamos el pensamiento aristotélico sobre la esencia del ser cabría preguntarnos si al auspiciar estas conductas ¿también nos estamos alejando de nuestro propio logos?

Alejarnos del logos, es decir de aquello que nos dicta la misión para la que estamos en este mundo es perder la esencia de lo que somos. La pérdida del logos ha llegado a un rango académico. Está bien reformar lo que existe, es deseable buscar nuevas formas, alentar la creatividad, perseguir la innovación y respetar la forma de pensar de los que plantean las novedades y las viven en primera persona. Está mejor abrir los ojos y enterarnos de los cambios y ver cuál será la participación que queremos tener. Pero, cuidado, ¿qué pasa cuando los planteamientos que se hacen nos alejan de aquello que en realidad somos?

El logos es esa misteriosa sustancia espiritual que nos lleva al ser, es nuestro destino y también aquello que nos da sentido. En este espectro antagónico en el que queremos modificar el logos de un animal —pensar que son juguetes o darles trato de hijos consentidos— corremos el riesgo de convertir en objetos a seres que tienen vida. Abordar el tema del logos implica hacer un alto en el camino y reflexionar si vamos por la dirección correcta o si nos hemos extraviado. Buscar esa respuesta nos confrontará con un estado de tensión entre lo que opino y lo que es: el logos no cambia.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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