Han pasado prácticamente 15 años desde que el nombre de Luis Estrada se volvió usual; sin embargo, cuando en 1999 salió a la luz aquella cinta rompedora llamada La ley de Herodes, las cosas ya no fueron lo mismo para él.

Aunque la luz es tenue y ligera aquí en la Sala Silvestre Revueltas de los Estudios Churubusco, a Luis Estrada se le ilumina el rostro por un momento.

Le he dicho al cineasta que primero charlemos en términos cinematográficos, y después de política.

Sonríe, al tiempo que echa un piropo: “Gracias —dice, y le da una calada a su cigarro—. ¡Qué bueno es hablar de cine! ¡Me da un placer enorme salirme del discurso político! Podremos hablar de éste más adelante, si quieres, pero en este momento estoy un poco out.”

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Sonrío. En realidad le entiendo: ha sido una mañana interminable para él, en la que ha tenido que atender a la prensa para hablar del estreno de su más reciente película: La dictadura perfecta (México, 2014).

Foto: Cortesía Bandidos Films

Foto: Cortesía Bandidos Films

“Pero son los gajes del oficio”, pienso. Más aún, tratándose de un director de cine como él: han pasado prácticamente 15 años desde que el nombre de Luis Estrada se volvió usual. No es que no haya rodado nada antes —ahí están filmes como El motel de la muerte (1991) o Ámbar (1994)—; sin embargo, cuando en 1999 salió a la luz aquella cinta rompedora llamada La ley de Herodes, las cosas ya no fueron lo mismo para él.

La historia es conocida: al intento de censura por parte del gobierno zedillista, le siguió un éxito inusitado. Luego de aquella película, Luis rodó otras dos: Un mundo maravilloso (2006) y El infierno (2010). En las tres, el cineasta mexicano hacía una severa crítica —desde la sátira— al sistema político del país.

Por supuesto, a Vicente Fox no le pareció gracioso el retrato que hizo el cineasta de su sexenio. Peor reacción tuvo Felipe Calderón, si le hacemos caso a Luis: “Se enojó mucho. Calderón dijo que dábamos una mala imagen de México.”

La línea que sigue La dictadura perfecta no cambia demasiado: es una sátira de cómo la televisión, los poderes fácticos, la plutocracia, detentan la capacidad de limpiar la imagen de un pésimo político, e, incluso, hacerlo presidente. ¿Le suena algo? Quizá por eso el filme empieza con una advertencia: “En esta historia todos los nombres son ficticios, los hechos sospechosamente verdaderos, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.”

En fin, de todo esto es de lo que ha estado hablando Luis Estrada con la prensa. “Por eso primero hablemos de cine y luego de política”, le digo. Y él sonríe.

Le pregunto cómo resumiría, en términos cinematográficos, los 15 años que han transcurrido de La ley de Herodes a La dictadura perfecta, qué conclusiones ha alcanzado.

Luis se toma unos segundos. Luego, dice: “Me parece que soy el menos apto para hablar de mis propias películas. Sin embargo, si me apresuras, te diría que tengo mucha suerte.”

Ahora soy yo quien se queda unos segundos en silencio.

Luis se apresura a aclarar: “Lo que digo es que, en efecto, ya encontré un tono. Ya encontré un estilo. Ya encontré una voz. Y todo esto ha nacido justamente de una mezcla de mis preocupaciones cinematográficas. Estas cuatro películas, así como las anteriores que he rodado, han nacido por una curiosidad dentro del cine.”

¿A qué se refiere exactamente?

Sencillo: “Si se permite el término —puntualiza—, me siento con la capacidad de desdoblarme y ponerme en la perspectiva de un espectador, que lo he sido desde muy niño. Siempre me he visto como un espectador más del cine. Y es ahí, en esa posición, que de pronto digo: me gustaría que alguien contara esta historia; a mí me gustaría que alguien me hablara de equis o tal tema. Y como no lo encuentro, yo tengo el enorme privilegio de poder hacerlo. Eso sí, cada una de mis películas las veo de manera autocrítica: todas tienen valores, y seguramente pueden tener también errores”.

Foto: Cortesía Bandidos Films

Foto: Cortesía Bandidos Films

 

—Cuando enfrenta un nuevo filme, ¿parte de una postura estética, o de una postura política?

—Desde la dos. En mi caso, y yo creo que en cualquier otro, son indisociables. Yo soy de los que sostiene que todo cine es político, que todo cine, se quiera o no, es ideológico. Conste: no soy el que formula esa tesis. Está dicha, y yo la retomo. Así que tu forma de ver la realidad, plasmarla, de tomar decisiones sobre qué contar y cómo contarlo (esto es: forma y fondo), lleva implícita una visión de tu entorno, de tu realidad, de cómo te gustaría que nos vieran o de cómo te gustaría vernos.

 

—Y en su caso, ¿qué sucede?

—Creo que están muy asociadas, porque son mis dos mayores preocupaciones. Por un lado está la realidad, de la cual pretendo estar siempre muy alerta, muy informado; por el otro está mi pasión por el cine. Si eres un espectador curioso, ya te habrás dado cuenta que mis películas siempre están llenas de referencias a otros mismos filmes. Eso es algo que la gente no se ha dado cuenta, sobre todo la gente que quiere subrayar más las referencias a la realidad, y a los personajes de la vida real que se pueden asociar con personajes ficticios de mis películas…

 

—¿Se siente, entonces, parte de una tradición?

—Por supuesto. Me siento un poco producto de una tradición… Yo tuve la suerte (no sé si suerte o no, pero fue como ocurrieron las cosas) de estar muy cerca del negocio del cine, de tener el privilegio de estar cerca de muchos libros de cine, de ver muchas películas. Así que regresando a tu anterior pregunta, justamente mi trabajo es la combinación de estas dos preocupaciones, y que se puede resumir en una frase: cómo tratar de conjugar la forma y el contenido.

 

Todo nace de una idea

Una de las reflexiones, debates, discusiones en la historia del cine ha sido y será la que se refiere a la postura moral del director de cine. Por ahí se va la charla. Le pregunto a Luis Estrada cómo se da ésta en su trabajo.

Se toma unos segundo. Suspira:

“Mira, procuro hacer las películas desde una posición privilegiada, que no me ha sido fácil conseguir. Para mí ha sido lo más importante de mi carrera y quizá sea de lo que me siento más orgulloso, que es: escribir, filmar y decidir con completa independencia y libertad. Creo que ésa ya es una decisión moral, como tú bien lo dices. Películas tan incómodas, películas tan provocadoras, porque lo han sido (y conste: no es un adjetivo que yo les quiera poner), llevan implícita una visión de un tiempo, que es el que a mí me ha tocado vivir en cada momento de cada una de las películas. Yo retrato un país que ha sido el que justamente me ha tocado vivir en cada momento de mis filmes.

 

—Voy a decir esto con cuidado…

—…Vamos, dilo tal cual —dice, maliciosamente sonriendo, Luis.

 

Provocador (Foto: Josué D. Romero)

Provocador (Foto: Josué D. Romero)

—¡Vale! Me llama la atención la técnica. De pronto percibo que ha encontrado un estilo cinematográfico que varía muy poco de una película a otra. ¿Es consciente de ello? ¿Ha querido dejar la técnica a un lado para enfocarse en el tema?

—Entiendo perfecto la pregunta, y te voy a decir de dónde nace… Como te decía, siento que pertenezco a una tradición. Sí me siento parte del cine mexicano. Hay muchos que reniegan de él. Y digo esto también de una forma crítica: a mí el cine mexicano que me tocó ver, en el que de hecho trabajé (no como realizador, sino como asistente de dirección), era un cine muy feo. Era un cine con un lenguaje muy elemental, muy primario. Cuando tuve la oportunidad de empezar a hacer películas, como director, productor y escritor, mi primera obsesión se volvió, y te lo digo de manera crítica, la forma: quería que las películas fueran diferentes; es decir, quería que se viera bien, se oyeran bien, que su lenguaje fuera fluido, que la gente no percibiera o notara lo que para mí era tan horrible de ver: la torpeza en los cortes, la torpeza en el montaje, la torpeza en el ritmo…

 

—De ahí, entonces, su estilo…

—¡Exacto! Mis primeras películas, desde que empecé en la escuela, tenían mucho esa obsesión de tratar de buscar la perfección técnica y narrativa, lo más cercano y posible. Y aunque lo sigue siendo, también es cierto que cada vez me es menos importante, se ha vuelto un poco secundario… Claro, esto es resultado de que he ido dominando, simple y sencillamente por acumulación de experiencia, más las herramientas narrativas del cine, su lenguaje; ya no me preocupo tanto por hacer un movimiento de cámara que sea espectacular o algo así, porque también, como te decía, soy espectador del cine, y creo que lo de la técnica se vuelve irrelevante, al menos para la gente común… Entonces, sí me gusta que se vea bien, me gusta que tenga una fotografía atractiva, pero que esto no anule la historia y el ritmo… De unos años a la fecha, mi mayor preocupación es el qué decir, el cómo decirlo.

 

—Supongo que cada película de su tetralogía comenzó a partir de una reflexión, una idea, una pregunta. ¿Cuál fue la que detonó La dictadura perfecta, si es que hubo tal ?

—Sí la hubo. Y fue tan claro y tan sencillo como el inminente regreso del PRI al poder. Ahora, que quede claro: nunca tienes una epifanía como tal; al menos en mi caso no es así. Yo diario trabajo en películas, y esto no quiere decir que filme todos los días, no. Más bien, las pienso, y eso lo considero parte de mi trabajo. Fue así que, de pronto, empezamos a ser testigos de cómo se estaban desarrollando las cosas. Vimos cómo alrededor de este hombre, al que los medios volvieron omnipresente en nuestra vida, con intenciones muy claras, todo se acomodaba. Entonces quise hablar de la manipulación y del poder de los medios, en especial del poder de la televisión. Esto fue lo que me llevó a atar todas las historias que están representadas y recreadas de una manera ficticia en la cinta.

 

—El poder de los medios, en particular el de la televisión, no genera muertos aparentemente, pero sí es muy letal, ¿no lo cree?

—En efecto. Pero, primero habría que decir que sí hay una cantidad de matices y gama. Me parece que las generalizaciones son muy peligrosas. Dicho esto, lo que es innegable, y está documentado en México y en todo el mundo, es el poder que tienen. Y ese poder, cuando está tan asociado a ciertos intereses, sí se vuelve un instrumento muy peligroso, letal. Y creo que la película, que es una sátira, es una comedia negra (puede ser simplista en ciertos planteamientos) formula una tesis a través del tagline o frase promocional: “La televisión ya puso a un presidente… ¿lo volverá a hacer?”

 

—Tres lustros después, y el país no se ha movido en muchos sentidos. ¿Cuál es el sentir de Luis Estrada: está enojado, triste, encabronado?

—Todo eso. Lo suscribo: estoy enojado, triste, estoy encabronado y, sobre todo, estoy preocupado. Además de lo que hemos platicado, hubo una razón más de peso que me llevó a dar un giro en términos temáticos: me convertí en padre. Y no me estaba gustando el país que les iba a dejar a mi hijos. Sin embargo, y creo que muchos pensamos igual, hoy debemos estar ya más preocupados que hace 15 años por este país que le vamos a dejar a ellos. Lo digo en serio…

 

Con más de 1,500 copias por todo el país, La dictadura perfecta ha iniciado ya su corrida comercial.

 

 

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