Tardó unos cuantos años en concretarse, pero llegó. La crisis del 2008 y sus consecuencias sociales sufrieron un proceso lento de asimilación en el cine norteamericano, que se aceleró en el último par de años. Es la corriente en que se inscriben cintas como Inside Job, Margin Call, The Big Short o The Queen of Versailles.

Es en dicha corriente que Jodie Foster busca insertar su nueva película: El maestro del dinero (Money Monster, 2016), estrenada en el pasado Festival de Cannes. El protagonista de la cinta, Lee Gates (George Clooney), es el conductor de un programa dedicado a dar consejos financieros mediante el humor y la histeria.

Dos semanas antes había sugerido a los televidentes invertir en las acciones de una compañía que había crecido exponencialmente durante el año, poner sus recursos en ella era como recoger dinero de un árbol. No obstante, de manera súbita, un “error” provoca la desaparición de 800 millones de dólares sin explicación alguna. Miles de personas pierden todo su dinero en una tarde. Uno de ellos decide pedir respuestas a punta de pistola y secuestra a Lee durante su programa, en vivo.

Así, Money Monster marca pronto sus influencias y aspiraciones. Por un lado crear un retrato de cómo el 99% es abusado por el 1%, al tiempo que filtra películas como Network (1976) o Una tarde de perros (1975), ambas de Sidney Lumet, con la tensa elegancia de Spike Lee en El plan perfecto (Inside Man, 2006), de la que Foster era una de las protagonistas.

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La tesis central del guión, firmado por Jamie Linden, Alan DiFiore y Jim Kouf, es que todos somos culpables (dah) hasta cierto nivel de lo sucedido. Los millonarios porque, bueno, quieren hacer dinero a toda costa, el sistema de información/entretenimiento por banalizar su trabajo periodístico, y el pueblo por dejarse apantallar por las luces y el camino fácil a grandes cantidades de dinero.

Aunque la mayor crítica viene a los medios de comunicación, quienes son capaces de construir un espectáculo aun en medio de una potencial tragedia. El chiste es vender, si no es la sonrisa o el cuerpo, es un chiste pop o ilusiones. El infoentretenimiento, tan popular hoy día, sólo ha venido a banalizar el show, a difuminar el mensaje, agregar ruido blanco a toda conversación. De gif en gif y de conteo en conteo se nos va la vida, sin chistar, sin pensarlo.

Es un mundo donde los culpables pueden seguir con sus vidas con pocas consecuencias. La memoria es corta y las cicatrices de los culpables son ligeras. El precio, aunque obvio, siempre lo cubren los de abajo. La cuota de sangre la puede pagar alguien más mientras no toque a mi puerta para llevarme. La culpa es de alguien más. El pecado es del factor humano. “He cries when we fuck.” “Grow balls.”

Es un universo donde los rostros frente y detrás de la cámara tienen derecho a cenar, reflexionar un poco y volver al set para el siguiente programa. Porque el espectáculo debe continuar. Porque… ¿qué película abre la siguiente semana?

 

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