Por Norbert Monfort*

En el año 2000, tan sólo cinco años después de su creación, la compañía energética Enron consiguió aparecer en la lista de la revista Fortune como la séptima mayor de Estados Unidos. Tenía más de 21,000 empleados, una proyección de crecimiento optimista y una sana ambición por mejorar, innovar y crear un ambiente próspero y favorable en la comunidad.

Sin embargo, el éxtasis duró poco, ya que en 2001 se descubrieron numerosas irregularidades en las cuentas, se demostró el fraude de muchos directivos y la compañía terminó en la quiebra y muchos de los altos ejecutivos presos. Es curiosa la historia porque, si uno hubiera podido entrar en aquella época al lobby de su edificio, se habría encontrado una lista de los “valores” que Enron tenía grabados en la pared: integridad, comunicación, respeto y excelencia.

La pregunta que nos hacemos hoy es: ¿eran realmente estos los valores de Enron? ¿Qué son los valores de una compañía? ¿Quién los define y cómo se vive según lo que representan? Casi todas las empresas del mundo de hoy en día, cuando explican su misión y su visión, en algún lado también muestran sus “valores”.

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Ya sean grabados en la sede física, como Enron, o en un libro de identidad corporativa, o en la página web, de alguna manera es importante comunicar a potenciales clientes: “estos son los parámetros por los que nos guiamos, la motivación que nos hace hacer lo que hacemos”. Claro que una cosa es una lista de palabras bonitas y otra es la coherencia de trabajar, vivir y decidir según lo que nos hemos propuesto. Y, a veces, esto no es tan fácil de lograr.

Sófocles, acaso el dramaturgo griego más famoso de la Antigüedad, nos cuenta la conocida historia de Antígona, que se vio en una situación más que comprometida cuando el rey de Tebas, Creonte, prohibió expresamente dar sepultura a Polinices —hermano de Antígona— por haber sido un enemigo de la ciudad.

La ley que prohibía enterrar a su hermano (ella lo sabía bien) estaba penada con la muerte. Antígona por tanto se vio en una diatriba: por un lado, el mandato del rey, es decir, la legalidad del reino en que se encontraba dictaba una cosa; por otro, sus propios valores (y los de toda la cultura griega, que consideraba el entierro de los muertos no sólo como un derecho inalienable, sino también como un acto sagrado hacia los dioses) le decían que debía desobedecer los “valores” de su rey, aunque ello la llevara a la muerte.

Al final, privó lo que ella consideraba que estaba por encima de las leyes de los hombres, y dio sepultura a su hermano. Al ser descubierta, fue acusada de traición y desobediencia y así condenada a muerte. Sin embargo, le dejó en claro a su rey: “No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses”.

La posición de Antígona estaba muy clara: los valores, para ella, no eran los que estaban escritos en un mandato de ley, sino los que cada uno valoraba como lo más importante y trascendente.

Los valores de una compañía no son los que tiene grabados en una pared, o escritos en la sección “acerca de nosotros” en su página web. Si fuera así, Enron todavía seguiría vigente

Los valores de una compañía son los que la gente que allí trabaja, desde los directivos hasta los últimos colaboradores, valora por encima de todo. Y esto se manifiesta en las decisiones que toman, en las medidas que asumen, en las recompensas que dan, en las contrataciones y aún en los “castigos”.

Es por eso que, si bien en algunos artículos anteriores hemos insistido en la riqueza que aporta la diversidad y en la suma incalculable que ofrecen los equipos complementarios, no podemos dejar de aclarar una premisa fundamental: la diversidad y la complementariedad son positivas siempre y cuando se trabaje sobre valores comunes.

Sin valores, cabe la posibilidad de que florezca una tiranía, como la de Creonte, en Tebas, en la que, tarde o temprano —como con los directivos de Enron—, la verdad salga a la luz. Y ya será demasiado tarde.

*CEO de Monfort Ambient Management y profesor del ESADE.

 

Contacto:

Twitter: @monfortnorbert

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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