A Charlie Kaufman y Yorgos Lanthimos les parece irrisorio el proceso de enamoramiento, la necesidad de buscar pareja y la extravagancia de pensar que eventualmente encontraremos a nuestro igual y permaneceremos con él, y lo plasman en pantalla con gran maestría.

“Mi queja en la vida es que no soy otra persona.”
Woody Allen

Enamorarse es complicado. Aceptarse también. Quizá Dios nos estaba jugando una mala broma cuando designó la posibilidad de sentirse atraído por otra persona; de, al menos mentalmente, pensar en la soledad como algo malo. Podríamos ser un alma solitaria, recién abandonada o abrumados por la miseria de percibir al resto del mundo como una masa igual, sin distinciones. El amor es absurdo y trágico, a veces disfrutable, según lo pintan The Lobster y Anomalisa.

Michael Stone (voz del británico David Thewlis) es un gurú de las ventas, autor de un best seller sobre el tema y un hombre desdichado, muy desdichado. Su mundo es mundano y lo desprecia, a tal grado que ve a todos como la misma persona (la neutra voz de Tom Noonan). Desde su mujer al teléfono al hombre asustado por volar en un avión que no suelta su mano. Para Michael no hay diferencia, y esto le provoca una fuerte depresión. Sin embargo, después de una borrachera escucha una voz diferente en el pasillo de su hotel y decide salir a su encuentro; así conocemos a la ordinaria (y por ello extraordinaria) Lisa (tímida, aunque encantadora, voz de Jennifer Jason Leigh). La anomalía del universo.

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A estas alturas del partido podemos asegurar que a Charlie Kaufman le gustan los hombres en constante conflicto emocional, atribulados por su lugar en el mundo y por la dinámica de sus relaciones personales. Basta echar un vistazo a la memoria para encontrarlos en los guiones de El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002), Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, 2004) o ¿Quieres ser John Malkovich? (Being John Malkovich, 1999), así hasta llegar a su ópera prima, la sublime, inmersiva y cacofónica Nueva York en Escena (Synecdoche, New York, 2008).

Anomalisa, como las colaboraciones antes mencionadas, es una película 100% Kaufman, aun cuando comparte créditos de dirección con Duke Johnson, quien se encargó principalmente de la animación. La cinta es una tragedia narrada con grandes dosis de humor negro y el slapstick más bobo, aunque efectivo gracias a su atinada presentación, ambos filtrados por una desesperación casi melancólica.

Kaufman entiende muy bien el sentimiento de la abrumadora cotidianidad padecida por su protagonista; una y otra vez se encarga de resaltar lo absurdo de la vida. Como esa primera escena en que un pasajero se disculpa por violar el espacio personal de Michael, aprieta su mano porque tiene miedo del aterrizaje y la mantiene apresada aun cuando se ha disculpado, además de hacer evidente lo ridículo de su miedo, ligado a la presencia de su esposa. Esa dependencia es el verdadero conflicto central. Michael odia sentirse querido, valorado por los demás, desde su esposa y su hijo hasta sus fanáticas, no obstante anhela la conexión con otro ser humano. Vive esperando una anomalía. Cuando la encuentra, su ánimo cambia; sin embargo, la vida no es así. Cualquier singularidad es analizada, disfrutada e, inevitablemente, asimilada. Otro resultado es sólo una bella ilusión, ridícula por la imposibilidad de disfrutarla a largo plazo.

 

The Lobster

Otro que se burla de nuestra necesidad de afecto es el griego Yorgos Lanthimos. Como Kaufman, al cineasta nacido en Atenas le parece irrisorio el proceso de enamorarse, la necesidad de buscar pareja y la extravagancia de pensar que eventualmente encontraremos a nuestro igual y permaneceremos con él/ella por el resto de nuestros días.

En el futuro cercano, todos viven en pareja. Cuando, por alguna razón, ese vínculo se rompe, el soltero en cuestión es enviado a El Hotel: un centro vacacional donde en 45 días deben encontrar a su nuevo acompañante. Aquellos incapaces de hacerlo son convertidos en animales (a gusto del castigado) y son enviados al bosque. David (Colin Farrell, dueño de un patetismo casi heroico) recién descubrió el próximo abandono de su esposa. Condenado al proceso de soltería y acompañado por su hermano, un perro llamado Bob, llega con la esperanza de no ser transformado en la langosta del título.

Ya en Alps – los suplantadores (Alps, 2011), su anterior trabajo, Lanthimos había dejado claro lo frágiles que le parecen nuestras emociones. En aquella cinta, un grupo de personas se dedicaba a rentarse a personas con pérdidas recientes de seres queridos. Si moría tu hija adolescente, uno de ellos tomaba su lugar un par de semanas para hacer más sencilla la despedida. Era una idea fascinante que nunca lograba cuajar del todo.

Aquí, Lanthimos se muestra en completo control de sus intenciones; desde el inicio quiere dejar claro lo patético que le parecen las necesidades afectivas de David y el rol como hombre hecho menos dentro de la sociedad. Estar solo es algo malo, haciendo una hipérbole de esos viejos dichos de “te vas a quedar para vestir santos” o “a ver si ya te encuentras una muchacha bonita”. Quizá nuestra comunidad global no esté en el mismo punto, mas no está muy lejos, y Lanthimos lo explica con saña. Como esas demostraciones al interior del hotel donde se intenta exponer cómo es superior la vida en pareja, porque caminar solo te pone en peligro, o cenar con la tranquilidad de tus pensamientos como acompañante te puede llevar a la muerte.

No obstante, la ácida crítica no se queda entre los amantes del matrimonio y la vida en pareja. Hay suficientes balas para los defensores de la individualidad a ultranza, quienes aparecen en escena cuando David escapa al bosque huyendo de convicciones rígidas sólo para encontrar unas peores, donde el mínimo contacto sexual es visto como la mayor ofensa y la música electrónica es la única aceptable porque, como en todo rave, no se necesitan parejas de baile (sin duda, uno de los gags más inspirados del guión).

Es en esa contraposición de ideas donde Lanthimos se muestra como un director maduro. Ninguna de las dos opciones es deseable para su protagonista, porque ambas son condenas, no hay puntos medios. Ése es el absurdo, pensar que el amor es inmutable y las singularidades de la persona deseada también. Tener que decidir entre estar solo o casado. La decisión es la verdadera burla.

Kaufman y Lanthimos lo demuestran con negra maestría.

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The Lobster y Anomalisa se proyectaron en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM). Pronto formarán parte de la programación de Lo Mejor del FICM en la Ciudad de México.

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