La educación del futuro obligará a los jóvenes a no seguir instrucciones, sino a resolver conflictos con sentido social. El Tec de Monterrey pretende aplicar esta fórmula, pero corre un riesgo: que sus maestros no se cambien el chip para aplicar esta filosofía.

 

 

 

El pasado 29 de agosto, Luis Rivera, luego de varios inten­tos, alcanzó la medalla de bronce en la final de salto de longi­tud del Mundial de Atletismo, celebrado en Moscú, al lograr una marca de 8.27 metros.

Días después, aún cargando con una buena dosis de adre­nalina por la proeza hecha, Luis escribía un correo: “Me siento muy orgulloso de ser mexicano y ser borrego. Gracias a esa filosofía de hipoteca social, regre­saré a mi tierra, Agua Prieta, Sonora, para crear una fun­dación y así becar a muchachos talentosos que tienen la capacidad para destacar en el deporte”.

El correo iba dirigido a David Noel, uno de sus maestros y rector en el Tec de Monterrey desde el 1 de enero de 2011, donde Luis estudia un Doctorado en Ciencias de la Ingeniería, con especialidad en Ingeniería Industrial.

David era uno de sus principales men­tores y  le había inculcado algo que en la comunidad de esa universidad casi es un mantra: el pago de la hipoteca social. “En un mundo muy materialista, hedonista, debe­mos tener claro que el saber no es para usu­fructuarlo sino para compartirlo. En un país con un rostro bastante resquebrajado, lo que tenemos que hacer es formar jóvenes con el compromiso de la hipoteca social”, explica David.

Con esta misión el Tec de Monterrey trabaja en una estrategia para formar a sus alum­nos bajo un perfil que se manifiesta a través de una educación que fomenta la especialización pero también la ética y el compromiso social; en otras palabras: la gestación de profesionales que no sean “robots” sino per­sonas preocupadas por mejorar su entorno.

Sin embargo, para alcanzar esta apuesta, el Tec tiene un obstáculo: los pro­fesores que se resisten al cambio, que no han logrado entender que su papel se está transformando para convertirse en un actor que construye experiencias retadoras e innovadoras para los estudiantes.

“Hoy nuestro reto principal son los profesores”, dice David Noel. “Porque el equipo se compra, la tecnología también se adquiere y se desarrolla, pero la pieza clave, el profesor, tiene que adquirir un nuevo chip y eso no es nada fácil”.

 

La semilla del cambio

Como en todas las sesiones de Consejo, las que ocurren en el Tec no son reuniones necesariamente de amigos. A éste tienen que enfrentarse dos estrategas del instituto: David Noel y Salvador Alva, rector del Sis­tema Tecnológico de Monterrey. En el seno de este Consejo se encuentran más de una veintena de empresarios quienes les han impuesto a los catedráticos un man­dato que no es negociable: la calidad educa­tiva por encima de cualquier otra cosa.

“El gran cambio del Tec es pasar de una élite económica a una élite académica”, dice Salvador Alva.

El Tec, presumen sus directivos, va por la generación de un efecto disruptivo en la educación de México, a través de la ini­ciativa “Tec 21”, que en términos genera­les pretende dotar a los jóvenes de cuatro características para desarrollarse (y defen­derse) en el mundo: pensamiento crítico, filosofía de emprendimiento, cultura de innovación y aprendizaje por cuenta propia.

La primera pregunta que se hicieron los directivos fue: ¿qué hacer para generar este efecto disruptivo? Fue así que no más de 50 directivos del Tec recorrieron varias uni­versidades del mundo para entender qué es lo que estaba pasando.

Descubrieron que a los jóvenes de esas universidades no les han inculcado el miedo al cambio y que, por el contrario, los preparan para enfrentar un mundo totalmente distinto al actual, lo que significa que los están educando para traba­jar en empresas que hoy no existen, donde van a utilizar tecnología que hoy no ha sido inventada y a enfrentarse a problemas que tampoco hoy se imaginan.

 

La recompensa

David Noel nació en San Juan de los Lagos, Jalisco y desde que era un niño, traía la cos­quilla por estudiar en el Tec. Pero tenía un obstáculo: no tenía un quinto. A pesar de eso decidió emigrar. Llegó a Monterrey, donde por las noches dormía en la sacristía de la Catedral y por las mañanas trabajaba en el comedor del Tec. Finalmente, después de fastidiar a las autoridades escolares de entonces, obtuvo una beca.

Ahora, es uno de los transformadores del Tec y uno de los convencidos de que los alumnos no tienen por qué asumirse como “robots” que sólo reciben indicaciones para cumplir con sus tareas. Él, de hecho, es el autor del concepto de la “hipoteca social”.

El perfil del estudiante modelo, según la filosofía del Tec, tiene que ser más o menos así: emprendedor; no necesariamente esto significa que levante una empresa, sino que tengan la capacidad para innovar y encon­trar retos que pueda resolver y que generen un valor económico y social para el país; con sentido humano, lo que le implica­ría estar consciente de la corrupción pero sobre todo de la ética; y, finalmente, que cubra la hipoteca social.

Los salones del Tec intentan generar un entorno de discusión y colaboración entre alumnos. No se trata de los espacios tradi­cionales en los que el maestro predica lo que a su entender es la clave del conoci­miento.

Así, por ejemplo, David Noel, que imparte el Seminario de Contabilidad Estratégica y Finanzas, recrea una escena en la que sus alumnos son inversionistas de Wall Street y su calificación depende de la tasa de rendimiento que generen sus inversiones. Entonces, aquel alumno que obtenga una tasa menor a 10%, es un poten­cial candidato a reprobar.

“En mi clase ya no me la paso hablando todo el tiempo. Hoy mi exposición no pasa de media hora y el resto del tiempo se va en actividades en las que trató de generarles caos a los alumnos, con dilemas, para que ellos automáticamente busquen la solución”, explica David Noel.

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El riesgo

Salvador Alva no le da vueltas: “Los ries­gos (para lograr su objetivo) son pocos”, asegura, lo que no significa que los que haya sean de poca trascendencia o fáciles de resolver.

“La parte complicada es la que estamos apenas comenzando, que radica en definir cómo nos organizamos 30 mil personas (cifra promedio del total del staff universitario del Tec). Somos 30 mil personas con pensamientos diferen­tes, que tenemos que aprender a trabajar en equipo y en una geografía muy dispersa. ¿Cómo hacemos realidad nuestros sueños? Ahí está el mayor reto, porque mientras más grande te vuelves, más lento eres para moverte o corres el riesgo de volverte un ente burocrático”, enfatiza Salvador.

Los profesores, en este proceso, pueden convertirse en los facilitadores del cambio o en las grandes piedras en el zapato. En los hechos, con estos ajustes impuestos desde el cuerpo directivo del Tec, los maestros tie­nen más trabajo, ya que deben invertir más horas para preparar su clase.

“Yo les digo a los profesores: ‘Señores, que les quede muy claro, el que se vaya el día de mañana del Tec no es porque Salva­dor o David lo decida, sino porque ustedes no fueron lo suficientemente capaces de subirse al barco de este nuevo enfoque edu­cativo’”, dice David Noel, quien va más allá:

“No es un enfoque que nosotros estemos inventando. Es el fruto de una reflexión profunda y que es la punta de lanza de la educación. Es por eso que no podemos per­manecer con los brazos cruzados”.

Dicho esto, el perfil del maestro modelo tiene que cubrir dos grandes característi­cas: que inspire, para que los alumnos vean en él a un buen coach que les avienta cons­tantemente experiencias retadoras y de aprendizaje; que fomente la cultura de la innovación, para que rompa con los para­digmas y los estudiantes provoquen y se adapten a los cambios disruptivos.

“Conforme el entorno evolucione, nunca dejarás de subir la montaña. En realidad, lo que pretendemos es dejar los cimientos para que las nuevas generaciones asuman los retos”, afirma Salvador Alva.

Los jóvenes tienen la palabra.

 

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