La imagen parece repetitiva. Dos personas discuten, hablan, suben el tono, gritan y al final lo más importante es lo que no se dice. Podrán ser pareja, familia o desconocidos. Son esos silencios los que al final se recuerdan. Qué no dije, debí, tal vez. Las dudas se expresan en ese vacío, es su campo de existencia y la razón que mueve Julieta, el largometraje más reciente de Pedro Almodóvar.

El personaje principal de la cinta es una mujer copada por el dolor, quien ha logrado reprimir sus sentimientos buscando nunca encontrarlos. La Julieta, rondando los 50 años, del título está a punto de mudarse con su novio a Portugal, su vida en Madrid quedará atrás. Como las paredes blancas y los grandes espacios de su departamento lo demuestran, tampoco está dejando demasiadas cosas. Sin embargo, un encuentro fortuito la hará regresar a sus años de juventud, le recordará aquello que quedó en el camino: su hija.

De esta forma la cinta se estructura mediante una serie de flashbacks, mientras Julieta escribe (nos relata) una extensa carta al fruto de su vientre, donde explica todo aquello que el silencio consumió. Así la casualidad desata la confrontación, la vida tejida por encuentros fortuitos.

Inspirada por tres cuentos de la escritora Alice Munro, Julieta marca el regreso de Almodóvar al melodrama después de su intento (fallido) por volver a canalizar la comedia ochentera que caracterizó al inicio de su carrera en Los amantes pasajeros (2013). El abigarrado proceso parecer haberle caído bien al director manchego.

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El diseño de producción está mejor canalizado, expresando los sentimientos de los protagonistas y subyugándolos. El departamento de Julieta y la pintura que lo cubre muta al paso de su alma. Oscuro y maltratado papel tapiz para reflejar una profunda depresión; azul optimista cuando el drama parece transcurrir al olvido; y espacios de ángulos fuertes sospechosamente vacíos para reprimir los pensamientos.

Hasta el tren, tapizado de colores, encuentra su razón de ser en la historia, a diferencia del saturado avión de Los amantes pasajeros. Es en ese viaje que Julieta encuentra al hombre de su vida, a la razón de su felicidad y sufrimiento. Mientras ellos se encuentran sexualmente, otro pasajero muere. Contrastes cargados de silencio. El camino, parece decir Almodóvar, es incapaz de separar ambos aspectos de la vida (el cine de Peter Greenaway parte de un punto similar), la vida es la unión indisoluble de sexo y muerte.

Por eso en la cinta los silencios se vuelven tan relevantes. Por algo su título original era Silencio. Los personajes que deambulan a cuadro se arrepienten de haber callado, pero no había otra forma de actuar. Ya sea como madres intentando proteger a sus hijas o ellas buscando darle sentido a la vida callando resentimiento.

Callar nos condena, hablar también. La vida no ofrece otras salidas.

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