En tiempos duros, el llamado es a la empatía, a la generosidad de espíritu, a la largueza del alma para poder reconstruir, enmendar, pegar y buscar caminos que nos lleven a ponernos de pie y empezar a tirar adelante. Para ello, es preciso convocar a trabajar en equipo, romper los silos que atormentan a las organizaciones y les resta agilidad. No obstante, tenemos que saber que por más que uno lo intente, por más que lancen amables invitaciones, no todos los convocados aceptaran participar. ¿Cuánta paciencia es necesaria?, es la pregunta de Perogrullo y la respuesta que uno quisiera encontrar. No hay contestaciones universales, no obstante, lo que necesitamos aprender es a manejar los conflictos para resolverlos antes de que se conviertan en un problema mayor.

No sé si se trate de elementos culturales, si es una tradición, si así nos educaron, pero hay una tendencia a rodear los temas escabrosos. Por alguna extraña razón, hay quienes piensan que mostrar abiertamente los desacuerdos es una falla de modales y entonces, prefieren tragarse los sapos gordos que se atoran en la garganta que expresar lo que verdaderamente traemos dentro. Lo que pasa es que cuando hacemos eso, conseguimos lo mismo que cuando no limpiamos una herida: corremos el riesgo de infección. Lo que se pudo arreglar con un procedimiento sencillo, puede devenir en un proceso mayor, doloroso, tardado y costoso.

Para manejar adecuadamente los conflictos, hay que iluminarnos el camino. Los conflictos existen y, sí, son mucho más frecuentes de lo que creemos. Forman parte del desarrollo profesional y son una consecuencia lógica de los puntos de contacto que tenemos con compañeros de trabajo, con integrantes de otras áreas de la empresa y con las partes relacionadas con nuestro quehacer diario. Aspiramos a que nuestras relaciones laborales sean cordiales, pero, ni modo, también hay espacio para los desacuerdos, las discusiones y los conflictos.

El manejo de conflictos puede ser analizado desde las causas que los provocan. Frecuentemente se desprenden por mala comunicación, es muy común que la gente no sepa transmitir sus ideas en forma oral o escrita; también nos enfrentamos a diferencia de valores e intereses; a la falta de aceptación y comprensión de las diferentes percepciones de la realidad que son una abundante fuente de conflictos; la falta de recursos provoca que la gente sienta que tiene que competir para hacer su trabajo. En un entorno señalado por la escasez de recursos, reina el conflicto. Además, están los choques de personalidad que nos llevan a tener antipatías. De todo se puede y se debe hablar

Especialmente, cuando nos enfrentamos a un desempeño deficiente, es decir, cuando uno o más individuos dentro de una unidad de trabajo no están marchando al ritmo de rendimiento que se necesita, el conflicto es inevitable. Las instituciones necesitan cada vez más, personas que sean adaptables, con más competencias y habilidades en varios terrenos. Por supuesto, es muy importante cultivar una actitud que nos lleva a aprender a ver los problemas como oportunidades de aprendizaje, para interpretar mejor la realidad y sus cambios. No obstante, tenemos que aprender a detectar comportamientos no efectivos y desterrarlos antes de que se conviertan en cuervos que nos saquen los ojos.

Los comportamientos no efectivos son inhibidores de la gestión, bloqueadores de resultados positivos, factores que detonan problemas y elementos que minimizan el bienestar personal. Es vital estar al pendiente de estas conductas ya que pueden mimetizarse en la vida diaria y, de no extirparlos a tiempo, será como la hierba mala que ahoga los brotes de la semilla buena. Los comportamientos no efectivos se enraízan en la vida profesional rápidamente y son como la cizaña que no permite que las operaciones fluyan en forma armónica. Ignorarlas, lo único que hará será darles oportunidad de que crezcan sus raíces y abarquen cada día más espacio, quitándoselo a las competencias que nos llevan a trabajar en forma productiva, resiliente y rentable.

Los comportamientos no efectivos tienen frutos no deseados como el estrés, sobrecarga de trabajo, ansiedad, tensión en las relaciones, sensaciones de culpa y urgencias artificiales. Por supuesto, los profesionales estamos convocados a participar en empresas, proyectos y tareas para generar soluciones, no problemas. El trabajo de un profesional está directa e íntimamente relacionado con la forma en que resuelve conflictos, no en la manera en la que los evade y les da la vuelta.

La solución de problemas es una habilidad indispensable en casi todos los aspectos de nuestra vida. Rara vez pasa una hora sin que un individuo se enfrente a la necesidad de resolver algún tipo de problema. Por lo tanto, una forma de manejar los conflictos es: diagnosticando sus orígenes y atendiendo a las fuentes del conflicto. Y, a partir de ahí, se deben pergeñar estrategias de solución. La meta es implementar rutas eficaces que propicien armonía y que cuenten con la participación de los involucrados. De esta forma, con remedios consensuados, se logra terminar con el conflicto.

No obstante, sabemos que la luna no es de queso. No todos los problemas se pueden resolver así. Cuando todo falla, cuando se intentaron todas las rutas armónicas y la situación de conflicto persiste, es necesario analizar al equipo de trabajo. Si la fuente de conflicto lo genera porque no sabe lo que hace, hay que capacitar; si no entiende, hay que explicar; si no cuenta con los recursos suficientes, hay que habilitar; pero si no hay un cambio, es preciso separar a los que no están dispuestos a constituirse como parte de la solución.

El problema es que a veces, se nos pasa la mano con la paciencia. Si alguno de nuestros colaboradores, después de haber sido invitado, en vez de ayudar a empujar la carreta sigue jalando para otro lado y causando conflictos, lo mejor es retirarlo. Los efectos de un elemento conflictivo se padecen en la vida de todos los días y ralentiza el proceso de trabajo, generando retrasos y costos adicionales, es decir, disminuye los márgenes de utilidad. Visto desde otro punto de vista, la lentitud que provoca su actuar, la aprovechará alguien de la competencia que si tenga la agilidad de respuesta que el mercado requiere y éste nos resta.

Aprender a manejar conflictos sin criar cuervos es un arte difícil pero no imposible de lograr. Va directamente relacionado con nuestra competencia de trabajo en equipo y de comunicación. Por lo tanto, una persona que ve por el equipo buscará abrir canales de intercambio de ideas para resolver los problemas lo antes posible.

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