Siempre he presumido —y así ha sido— que en el terreno profesional he tenido la fortuna de ser tratada como igual y que mi condición de ser mujer jamás intervino para facilitarme o dificultarme oportunidades. He visto el techo de cristal como algo que padecían otras personas y aunque siempre he sabido de la existencia de condiciones de desigualdad, las había visto como quien observa los toros desde la barrera. Sin embargo, una serie de eventos consecutivos que sucedieron en el lapso de setenta y dos horas, me hicieron entender que existen otros techos de cristal que padecemos en forma cotidiana y que se han ido normalizando en nuestra convivencia.

Hemos creído que el “techo de cristal” son los obstáculos que impiden que una mujer alcance puestos de alto nivel en las organizaciones y verlo de esa manera limita mucho la visión real de la realidad, ya que los impedimentos son más profundos que el radio del desarrollo profesional. Incorporar la perspectiva de género en la cotidianidad, aunque sea necesario y conveniente, no resulta una tarea fácil. La complejidad del género como categoría de análisis deriva de su propia conceptualización. La identificación del sesgo de género y su conocimiento por parte de los individuos, organizaciones y sociedad es el primer paso para poder erradicarlo. El segundo paso es el aislamiento de sus causas y el tercero, la voluntad de cambio. Pero, hemos normalizado tanto determinadas situaciones que hablar de ellas nos hace ver como exageradas, buscapleitos, payasas y justo ahí empiezan los otros techos de cristal de los que es conveniente hablar.

Parecen nimiedades y no lo son. Van desde situaciones en las que en forma sutil nos quitan mérito hasta agresiones que se atreven a hacerle a una mujer y a un hombre jamás lo harían. Me explico. Esta semana, tuvimos un simposio en el que varias eminencias fueron invitadas a participar como ponentes. El guardia de seguridad tenía la lista de los participantes y al tratarse de un terreno académico, el protocolo indicaba dirigirse a ellos por su apellido y anteponiendo su grado de estudios. El doctor Pérez, el maestro Jiménez pasaron conforme se dictó la regla. En cambio, la doctora Mayer fue anunciada por el guardia como Normita y la maestra Pazos le solicitaron una identificación con un atento: por favor, madrecita.

Al platicar esta situación con el director de la facultad, anfitrión del simposio, se rio. Entrecerró los ojos y me dio a entender que sería mejor dejar pasar la situación. Y, ahí tuve la primera alerta de que el entramado de obstáculos y barreras que sufrimos las mujeres está sustentado en prejuicios muy enraizados en lo profundo de la sociedad, con independencia de la preparación, clase social, posición económica, grado académico, porque el techo de cristal impuesto por el guardia de la puerta es el mismo que puso el director de la facultad. Al doctor Pedro Pérez no se le dijo Pedrito, al maestro Jiménez no se le pidió que se identificara y desde luego, no le dijeron: por favor, padrecito. Y a un académico, eso le pareció normal.

Esa misma semana, de regreso a casa, una pareja de policías me paró en la esquina de las calles de Bajío y Chilpancingo, en la Ciudad de México, donde acaba de empezar a operar un nuevo reglamento de tránsito. Me pidieron que me diera la vuelta —Chilpancingo es un eje vial en el que no se puede parar nadie sin causar un caos— y estacionada en la calle de Bajío me pidieron mis documentos. ¿Por qué? Porque se dio una vuelta prohibida. No, yo iba sobre Chilpancingo, no di ninguna vuelta. Sí, dio vuelta sobre Bajío. Usted me dijo que me parara y que me diera la vuelta. Caí en una trampa. Y, empezaron las intimidaciones. Mostré mis documentos, entregué mi tarjeta de circulación y mi licencia. Llamaron a una grúa. Nos la vamos a llevar al corralón, bájese. Quiero que me diga cuál fue la infracción que cometí. El pitido de la grúa acercándose a mi coche. La solicitud de extorsión. Mi negativa a participar en un acto de corrupción. Argumenté, en forma educada, que no cometí ninguna infracción. Les dije que, por favor, se identificaran. No, doñita. En fin, pasaron cuarenta y cinco minutos antes de que me dejaran ir.

Lo triste es que mientras discutía con la pareja de policías, la gente que pasaba por ahí nos miraba divertida. Muchas mujeres que caminaron a nuestro lado se reían y me dejaron claro que, más que solidaridad, el proceso de socialización que fomenta el desarrollo de características y actitudes asociadas a la identidad de género femenina pueden ser negativas aún entre nosotras mismas. Era claro que la imagen de una mujer detenida por un par de policías equivalía a tontería, a la falta de competencia para lidiar la situación y a la oportunidad para burlarse de un ciudadano al que claramente, estaban extorsionando. ¡Ay, qué tonta! en todas sus variantes fue lo que escuché pronunciar a mis conciudadanos, o: Mira, ¿ya ves? Como si quedara claro que eso a un hombre, no le hubiera sucedido.

La segregación vertical y horizontal producida por estereotipos sobre la mujer en su vida cotidiana perjudica de modo considerable su proyección en la sociedad. Los estereotipos masculinos de agresividad y competitividad siguen siendo las cualidades más demandadas para el liderazgo y el desarrollo de la vida en comunidad. Es como si al pertenecer al género femenino, ciertas circunstancias resulten propicias para el abuso. Y, esta discriminación se da en mentes masculinas como femeninas y al denunciarlas, la gente tiende a verlas como pequeñeces.

Por estas razones, son pocas las mujeres que pueden hablar de no haber chocado contra el techo de cristal. No sólo contra una situación profesional, sino de vida. Entonces, ante estas situaciones, se espera que la mujer asuma un modelo de dirección masculino. Sin embargo, aun haciéndolo, va a afrontar estos obstáculos, reduciéndolos o eliminándolos, calificándolas como machorras, agresivas, groseras, exageradas y todos aquellos calificativos que, de una forma u otra, demeritan el desempeño social.

Existen otros techos de cristal que son tan o más graves que el del ámbito profesional, la misoginia de baja intensidad, los estereotipos de género donde persiste la creencia de que determinadas características son propias de las mujeres y hombres, las dificultades que encuentran las mujeres para convivir en forma civilizada en terrenos que se creen exclusivos para los hombres, los abusos que sufren las mujeres por el hecho de no ser hombres y situaciones que todos conocemos y en ocasiones disimulamos. La inequidad de género en los espacios de poder es el resultado del reparto desigual en la distribución de responsabilidades y recursos, es cierto, pero también hay una complicidad social que tolera estas conductas.

Hacernos cargo de que hay otros techos de cristal y que estos tienen repercusiones negativas más amplias de lo que podemos creer, es empezar con el pie derecho a romper estas barreras artificiales y absurdas.

 

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