Alrededor del tema de los partidos políticos se ha teorizado bastante, no siempre con consenso sobre las características que los distinguen de otras organizaciones. Hay diversos enfoques sobre lo que son los partidos políticos y para qué sirven, desde el que los define como organizaciones formales, estables en el tiempo, territorialmente extendidos y dotados de un programa de gobierno  que, por mínimo que sea, representa determinados intereses de la sociedad, hasta una visión, digamos más pragmática, como la representada por Joseph A. Schumpeter, quien sostenía que los partidos no son un grupo de personas que intenta promover el bienestar público, porque ni el bien común ni la voluntad general existen, sino que son un grupo cuyos miembros se proponen actuar concertadamente para competir y alcanzar el poder político. Y cuando hablamos de partidos, es imposible no citar a Robert Michels y la “Ley de hierro de la oligarquía”, según la cual hay una tendencia casi inercial de los partidos hacia ésta pues “quien dice organización, dice oligarquía”.

Recordar estos conceptos resulta necesario hoy en México después del reacomodo de poder derivado de las elecciones del 1 de julio. ¿Qué estrategias elegirán los partidos ante los nuevos equilibrios? Habrá partidos cuyos esfuerzos inmediatos estarán concentrados en reinventarse a riesgo de reducirse como meros partidos autorreferenciales, otros que tratarán de proyectarse ante la sociedad como la oposición y el contrapeso real al enorme poder conferido al presidente electo a través de las urnas, y el gran ganador de la elección llamado Morena, cuyos retos se derivan justamente de cómo definir su relación con el presidente electo, quien llega con un capital político y una legitimidad como no la habíamos visto desde que tenemos elecciones competidas.

Para Michels hay una contradicción ineludible en las democracias, porque a la vez que los partidos son elementales para el funcionamiento de éstas, “con el avance de la organización, la democracia tiene a declinar a medida que la influencia de los líderes aumenta”. En otras palabras, los partidos serían estructuras oligárquicas a su interior que propician el ascenso de élites que terminan tomando las decisiones sobre sus bases, con lo que sacrifican su democracia interna con tal de ganar elecciones. Y hay más, según el teórico alemán, cuando la organización ha alcanzado un nivel avanzado de desarrollo, “los líderes comienzan a identificar con su persona, no sólo las instituciones partidarias, sino también la propiedad del partido”.

Analizar los enormes retos que tiene Morena como movimiento-partido ante la coyuntura actual es un tema que importa no únicamente para comprender mejor el fenómeno de Morena si no por sus implicaciones para la democracia. Y cuando hablamos de Morena es inevitable no pensar en Andrés Manuel López Obrador, hoy presidente electo de México, pero también creador, agente de cohesión y principal articulador al interior de un movimiento que obtuvo su registro como partido apenas en 2014 y que logró, junto con el PES y PT, el voto de 30 millones de votos a favor de su candidato presidencial.

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Y tan sólo por ese hecho, por la legitimidad con la que llega el futuro presidente de México, Morena está obligado a trabajar en su institucionalización como partido, en la profesionalización de sus candidatos ganadores a nivel federal y estatal y en encontrar coherencia e identidad entre las visiones de derecha y de izquierda que hay en su interior. Solo así, Morena demostrará que su triunfo no sólo se agota en el discurso político transversal que logró captar el nivel de indignación con la forma de hacer política en México, sino porque es capaz de ser ejemplo de lo que proclama López Obrador.

 

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