De continuar ignorando la falta de competencia y las fallas de nuestro sector financiero, y subestimando el rol del Estado en dirigir la innovación, seguiremos con bajo crecimiento.

 

 

La innovación es una parte esencial para entender los mecanismos por los cuales se genera crecimiento económico; sin embargo, es uno de los conceptos que se prestan con facilidad a malos entendidos, a lugares comunes que cuando son llevados al terreno de políticas públicas fallan en sus objetivos.

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La noción de la innovación como una actividad puramente conducida por el sector privado es uno de estos lugares comunes y es un error que muchos de los países en desarrollo cometemos frecuentemente. Las políticas de innovación no pueden estar separadas de las políticas industriales de los países, y esto exige que el Estado juegue un rol más activo que el meramente arreglar fallas del mercado.

Los malos entendidos sobre las dinámicas de la innovación y su conexión al crecimiento económico nos deben obligar a repensar qué constituye una innovación y posicionar la palabra “emprendedor” en su contexto original.

El concepto de “emprendedor” fue inicialmente acuñado por el economista clásico Joan Baptiste Say para explicar la clase social que servía como intermediario entre la clase capitalista y la clase trabajadora. El “emprendedor” era aquel que tomaba prestado el capital de un capitalista, lo empleaba para adquirir alguna clase de insumo, transformar los insumos en bienes por la clase trabajadora y por último ser colocado en el mercado.

Este entendimiento clásico es útil, pues resulta muy evidente el rol que tiene el sistema financiero para generar emprendimientos, rol que pertenece de forma tradicional a la banca privada, sólo si ésta opera de manera eficiente canalizando el dinero de los ahorradores hacia los proyectos que requieren inversión.

En México, la realidad es que el sistema financiero no cumple esta labor. La banca privada, sea comercial o de riesgo, encuentra otro tipo de operaciones más rentables.

Sumándose al mal funcionamiento del sistema financiero existe un problema sistémico de falta de inversión por parte de la iniciativa privada. La gran mayoría de las empresas en México, el 95%, son pequeñas y medianas, y por su tamaño es virtualmente imposible que inviertan en actividades de innovación (sea tecnológica o de procesos). Por otro lado, las grandes empresas suelen considerar las inversiones en formación de capital y en investigación y desarrollo como poco rentables.

Las razones de esta subinversión son realmente fáciles de explicar. Una razón es la naturaleza de bien público de la generación del conocimiento, haciéndolo dependiente de la inversión pública, no de la privada. Otra razón es la falta de competencia en casi todos los sectores dentro de la economía mexicana. La estructura oligopólica de muchos de nuestros mercados hace que las grandes empresas ya tengan poder de mercado, haciendo de las actividades de investigación poco necesarias para mantener el mismo; la innovación se vuelve un costo más que una inversión.

Frente una realidad de este tipo es necesario replantear el rol de Estado en el sistema de innovación. Si la falta de competencia hace a los mercados menos dinámicos y, por lo tanto, a sus actores menos dispuestos a invertir, no basta con mejorar la regulación para que así ocurra; se debe ir más allá del argumento de la falla de mercado.

El Estado debe tener la visión de ser guía en la creación de nuevos mercados; ése es el rol que el economista de Harvard Phillipe Aghion y su colega de Sussex Mariana Mazzucato le asignan a lo que llaman el “Estado inteligente”, capaz de crear nuevas oportunidades tecnológicas realizando las inversiones necesarias y asumiendo los riesgos que, por su naturaleza, la banca de riesgo y las empresas no pueden o desean tomar.

Otro malentendido habitual dentro de nuestras políticas para incentivar la innovación es asumir un vínculo directo entre las actividades de I+D y el crecimiento económico; no todo producto nuevo es una innovación y no toda innovación tiene el impacto para crear crecimiento económico de largo plazo.

Aún existe espacio para que muchas de las empresas de baja productividad incorporen avances tecnológicos para ser más productivas; sin embargo, esta necesidad no debe ser confundida con el tipo de innovaciones en la frontera tecnológica, las cuales producen crecimiento por mucho tiempo.

Asumimos el paradigma de Silicon Valley como el modelo absoluto de innovación, pero estas innovaciones se caracterizan por ser pequeñas mejoras que si bien sí tienen valor, no generan el suficiente para asegurar el crecimiento de largo plazo. La innovación en su expresión más significativa para el crecimiento económico involucra grandes transformaciones que repercuten en muchos mercados, en muchas industrias. Para un ejemplo muy claro de esta idea basta voltear a ver el concepto de “institución creativa” de Mervin Kelly, el principal arquitecto de los Laboratorios Bell.

Un número importante de las grandes industrias de hoy, como las telecomunicaciones, los sistemas de información, entre muchos otros, son producto de la visión de gran escala de Kelly y los Laboratorios Bell. Buscando producir resultados en el largo plazo dieron luz al transistor, al satélite, a la fibra óptica, incluso a los primeros paneles solares. Construyeron las bases del crecimiento futuro por décadas. La innovación de esta magnitud toma mucho tiempo y siempre es de naturaleza incierta.

Debemos retomar la idea de innovación que tenía Joseph Schumpeter cuando hablaba de la famosa “destrucción creativa”. Schumpeter se refería al proceso dinámico por el cual innovaciones inferiores son remplazadas alrededor de las industrias, y al hacerlo acaban con los líderes de los sus respectivos mercados. De esta forma, la “destrucción creativa” es responsable por el dinamismo en la economía.

El tipo de innovaciones que puede lograr esta clase de dinamismo no son la creación de apps o generar un gran número de changarros. Es el desarrollo de lo que se conoce como tecnologías de propósito general.

Estas tecnologías de propósito general tienen tres características principales:

  • Son universales: Pueden ser aplicadas para muchos sectores e industrias.
  • Son perfectibles: Con el tiempo pueden ser mejoradas y disminuir el costo para sus usuarios.
  • Facilitan la producción de nuevos productos o procesos: Permiten crear a partir de ellas.

Por su escala, las tecnologías de propósito general sólo pueden ser concebidas con la intervención del Estado. El acero, el ferrocarril, Internet, la energía nuclear, las telecomunicaciones, los grandes fármacos, la biotecnología, la nanotecnología y la robótica son ejemplos de grandes tecnologías e industrias que nacieron por intervenciones iniciales del Estado y luego su sociedad con la iniciativa privada. Crear una red de interacciones entre las universidades, las empresas y las agencias del Estado es aún una tarea pendiente.

México debería adoptar un sistema de innovación más parecido al de doble agencia en Estados Unidos, al método de funcionamiento que tienen DARPA (Defense Advanced Research Proyects Agency) y SBIR (Small Business Innovation Research) ofreciendo estímulos desde el lado de la oferta (DARPA) y del lado de la demanda (SBIR).

El rol de dichas agencias va más allá de financiar ciencia básica (un bien público), es colocar inversiones en áreas específicas para avanzarlas en direcciones que permitan solucionar problemas en la sociedad, abriendo ventanas de oportunidad a la inversión, sirviendo como un intermediario entre el sector público y el privado para facilitar la creación de mercados y la comercialización de productos.

Esta clase de políticas de innovación son las que contribuyen al crecimiento de largo plazo, es la difusión del conocimiento en todos los sectores la que al final impacta de manera general en la capacidad de crecimiento.

Programas como la semana del emprendedor o iniciativas como las realizadas por el Inadem, si bien son loables y ayudan a la creación de empresas, se encuentran lejos de generar las condiciones que impulsen la economía fuera de su trayectoria actual.

El enfoque en México debe pasar de la generación de pequeñas empresas de baja productividad a la generación de empresas de alto crecimiento. El trabajo de John Van Reenen y Nicholas Bloom, de LSE y Stanford, respectivamente, nos muestra que concentrar recursos en pequeñas empresas es ineficiente; por el contrario, los recursos son mejor empleados si se focalizan en aquellas empresas dentro de las industrias y sectores que pueden tener alto crecimiento, a la vez que se eliminan barreras de entrada y se fomenta la competencia en los mercados.

Por último, para poder entender la dinámica de la innovación y el crecimiento económico es necesario no separarla del entendimiento que tenemos sobre el rol de las ciudades y de la desigualdad dentro de la economía.

Las ciudades son los motores del crecimiento económico, sus economías de escala y alcance, la capacidad de aglomerar capital social, humano y físico, y su dotación de recursos financieros, sus mercados más desarrollados, hacen de las ciudades unidades de análisis ideales para entender el rol de las políticas públicas en torno de la innovación. Vivimos en una sociedad fundamentalmente urbana y que será cada vez más urbanizada con el paso del tiempo; la innovación debe estar enfocada en esta realidad y los problemas y oportunidades que presenta.

De igual forma, no podemos separar esta realidad de las dinámicas de la desigualdad. El desarrollo tecnológico y científico está vinculado a la distribución del ingreso y la riqueza por su vínculo al capital humano y múltiples mecanismos que pueden ser resumidos en este texto publicado por mí en junio en la revista Nexos.

Si continuamos ignorando la falta de competencia, las fallas de nuestro sector financiero y subestimando el rol del Estado en dirigir la innovación seguiremos en un camino de bajo crecimiento ahora y en el futuro.

 

 

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