El Viejo Continente aún se encuentra rezagado frente a otras economías desarrolladas en temas de empleo y crecimiento, pero el Banco Central Europeo puede salvar el día.

 

Por Antoine Gara

No subestimen al presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. Su afirmación de que el BCE haría “lo que sea necesario para salvar al euro” en julio de 2012 evitó que los megabancos europeos colapsaran y ayudó a que los rendimientos de los bonos portugueses y españoles a 10 años cayeran de más de 10% y 7%, respectivamente, a menos de 1%.

Ahora, con la debilidad de los mercados y la débil perspectiva económica mundial en medio de una desaceleración del crecimiento en China y el aumento de las tasas de interés de la Reserva Federal, Draghi ha dado señales de intervención una vez más. La mañana del jueves, Draghi sugirió la mano de una nueva ronda de compra de bonos–conocida como flexibilización cuantitativa– en marzo, que podría ayudar a dar un impulso a los precios de los activos en la zona euro y relajar a los mercados de crédito. Una nueva ronda de flexibilización también podría ayudar al euro a debilitarse aún más frente al dólar estadounidense, algo que daría un empuje al turismo y las exportaciones.

En los años transcurridos desde la crisis financiera, el BCE ha sido mucho más prudente en sus esfuerzos de estímulo. Se necesitó que la moneda común estuviera al borde del desmayo para que Draghi abriera la llave y emprendiera una agresiva compra de bonos, que tuvo el doble beneficio de reducir los costos de endeudamiento para los países con problemas de liquidez y aliviar las presiones del balance sobre los bancos en Europa que poseían bonos gubernamentales.

Lo peor de la recesión de Europa ha terminado, pero el crecimiento del producto interno bruto se ha estancado firmemente por debajo del 1%. Con el crecimiento en EU en poco más de 2%, la desaceleración de China por debajo del 7% y algunos mercados emergentes dependientes de las materias primas –como Brasil y Rusia– camino a la recesión, en 2016 los mercados están confundidos. Los inversionistas han comenzado a preguntarse si la deflación mundial hará su aparición o de dónde provendrá la demanda de materias primas.

En medio de estas preocupaciones, Europa no está fuera de la jugada. Los inversionistas se preguntan si el consumidor de Estados Unidos puede conducir a la economía global. El veredicto de 2016 parece ser un rotundo no.

Una nueva ronda de alivio cortesía de Draghi no será una poción mágica para los inversionistas globales, pero también es importante recordar cuán rezagada está Europa de otros mercados desarrollados. El BCE ha sido mucho más duro que la Fed a raíz de la crisis –recientemente mantuvo a raya el QE, sorprendiendo a los mercados– y sus pruebas de estrés han sido mucho menos eficaces para forzar a los prestamistas regionales a recapitalizarse.

Después de todo, mientras que los bancos estadounidenses aumentan sus préstamos, elevando sus dividendos, retomando la recompra de acciones y reportando ganancias sólidas, los prestamistas europeos como Deutsche Bank, Barclays y HSBC están sumidos en sus esfuerzos de reestructuración. La tasa de desempleo en la zona euro sigue siendo de más del doble de que en EU y el crecimiento del PIB es aún más difícil de conseguir.

Si Draghi es capaz de revivir los espíritus en Europa podrían resolver una de las grandes interrogantes que se ciernen sobre la economía mundial. El debilitamiento del euro a 1.08 frente al dólar puede ser doloroso para las multinacionales estadounidenses, pero también podría sentar las bases para un mayor crecimiento en la región.

Quizá la Fed cometió un error al virar su política hacia un alza de tasas antes de que el crecimiento global, la inflación o la economía estadounidense estuvieran recuperadas. En Europa no hay tales matices, y parece que los temores de deflación pueden permitir a Draghi comandar el rescate de la región una vez más.

 

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