Una historia frenética, original, llena de muerte, violencia y horror. Una novela inquietante, en que el infierno desatado es apenas comparable con la realidad tamaulipeca de hoy (y, en general, del país). Una especie de bomba Molotov que explota en las manos del lector.

 

De pronto, Martín Solares hizo un pausa y se quedó en silencio, mirando a un punto indeterminado (como pensando para sí mismo). Enfrascado en algo así como un monólogo, por un momento pensé que le había interrumpido…

Se llevó la taza a sus labios, y sorbió un trago de su café. Luego volvió a mirarme, y dijo:

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—¿Sabes? La novela nunca podrá dar respuestas, pero, de alguna forma, tratará de resolver a su manera, con personajes y ambientes, el enigma que obsesiona al escritor durante algún tiempo. Como me ha sucedido a mí…

Dicho esto, volvió a guardar silencio.

Era una tarde fría, y en la terraza del establecimiento donde estábamos, el viento helado buscaba las maneras de colarse entre la ropa.

Apenas unos minutos antes, le había preguntado al escritor tamaulipeco si había habido un hecho, algún detonante en particular, que le llevara a escribir la nueva novela que ya circula bajo su nombre: No manden flores.

Una historia abrasadora, mortificante.

Una historia abrasadora, mortificante.

En ella, Martín narra la historia de Carlos Treviño, un ex policía —“más o menos honesto”— que se ve obligado a regresar al Golfo de México, a fin de investigar la desaparición de la hija de un poderoso empresario de La Eternidad.

Para ello tendrá que hacer frente, de nueva cuenta, a la corrupción e impunidad que forman parte del sistema de justicia mexicano. También se verá obligado a enfrentar a un antiguo rival: el comandante Margarito, jefe de policía de La Eternidad y cómplice de las redes criminales de la zona.

Partiendo del sur de Tamaulipas (cerca de Paracuán), y viajando hasta el centro de la violencia en la frontera norte, Treviño deberá seguir el rastro de la mujer e indagar entre las bandas de criminales que se disputan el control de ciudades (y de carreteras).

¿El resultado? Una historia frenética, original, adictiva, fresca, diferente, extensa, abrasadora y mortificante, llena de muerte, violencia y horror.

Una novela inquietante, donde el infierno desatado es apenas comparable con el infierno desatado en la realidad tamaulipeca de hoy (y, en general, del país). Una especie de bomba Molotov que explota en las manos del lector.

Al menos así se lo expliqué a Martín Solares, apenas nos sentamos a charlar. Fue ahí cuando le pregunté si había habido algún acontecimiento en particular que le impulsara a confeccionar esta novela. Fue ahí, también, donde se enfrascó en esa especie de monólogo para platicar detalle a detalle la construcción de su libro.

Esto fue lo que me contó:

«¿Sabes?, en las últimas semanas me he dado cuenta de algo: lo que detonó No manden flores fue muy distinto de lo que sucedió con mi anterior novela, Los minutos negros. ¿En qué sentido? Lo que provocó Los minutos negros fue una pesadilla (muy misteriosa, por cierto) que me tuvo en jaque durante varios años, hasta que me decidí a llevar eso al papel. De hecho, hasta que escribí esa novela, por fin me pude deshacer de la experiencia de haber soñado esa pesadilla que, además de meterme en un ambiente muy siniestro, me lanzaba una especie de enigma a la cara; me hacía preguntar: “¿verdad que en la vida de todo hombre hay cinco minutos negros?” Para mí, resolver esto fue solamente posible cuando comprendí que tenía que escribir una novela en torno a esa pregunta, en torno a ese enigma.

«Porque, verás, me he dado cuenta que las novelas son una respuesta personal, y hasta cierto punto artística (cuando se puede), a un enigma. Plantean preguntas, por supuesto, pero ellas mismas intentan ser una respuesta, como la de los oráculos. Digo esto con toda proporción guardada, porque mientras que la ciencia tiene la posibilidad de responder con tesis, antítesis, síntesis (todo eso que tú y yo ya hemos platicado antes), las novelas no pueden hacer algo tan directo. Siempre será algo informal e impreciso. Así que lo que hacen es contar una historia con personajes, ambientes, ciudades imaginarias, historias secundarias o marginales, ritmos, cadencias y, sobre todo, otras preguntas y otros enigmas.

«Te cuento esto porque, después de haber terminado Los minutos negros, yo estaba escribiendo una novela “optimista”, por decirlo de una forma. Sin embargo, poco a poco me empezaron a contar historias sobre Tamaulipas, y Veracruz, y luego también sobre Monterrey. Eso modificó todo mi entorno de trabajo. Desde finales de 2005 hasta más o menos 2014, año que terminé por primera vez No manden flores, me la pasé escuchando historias de horror. No encuentro otra palabra para describirlas. Cada vez que le preguntaba “¿cómo estás?” a alguno de mis parientes, o amigos, o conocidos, incluso paisanos, que me encontraba cuando andaba de viaje, todos, literalmente todos, me contaban invariablemente una historia de espanto, donde la palabra impunidad siempre salía a relucir…»

3[Martín, entonces, hizo una pausa para beber de su café. Yo iba a interrumpirle, pero me pareció prudente dejarle continuar. Y así lo hizo.]

«Durante ese periodo, básicamente de 10 años, presencié un fenómeno muy lamentable: muchos de mis paisanos dejaron distintas ciudades a lo largo de Tamaulipas y se fueron a vivir a otras ciudades; eso, tras haber sufrido un gran asalto, o una explosión, o un secuestro, o la situación de espanto perpetuo que se instaló. Conozco a tantas personas que decían a diario en sus redes sociales “es espantoso lo que estamos viviendo”, “esto no lo merece nadie”, o “aquí se vive en el nerviosísimo permanente”; sin duda, esta serie de historias terminaron por afectarme. Así que desplacé esa novela “optimista” que estaba escribiendo, y sin que me lo hubiera propuesto en un principio, descubrí que estaba escribiendo las historias de mis amigos de otra manera en el papel.

«En cierto sentido, regresé sobre mis pasos. Volví a ver a varios de mis amigos, volví a preguntarles detalles de lo que me habían contado, me fijé mucho en cómo contaban ellos el horror. Era algo asfixiante, la verdad…»

[Martín dijo esto, y suspiró. Bebió de su café. Yo vi en su rostro una verdadera congoja, un verdadero abatimiento. Como notó mi silencio, prosiguió su relato.]

«Mira, No manden flores es, de alguna manera, una novela policiaca, en la que yo mando a personajes literarios a explorar lo que es el horror que se vive actualmente en México… Sí, eso: mando personajes imaginarios a explorar la realidad mexicana, y, por ende, esta realidad se transforma. Lo que quiero decir es que no quería ofrecerle al lector lo mismo que ya tiene en los diarios y en los noticieros (que, por cierto, se quedan cortos por la censura y la autocensura, que muchas veces es forzada). Es cierto que hay unos medios nacionales, valientes, que se animan a publicar algo sobre lo que pasa en Tamaulipas, Veracruz y estados contiguos. Pero, la verdad, es que todo es una pálida sombra de lo que realmente está pasando ahí. Entonces, me propuse crear una novela de ficción, de la primera a la última línea, que de alguna manera estuviera hecha con esas historias que me contaron originalmente, pero que le ofrecieran al lector, como te decía, algo que no va a encontrar en los periódicos. Así que No manden flores es una historia hecha de horror…

«Es una novela, como tú bien dices, con un par de detectives imaginarios que intentan resolver un caso en un estado, en el cual, la palabra justicia no se menciona nunca.

«Fíjate, cuando empecé a escribir esta novela, me propuse dos o tres reglas; una de ellas fue muy sencilla, aunque compleja llevarla a cabo: en vista de que cada vez es más extraño encontrar un político de Tamaulipas que prometa hacer justicia hasta las últimas consecuencias, decidí que en la novela no se usaría la palabra justicia nunca. Dije: “veamos qué sucede si retiro esa palabra que es tan poderosa”, y “vamos a ver cómo se transforman las ciudades imaginarias en las que yo ubico esta novela”. Partí de eso, de un experimento literario: ¿cómo será el México del futuro? Digamos que traté de ir, de manera consciente, dos pasitos adelante de la realidad.

«Para ello, los primeros dos o tres años me dediqué a investigar toda suerte de testimonios que fueron recogidos por periodistas literarios, para ver lo que ellos habían recogido, para ver qué habían entendido de esas zonas. Los sicarios, las extorsiones, el comercio de drogas ilícito, todo eso lo estudié, lo más a fondo que pude, a partir de todos esos testimonios. No hice labor de campo nunca, y, la verdad, no necesité hacerlo, porque las historias me llegaron a mí. Lo que tuve que hacer fue tratar de superar el impacto atroz que me provocó todo eso que me contaron; de hecho, como precisamente no me podía liberar de todo eso, fue que terminé inventando estos personajes y contando esta historia.

«Entonces, fui muy consciente de esas reglas que me impuse: no mencionar la palabra justicia nunca (porque ya ni los políticos lo hacen), y ver cómo esto transformaba la historia. La segunda regla fue no mencionar tampoco, nunca, la palabra narco. En ninguna de sus variantes. Si se me escapó alguna, a lo mejor fue colaboración de algún corrector, pero he revisado varias veces el manuscrito y no he hallado ni una sola vez esa palabra. ¿Por qué? Porque yo no quería que ningún cliché obstaculizara la comprensión de lo que está pasando en el país, y más en esa zona de México. No sólo eso: el concepto de narconovela me molesta mucho desde que lo crearon, y más aún porque me encasillaron en él. Entonces, para la novela traté de filetear el concepto y ver a millonarios que lavan dinero, mostrar a policías que reciben sobornos, ver a gente que lucra con la extorsión y con el miedo ajeno, y mostrar a políticos que conservan sus trabajo gracias a que existe esa mecánica del horror. Traté de ver todos los ángulos del problema.

«El reto principal, sin embargo, fue hallar una manera correcta de narrar donde el horror no repeliera por completo al lector. Fue el gran reto. Dije: “¿Cómo le puedo dar un descanso, o un oasis, o un tanque de oxigeno, de manera constante al lector, de principio a fin, y cómo lo puedo mantener interesado, de principio a fin, en la historia?” Otro reto que surgió, de la misma forma de la novela, es que cuando iba a la mitad me di cuenta que tenía que hacer una separación, una especie de Lado A y Lado B, con respecto a los dos personajes principales. Y ésa es una labor compleja, cuidadosa, largamente pensada, que me hizo trabajar años. De hecho, fue casi un año y medio en reescribir y reescribir, y pasar de un punto de vista a otro, para que el rompecabezas adquiriera su mejor forma. Me di cuenta que los dos personajes principales, Treviño y Margarito, el primero un ex policía y el segundo un comandante en activo, tenían que funcionar como grandes opuestos, como un Yin y Yang. Sabía que la única manera de conocer a fondo cómo es la vida en Tamaulipas, en este momento, era incluyendo a un personaje que conociera el Lado B, o sea, las zonas supersiniestras…»

Fue aquí cuando, de pronto, Martín hizo un pausa y por un momento pensé que le había interrumpido. Fue aquí cuando, tras mirarme, me dijo: «¿Sabes? La novela nunca podrá dar respuestas, pero, de alguna forma, tratará de resolver a su manera, con personajes y ambientes, el enigma que obsesiona al escritor durante algún tiempo. Como me ha sucedido a mí», y se quedó pensativo…

Aproveché su silencio para preguntarle sobre los dos personajes principales. Le dije que a mí me daba la impresión de que ambos habían adquirido vida propia, y que ambos habían decidido su propio destino.

Martí se echó a reír.

—Puede ser —dijo, todavía sonriendo—. Cuando supe que tenía que escribir esta novela, mi primer impulso fue usar a los protagonistas de Los minutos negros: a Vicente Rangel, que es un gran policía, muy honesto, y a su némesis, el Travolta, el comandante Joaquín Taboada, pero me di cuenta que ellos estaban bien para una historia que ocurrió en los años setenta. Para una historia que ocurre en el Tamaulipas actual, supe que necesitaba a un detective mucho más sagaz y mucho más desencantado, que no creyera para nada en la palabra justicia; supe, también, que necesitaba a un comisario mucho más corrupto, que fuera parte total de la corrupción, que fuera parte del problema porque de la combinación, y de las chispas que iban a salir entre ambos, surgiría la única solución posible al caso que iban a investigar. Así que, digamos, partí del alma de los personajes de Los minutos negros, pero poco a poco me vi obligado a trazar de diferente manera a estos nuevos personajes.

Al final, no pude evitar preguntarle sobre la realidad, la ficción, la imaginación, y cómo éstas se mezclan para darnos un paisaje de horror. Muchas más veces de las que queremos —le dije a Martín—, la propia realidad rebasa y supera la ficción. Cuando en México creemos que hemos visto todo, llega un hecho, una situación, que nos dice que no, que la escalada del horror puede ser infinita…

Martín suspiró:

—Pues sí… Mira, yo siento que apenas estamos entrando en el umbral de otra era, y creo que esta era (y lo digo sinceramente) será más aterradora y más preocupante de lo que ya estamos viviendo en México, y que cambiará el rumbo de este país. Es sólo cuestión de echar una mirada a las noticias y a lo que sucede alrededor. Por una parte, estamos presenciando cómo una serie de gobiernos maquillan la verdad a un grado extremo. Y más aún: la usan de un modo que corresponde más a las secciones de espectáculos que a las funciones de un gobierno respetable. Y luego está el uso mediático del horror. A mí me parece espantoso y escandaloso la manera como estos gobiernos, los últimos tres que hemos padecido, han administrado el horror y han censurado la verdad. Un ejemplo muy claro fue el gobierno del estado de Tamaulipas, durante el mandato de Eugenio Hernández: en lugar de ayudar a los reporteros para permitirles que tuvieran las condiciones mínimas para ejercer su profesión, éste permitía que fuerzas oscuras determinaran lo que se podía y no se podía publicar dentro de los periódicos, y lo hacían por medio de amenazas, balaceras, granadazos, contra los periódicos… Yo siento que estamos entrando a una era horrible. Y lo peor: los políticos y criminales han dado una muestra de creatividad que no esperábamos, una creatividad para el horror y para generar miedo que no podíamos prever hace una década en México… Era imposible prever que México iba a tener este rumbo de ahora…


Nota bene: Nacido en Tampico en 1970, Martín Solares ha editado No manden flores bajo el sello de Penguin Random House.


 

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Twitter: @Pepedavid13

 

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