El dolor nos pesa. Nos entume hasta alejarnos de la realidad. Superar la muerte de un ser querido es una loza difícil de eliminar, más cuando la tragedia está involucrada. Lo peor de convivir con los fantasmas del pasado es asimilarlos sin olvidarlos. Ése es el tema de Manchester junto al mar (Manchester by The Sea, 2016).

Las primeras escenas de la película nos muestran a Lee Chandler (Cassey Affleck) realizando la misma rutina todos los días: atender los desperfectos de un conjunto de departamentos en Boston y tomar en un bar cercano hasta provocar una pelea. La mirada y el tranquilo comportamiento de Lee nos dan a entender que detrás de su predecible cotidiano hay algo más: dolor. Una llamada telefónica le informa que una tragedia sucedió en su pueblo natal (Manchester-by-the-sea, Massachusetts) y debe volver para hacerse cargo de su sobrino.

La nueva película de Kenneth Lonergan es un melodrama sazonado a fuego lento, donde las emociones se filtran poco a poco en cada fotograma. El duelo, para Lonergan, no es un lugar oscuro y carente de contacto humano (aunque la insensibilidad lo provoque), sino un espacio donde convivir con los propios fantasmas y sus tormentos. Una elección diametralmente opuesta a los dramas de Alejandro González Iñárritu (21 gramos, Biutiful) o Xavier Dolan (Yo maté a mi madre, Mommy), dos maestros actuales del azote emocional que pocas veces optan por la sutileza.

El apagado rostro de Affleck juega perfectamente con esos matices, con una lacónica mirada digna del Montgomery Clift de Yo confieso (I Confess, 1954). La fama de su hermano ha opacado el talento histriónico de Cassey, cuyo estilo contenido parece ir a contracorriente de su famoso apellido. Sin embargo, su trabajo en Manchester by The Sea es la confirmación de un estilo que lleva años rindiendo frutos, piensen en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, 2007) o Ain’t Them Bodies Saints (2013).

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Lonergan no está buscando una película sobre la catarsis del duelo, sino sobre el entendimiento de dichas emociones. Bajo ninguna circunstancia Lee puede vivir en la pequeña comunidad donde sucedió la tragedia que marcó su vida, su sobrino no quiere dejarla porque su vida está circunscrita a dicho espacio geográfico (“tengo dos novias y una banda, mis amigos están aquí”). El cineasta no está buscando darnos lecciones, más bien intenta capturar un pedazo de vida. El transcurrir donde las lecciones no son verdades divinas y hay más de un camino para afrontar el dolor.

Las emociones y el dolor, como lo muestra Lonergan, nos igualan como personas. A veces no hay manera de volver a ser nosotros mismos. Manchester junto al mar es una cinta llena de una delicada belleza disponible para aquel que tenga la paciencia de seguir su ritmo.

 

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