El discurso de toma de posesión de AMLO propone una narrativa de nación distinta a la dominante en las últimas décadas. Una narrativa así explica el presente en función del pasado (en este caso de sus fracasos), justifica moralmente las acciones a tomar (aquí, la ruptura y el cambio) y ofrece una visión particular de futuro.

En el último siglo, este país ha tenido dos grandes narrativas. Primero, la del México posrevolucionario, basada en el papel activo del Estado como promotor del desarrollo y repartidor de beneficios, al amparo de un discurso de justicia social, aunque con visos claramente autoritarios, y que hizo crisis en lo político a partir del ’68 y, en lo económico, en los ochenta.

La segunda surgió como crítica a aquella: enfatizaba la modernización administrativa, el “adelgazamiento” del Estado, las privatizaciones, la liberación económica y financiera, así como la importancia de los mercados externos. Esta narrativa tuvo su mayor aceptación durante el gobierno de Carlos Salinas (1988-1994), cuando parecía que, ahora sí, México daría el salto hacia el primer círculo de naciones desarrolladas. Sin embargo, la crisis política de 1994, que devino al año siguiente en otra económica, minaron severamente su legitimidad, que nunca se recuperó del todo, ni siquiera con la victoria electoral de Vicente Fox (2000-2006), al agotar rápidamente su bono democrático.

Con todo, de esta narrativa sobrevivió la noción de que la técnica debía imperar sobre la política como principio de racionalidad del quehacer público, sobre todo, en el manejo económico. El problema ha sido la gran dificultad para alcanzar sus propios objetivos más allá del control inflacionario relativo: no ha disminuido la pobreza, ha crecido la desigualdad y, para colmo, también el endeudamiento público. Si a ello se suman los niveles inaceptables de violencia, corrupción e impunidad es claro que la justificación moral de la acción política de esta narrativa ha extraviado su horizonte de futuro.

Es aquí donde más que un discurso, AMLO ha propuesto otra narrativa anclada en tres grandes ejes, dos de los cuales, hay que decirlo, inspirados en la narrativa posrevolucionaria. Cada eje propone un curso de acción, aunque presenta, al menos un desafío muy importante.

  • El primero, de naturaleza económica, busca devolverle al Estado su capacidad rectora de la economía y de reparto de beneficios. En su discurso, AMLO se refirió específicamente a la época del llamado “desarrollo estabilizador” (años 50) que se caracterizaba por tener crecimiento con baja inflación a partir del control del gasto público. No obstante, al mismo tiempo, prometió incrementos del salario mínimo, sueldos a jóvenes, duplicar apoyos a personas de la tercera edad y otros subsidios. El gran reto aquí es equilibrar el compromiso de justicia social con unas finanzas públicas sanas, nada fácil de lograr.
  • El segundo, netamente político, se orienta a concentrar decisiones y poder en el Ejecutivo. Es verdad que, para enfrentar muchos de los problemas, es necesario contar con un Ejecutivo fuerte y con capacidad de decisión, pero el reto es mantener los espacios democráticos ganados y evitar pasar por encima de ellos. Así, no está claro qué lugar ocupan en el imaginario de AMLO las organizaciones de la sociedad civil –que muchas han padecido y luchado también contra los abusos del poder–, los organismos constitucionales autónomos (como INAI, CNDH, IFT, COFECE, etc.), el periodismo crítico, entre otros. Es imperativo tener presente que las referencias a un “pueblo” borran las diferencias, la heterogeneidad y la pluralidad y corre el riesgo de polarizar el discurso entre un “ellos” (el no-pueblo) y “nosotros” (el pueblo).
  • El tercero sí es novedoso al fundarse en una idea de moral pública con base en el combate decidido a la corrupción a partir de su gobierno y en el perdón del pasado. Si bien es entendible el espíritu de lo que AMLO propone (no enfrascar a su gobierno en purgas que puedan fracturar a la propia sociedad), el reto es no confundir perdón con justicia en los casos en los que ya hay expedientes abiertos (Caso Odebrecht, Estafa Maestra, varios exgobernadores, etc.).

Los desafíos son muy grandes, como también las expectativas que ha despertado AMLO en muchos sectores. Lo que está claro es que, para mantener viva la legitimidad de esta narrativa, los resultados deberán comenzar a verse en el corto plazo. Ya veremos.

 

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