El 11 de septiembre de 2001, murieron miles de personas en el peor ataque terrorista de la historia reciente. El histórico 9/11 es el hito que ha marcado la era de la lucha contra el terrorismo y el cauce que durante el siglo XXI ha tenido la agenda de seguridad internacional.

Nueva York es uno de los estados de la Unión Americana que de manera permanente vive alertada por estar en la mira de las agrupaciones terroristas (o al menos eso es lo que dice el gobierno de Estados Unidos para sustentar el despliegue militar que salvaguarda su homeland security), sin embargo, no hay una lista de ciudades próximas a ser víctimas de algún atentado ni un listado de las modalidades a ser empleadas.

Conforme pasan las horas, el atentado en Manhattan cobra diversos matices y arroja la complejidad del terrorismo contemporáneo. Si bien es cierto que presuntamente el atacante dejó una nota diciendo que el ataque lo perpetró en nombre del Estado Islámico, la organización no se ha adjudicado el atentado y a todas luces no es el estilo yihadista de ataque ni de inmolación que esperaríamos de esa organización.

Es cierto que el atacante de origen uzbeco profesa el Islam, lo cual no significa que de facto tenga que ser terrorista. A todas luces hay algo que no se dice, Uzbekistán es uno de los cinco países de la ex Unión Soviética (Kazakhstan, Kyrgyzstán, Tajikistán, Turkmenistán y Uzbekistán) ubicados en el corazón de Asía Central y que luchan hoy en día por sobrevivir lo que se ha llamado geopolíticamente el nuevo gran juego. De herencia islámica, pero dominados en su momento por el imperio británico, luego bajo el yugo soviético y hoy en medio de la pugna por el liderazgo regional entre China y Rusia, estos países viven bajo dictaduras que no conceden a las nuevas generaciones la posibilidad de enarbolar movimientos revolucionarios o pro occidentales, sin embargo la posible vinculación entre EU y Rusia en diferentes ámbitos ha desatado un dejo de resentimiento entre los más jóvenes que consideran que los Estados Unidos ha mermado el orden y la posibilidad de desarrollo en los países de Asía Central.

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Esa es la ventana ideológica que ha ocupado el Estado Islámico para reclutar a los jóvenes que al perder sus empleos por la crisis detonada a partir de la interminable guerra en y contra Siria, así como por la disputa por los ductos de gas y petróleo que Chevron busca seguir controlando en la región.

No podemos olvidar que la cercanía de los países como Uzbekistán con Irak y Afganistán les han hecho proclives a una gran influencia y tránsito de células del Talibán desde la misma época de la invasión soviética a Afganistán y en respuesta en esa misma época a la militarización de los grupos radicales alentados por los Estados Unidos para la creación de grupos de resistencia para “sacar a los rusos de Afganistán” pero que hoy en día han engrosado las filas de ISIS.

El sentimiento anti yankee de los países de Asía Central no es únicamente una cuestión de extremismo religioso; es fundamentalmente basada en el mercado, en que antes de que Estados Unidos invadiera el mercado de la región, tenían trabajos e industria, hoy no hay trabajos ni industria, pero sí invasión del mercado.

Hay que recordarle al Señor Trump que la visión reduccionista mediante la que la culpa siempre la tienen los terroristas islámicos, no resuelve el tema complejo que representa el terrorismo el día de hoy. Una política de migración basada en el mérito como la que ha propuesto a partir de lo ocurrido anoche en Manhattan no es la solución para lo que evidentemente es un problema estructural en su política exterior.

Votando en contra del levantamiento del embargo en Cuba, abandonando la UNESCO y poniendo más prohibiciones migratorias no se resuelve el tema de fondo: la crisis en las instituciones y en la doctrina política de los Estados Unidos.

 

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